Archivo mensual: enero 2011

Teddy Bautista y SGAE: ¿cambios de fondo?

Hace unos días Teddy Bautista, a quien aprecio como intelectual siempre abierto a novedades, presentó algunos cambios notables en SGAE, expresados como compromisos públicos. Y ya se sabe que sobre compromisos públicos es mucho más fácil reclamar y establecer seguimientos. Menciono aquí los que en mi opinión son más relevantes por tener valor estratégico. Entre estos cambios, SGAE se compromete a nombrar a un Defensor del cliente para agilizar quejas, reclamaciones o propuestas; a informar con transparencia de los sistemas de reparto de derechos; a la aprobación de un Código de Buenas Practicas en la relación con los usuarios del repertorio, y una mayor apertura de su red ARTERIA a los socios.

En el punto octavo se compromete a reducir su presión sobre los consumidores a través de internet, y a centrar sus esfuerzos en la formación y la educación acerca de los derechos de autor. Era éste el punto más urgente, actual y necesario y el que resulta más débil del Decálogo, porque sigue sin expresar que se ha entendido a fondo que el actual modelo de relación entre el autor/creador de contenidos y el consumidor de cultura a través de la red ha dinamitado el modelo anterior. Y con ello, probablemente las formas de pago por el consumo cultural, imprescindibles para el creador, pero que hoy ya deben ser diferentes. Todo debe ser replanteado sin que nada sea sagrado, salvo el principio de que todo creador ha de ser remunerado por su trabajo, si esa es su elección. SGAE, está obligada a liderar una reflexión innovadora sobre ello, porque si no los vientos de hoy serán vendaval dentro de muy poco tiempo.

Por cierto, que en este sentido se me antoja que, una vez más, la solución encontrada in extremis por los partidos políticos para salvar la llamada Ley Sinde, es un remedio temporal, tirando a chapucero, que no va a dar respuesta a los problemas planteados por esta cuestión en España. Porque no va al fondo: Internet no debe ser abordado con miedos y políticas de represión en su papel de distribuidor de cultura, sino como un nuevo socio/herramienta que abre la cultura a la sociedad y que debe generar mecanismos específicos y diferentes de pago para los creadores. Así que volveremos con más sosiego sobre ello en los próximos días.

 

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La ley del deseo

(en la foto Gerardo Vera da indicaciones a Pere Arquillué)

Sí, se trata de saber si la principal ley de la gestión cultural es el propio deseo o la satisfacción de deseos y necesidades de otros, esencialmente de los ciudadanos. A propósito de esta cuestión, hemos hablado ya en algunas ocasiones del modelo de gestión del Centro Dramático Nacional, bueno, en realidad de una parte importante de los centros públicos de referencia. Hoy vuelvo. Aseguro ante los dioses que no quería, pero una respuesta de Rodrigo García a una pregunta en la revista Teatros casi, casi lo demanda. Contesta el autor de “Gólgota Picnic”, actualmente en el María Guerrero, a la pregunta de dónde surge esta obra: “Mariano Formenti (pianista) y yo compartíamos un taxi, hablamos de la obra de Haydn Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, y nos despedimos. Al poco me llamó Gerardo Vera y le dije que quería trabajar sobre esa pieza. No había proyecto ni texto ni espacio escénico, pero sí un deseo y con eso era suficiente.” Dos deseos reunidos. Con estos mimbres tomó la decisión el CDN.

Si le creemos -y no hay razón para no hacerlo, dada su habitual expresividad-, el autor pone el dedo en la llaga: la decisión de programación es artística esencialmente y además, al servicio de los gustos estéticos del programador; o tal vez para dar la capa de barniz “vanguardista” al María Guerrero. Es obvio que Vera quería contar con este autor y le importaba muy poco que no tuviese texto o proyecto. La Ley del deseo. Del suyo; pagado con dinero público. Busquemos por donde busquemos ese es el único criterio que aparece. Porque nadie duda de que este autor –como otros y otras muchas- puede o debe ser programado en el CDN. La cuestión es que su  elección/programación ha de responder a unos criterios conocidos, homologables, lógicos (también artísticos, claro), no a decisiones personales. Las decisiones asentadas en la arbitrariedad o en criterios desconocidos son inaceptables en democracia. Lo decía en el post anterior.

 

P.S.: Todavía no he podido ver esta puesta en escena, pero he leído tres cosas previas sobre ella: de Paloma Pedrero, de Javier Villán y de Enrique Centeno. De un modo u otro son lecturas relevantes y complementarias.

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Políticos pavos (“reales”) y Ciudad de la Cultura

Mi querido Antonio Gala dedicaba su “Tronera” del pasado viernes en El Mundo a la Ciudad de la Cultura de Santiago, tema que ha surgido también a debate en este blog. Demasiada cultura, lo titulaba con cierta sorna. Y, sin hacer sangre, comenta con humor la desmesura de las cifras, la megalomanía, el faraonismo que caracteriza este proyecto y tantos otros en nuestro país. Es muy frecuente el descontrol de la obra pública en España, sometida siempre a presiones políticas y empresariales; y más frecuente aún el descontrol en cultura, porque el concepto de cultura que han manejado y manejan nuestros responsables políticos no admite rendición de cuentas, análisis de viabilidad o estudios de rentabilidad. Para los políticos, la cultura, y más la “constructiva”, sirve para dejar su huella, para, al modo de pavos reales, mostrar “plumas”: es como la escenografía de su poder.

La Ciudad de la Cultura forma parte de otros muchos impulsos arquitectónicos en los que estás últimas décadas se ha ido redecorando el parque español de recintos culturales. No hay prácticamente ninguna ciudad mediana o grande que no haya construido teatro, auditorio, museo o complejo cultural…, sin haber elaborado estudios previos sobre su necesidad, su utilidad y, sobre todo, los costes de su mantenimiento y programación. Porque el problema principal no es la construcción –con ser importante-, el problema de fondo es definir la dedicación, el uso, los contenidos de esos nuevos espacios, el modelo de gestión, la programación y el servicio que va a ofrecer a los ciudadanos… Y con ello los presupuestos para que sean construcciones culturales vivas y no catafalcos. La propia Xunta de Galicia estima en 2,5 millones de euros anuales el coste de mantenimiento, que no incluye los costes laborales ni la programación.

Es preciso poner coto a la megalomanía en cultura –y la política de construcciones forma parte de la política cultural-, y exigir que las grandes decisiones sean tomadas con estudios de viabilidad previos y con transparencia. Así es en democracia.

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Más democracia, en cultura y en todo

Una de las  noticias que casi pasan desapercibidas en las últimas fiestas navideñas se produjo en Madrid: en uno de sus barrios, Hortaleza, se celebraron dos Cabalgatas de Reyes, una organizada por la Junta Municipal del Distrito y, otra, denominada popular o alternativa, promovida por diversas asociaciones de vecinos.

En 2007, el ayuntamiento decidió privatizar, sacando a concurso, la cabalgata del barrio que antes tenía un marcado carácter popular. Los vecinos se quejan no solamente de los gastos que ello ha supuesto -70.000,00 € anuales- sino del arrinconamiento de las organizaciones vecinales, sustituidas por una empresa contratada, y de la puesta al servicio de la cabalgata de las grandes superficies comerciales de la zona, en cuyo entorno transcurre. Mientras, la otra circula por las zonas profundas y deprimidas del barrio y se reclama continuadora de la cabalgata popular de siempre en Hortaleza.

La cosa no pasaría de ser una noticia curiosa, de esas que florecen en las grandes ciudades, espacios de difícil conciliación entre la gestión y la participación. Pero me interesa porque subraya precisamente los extremos del problema. La gestión democrática exige considerar cada una de las situaciones a las que hace frente cada día, como una oportunidad de implicar en la gestión al máximo de ciudadanos y de sus organizaciones, no como problemas que hay que quitarse de encima (en este caso encomendándolo a una empresa). La satisfacción de los ciudadanos, por otro lado, depende también, de su participación, de que sientan que sus opiniones y deseos cuentan y mucho, en la gestión política. Por más que en nuestros responsables prime tantas y tantas veces la tendencia a no contar con los ciudadanos en la toma de las decisiones que les competen. Promover la participación es una tarea prioritaria de las instituciones y de sus responsables; y participar, usar la democracia, es tarea de todos.

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Al fin, siempre la gestión

Chillida es uno de los grandes escultores y su obra es monumental, en todos los sentidos. La aprecio tanto que hasta tengo un grabado suyo que allá por los años ochenta me costó un buen dinero, por cierto. Voy al Chillida Leku cada poco, a acompañar a visitantes que no conocen ese espacio magnífico de paz y de arte. El último día de 2010 quedó cerrado tras la presentación de un ERE, ante la imposibilidad de que la familia hiciera frente a las deudas acumuladas.

Es, evidentemente, un problema de gestión, de marketing, de pensar en el cliente, ese ciudadano que ha oído hablar de la obra de Chillida y quiere conocerla. Para que se hagan ustedes una idea, en el Chillida Leku no había ni bar para comer o charlar tras la visita, ni exposiciones temporales que multiplicaran el interés de quienes ya habíamos ido varias veces; de otros públicos. En realidad era un espacio que conservaba exactamente las  mismas características que tenía cuando se fundó. La familia, con Pilar Belzunce a la cabeza, se ha opuesto a cualquier cambio y a la entrada de las instituciones públicas, lo que obviamente hubiera supuesto una reorientación de los objetivos del museo y un menor peso de la familia en la definición de su futuro. Cuando el arte pasa a ser patrimonio cultural de una sociedad, mantener su gestión en la familia cercana, sin establecer mecanismos de intervención de la sociedad es dejarlo en el ámbito del negocio, como ha pasado muchas veces, o reducir su perfil a criterios conservacionistas que le impiden crecer y adecuarse al presente que ya es futuro.

Deseo de corazón que Blanca Urgel, Antonio Rivera y todo el equipo de Cultura del Gobierno Vasco den con la solución adecuada, que satisfaciendo los deseos de la familia los concilie con abrir el Chillida Leku a un modelo de gestión pública moderna. Estoy seguro no solamente de que es posible, sino de que es lo que hay que hacer.

 

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