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Innovar en cultura, guauuu

Llevo unos meses estudiando lo que cae en mis manos acerca del tema “Innovación y Cultura”. Complejo asunto, pardiez, en el que tanta palabra superflua se escribe. En fin. Raúl Ramos, mi socio en ese nuevo proyecto empresarial que se llama ASIMETRICA, es un atento seguidor de la literatura sobre gestión cultural y me ha enviado un artículo de Hasan Bakhshi, director de Industrias creativas de NESTA. Una pequeña joyita que plantea con concisión la cuestión clave relacionada con la innovación en cultura, que no es otra cosa que definir de qué hablamos, qué queremos decir con el concepto “innovación”.

Bakhshi propone acotar los campos en los que ese concepto es aplicable compilando lo que las organizaciones culturales y los gestores más reflexivos vienen entendiendo, y con los que me identifico profundamente.

Podemos innovar en el arte, buscando las fronteras actuales y expandiéndolas, llevándolas más allá.

Podemos innovar en todo cuanto se relaciona con los públicos, las audiencias: ampliar la audiencia, estrechar los lazos, diversificar la audiencia.

También podemos innovar en cultura en la creación de valor: las organizaciones pueden desarrollar productos y servicios, buscando con ellos no una suma simple, sino una suma que multiplique. Y este punto es especialmente relevante en un modelo cultural como el español construido entre lo público y lo privado, y en el que las organizaciones pueden innovar creando valor a partir de objetivos que son económicos y que al mismo tiempo no lo son.

Podemos innovar en todo lo relativo a la gestión y dirección empresarial: nuevas estructuras organizativas, nuevos modelos de negocio, nuevos nichos de mercado.

La innovación no es un discurso más o menos astuto vestido de novedad. La innovación en cultura solo tiene sentido si sus aplicaciones cambian la realidad, si en los momentos de cambio consiguen aportar valor, creatividad, diferencia, más y mejor relación con sus públicos, una gestión –pública y privada- verdaderamente creativa… Si sirve, en fin, para enriquecer a la sociedad a la que sirve.

Para la cultura los procesos de innovación no son caminos sencillos, pero en lo que es imprescindible –y la innovación lo es- la dificultad es un añadido inevitable. Y hasta estimulante.

 

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El cliente/usuario como protagonista

Los clientes, consumidores, usuarios, como quiera que elijamos llamar a quien paga por un producto o servicio, son los protagonistas de la transacción. En todas las facetas de la actividad socioeconómica, incluida la cultura, por supuesto. No es el artista sino quien le permite serlo porque le paga por ello; no es el teatro, cine museo…, sino quienes con su dinero e interés mantienen vivas esas instituciones. No son los controladores, sino los ciudadanos que sufragan sus salarios.

Me sale la vena dura en este tema, y perdonen. La ha atizado un fin de semana en que ha quedado al descubierto lo mucho que nos queda por recorrer en nuestro país para que asumamos en la práctica cotidiana que el cliente decide. Decide cuándo se produce el contacto artístico, decide su nivel de satisfacción, decide si lo que ha pagado era justo, excesivo o barato. Decide si las condiciones eran o no adecuadas y el conjunto tenía o no calidad. Es la experiencia del usuario la decisiva, no el deseo de quien oferta.

En cultura tenemos una enorme oportunidad de mejorar en la atención y la relación con el cliente, precisamente porque hay mucho por hacer. El concepto que debe guiar a compañías, empresas, teatros, museos, galerías…, es que el encuentro con el cliente debe suponer para él una experiencia única. Un “viaje” en el que la amabilidad, la calidad, la escucha, las condiciones del encuentro, el trato, el precio (aporto apenas unas pinceladas) constituyan un paseo agradable y satisfactorio, no una gincana (pido perdón a la RAE). Deber ser una preocupación constante que imponga cambios en las organizaciones y en sus servicios.

Mi padre, que era un comerciante de la vieja escuela, repetía una y otra vez aquel viejo dicho de que “el cliente siempre tiene razón”. Obviamente él sabía que no siempre era así, pero también sabía que un cliente que habla mal, además de irrecuperable, hace perder otros muchos clientes.. Parece mentira que este viejo consejo del marketing más pedestre siga siendo necesario. Pues eso.

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¿Talento para Disney? No, talento para el mundo

El Mundo, hoy, trae una noticia buena para la cultura de nuestro país; qué digo buena, buenísima: Los estudios Disney han comprado una serie de animación española, “The Secret Life of the Suckers”, producida por una empresa de Granada, Genoma Animation, en coproducción con Screen 21, BRB Internacional y la Televisión catalana. Una serie para niños, de 102 capítulos, de 2 minutos cada uno, que cuenta la vida y aventuras de unos muñecos que viven en el cristal trasero de un coche. Ya sabíamos que las empresas de animación españolas estaban entre la vanguardia mundial. Está todavía reciente la película” Planet 51, coproducción española con Inglaterra.

La capacidad de hacer de la cultura y en particular de la creación, una fuerza económica relevante pasa por exportar a otros países productos competitivos. Pasa por generar industria en torno al acontecimiento artístico. Pasa por profesionalizar el sector de la cultura y por mirar hacia fuera y ver las oportunidades, rompiendo la endogamia creativa. El talento y la creatividad al servicio de la proyección de la cultura española en el mundo.

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Premiar el doce far niente en Cultura

Se me acumulan los temas y no sé a cuál acudir. Por cuestiones de urgencia –las noticias en política, como el mal pan, se quedan duras tan rápido- me inclino por la de la remodelación del Gobierno. Obviamente no entro en las carteras sobre las que no hago más seguimiento que el que pueda hacer un ciudadano más o menos enterado. Así que me meto en una de las que me concierne directamente, la de Cultura. Ángeles González Sinde llegó al ministerio con el magro bagaje de su presidencia de la Academia de Cine y de su carrera como guionista. Nada, apenas, sobre gestión, lo que hacía pensar en lo que finalmente ocurrió: que cansados en el gobierno de que el cine diera problemas se nombró a alguien para que los amortiguara. Como se puede ver, una mirada sobre la cultura, amplia, ambiciosa y de largo recorrido.

Como no podía ser menos, la ministra ha cumplido con las demandas y se ha limitado a que nada se moviera ni diera problemas, lo que en un sector dado a la queja y al mismo tiempo a depender de las ayudas públicas no era tarea difícil. Pero lo que podríamos llamar ideas, decisiones estratégicas, proyectos culturales de largo alcance, cambios profundos en las relaciones con las comunidades autónomas, que hoy detentan prácticamente todas las competencias, renovación del modelo de financiación de la cultura…, de eso nada de nada.

De ahí mi profunda extrañeza –exagero, la verdad- por el hecho de que un responsable tan evidentemente inoperante haya sobrevivido a la crisis. Es una norma de la más rancia estirpe burocrática la de no hacer ruido y no moverse para salir en la foto. Y desde luego González Sinde ha salido con muchos y diferentes trajes en muchas y diferentes fotos. Pero en todas sale sin el más mínimo movimiento. Las grandes decisiones sobre la CULTURA, así, con mayúsculas, habrán de esperar. Probablemente hasta que lo impongan en la agenda política quienes hacen cultura, quienes trabajan en ella, y los ciudadanos más comprometidos con el devenir de la cultura española.

(Adelanto los temas acumulados: el magnífico bailarín y coreógrafo Víctor Ullate, que dice que las compañías nacionales deben ser gestionadas por artistas y no por un gestor; y el Premio Nacional de Literatura Dramática, concedido este año a Lluisa Cunillé, por una obra que ella misma duda –en declaraciones a EFE- que sea especialmente significativa en su producción. Ah, las Academias de las lenguas de España y los premios. Así que la semana que viene, en este canal,  plus.)

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Ejemplos profesionales y personas: Manolito

Se me retrasa el post de gestión que había previsto para hoy forzado por las circunstancias: con apenas un día de diferencia han fallecido dos ilustres del teatro: Ricardo Domenech, catedrático que fue y director de la RESAD, y Manuel Alexandre (él  mismo creó y amó esa x incorporada a su apellido en toda su vida artística). Cuando gente así se va la cultura está un poco de luto. El consuelo, no pequeño, es que al primero podemos leerle en su extensa aportación crítica al teatro español del siglo XX. Y a Manolito podemos verle siempre que lo deseemos en sus inmensas apariciones en cine y teatro (éstas ya grabadas, claro). La última obra, Tres hombres y un destino, animada por Luis Lorente, la interpretó junto a otros dos grandes, José Luis López Vázquez y Agustín González. A Manuel lo conocí en una de mis vistas a Fernando Fernán Gómez, ante un café, que la cosa ya no estaba para muchos vicios. La última vez, simpático como siempre, y como siempre acompañado de su inseparable Álvaro de Luna, lo ví en la presentación del Premio Agustín González para nuevos autores dramáticos. Le saludé efusivamente y sonriendo, también efusivo, me dijo: sé que te conozco, pero es que ya no me acuerdo de nombres, bueno ni de muchas otras cosas.

No soy de homenajes porque en mi opinión los mejores son siempre íntimos, individuales, pero sí de reconocer la enorme repercusión de una generación que tuvo casi todo en contra para hacer arte y para hacer del arte una forma de estar en sociedad. Y sin embargo lo hizo. Manuel, junto a los nombrados y otros muchos de esa generación, ha ido dejando huella de excelentes valores interpretativos, de compañerismo y de dignidad profesional. Un recorrido que pone en valor el trabajo duro y largo, frente a la búsqueda obsesiva del éxito fácil, y tan efímero a veces. Lo que se llama un ejemplo.

Salve, Alexandre, los que seguimos viviendo te saludamos

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Un “reaccionario” interesante: ¿Es arte todo el “arte” que se hace hoy?

(en la foto Damien Hirst con una de sus obras)

La verdad es que es un placer escuchar una opinión argumentada, aunque no te guste. Bueno, a mí, incluso más si no me gusta. Porque el que alguien te abra ojos y oídos del alma intelectual es un regalo en estos tiempos en los que la reflexión parece estar de vacaciones. A la cosa.

Marc Fumaroli, un francés culto y peculiar, polemista, un poco outsider y “vieux terrible” (hubiera dicho “enfant terrible, pero nació en 1932), ha visitado España para presentar su último libro titulado París Nueva York-París. Viaje al mundo de las artes y de las imágenes. Alguno podría considerarle provocador y reaccionario, y de hecho así inicia el redactor su entrevista, publicada en El País: ¿Es usted reaccionario? Y Fumaroli le contesta: “Es verdad que me gusta mucho reaccionar y las gentes que reaccionan están muy vivas. (…) No creo que la historia tenga un sentido ni que tengamos que inclinarnos ante el sentido de la historia. Lo que me interesa son aquellos que van contracorriente.”

Fumaroli es extraordinariamente crítico con el concepto del arte espectáculo, del arte negocio, de ese arte apoyado y empleado por los que más tienen para marcar la diferencia social y económica con los que no pueden poseerlo. Desde su perspectiva el arte contemporáneo no puede ser llamado arte; por decirlo de otro modo –coincidente con lo que muchos pensamos-: que no todo lo que se cuelga de un museo es arte. Señala que Europa, influida por EE.UU desde el movimiento pop (¡hay que ver lo que dice de Warhol!) tiene una idea de arte como concepto, “como cosa efímera que durará un tiempo breve y que, momentáneamente excita a los periodistas.” Algo así como lo excitados que se sienten también tantos con las colecciones de moda, verdadero talón de Aquiles hasta de algunos de nuestros auténticos intelectuales. O de algunas obras escénicas.

En arte está tan aquilatado el hecho de que quien juzga y decide es un conglomerado formado por responsables de museos, galeristas y ricos, que afirmar que el arte para ser aceptado como tal requiere el paso del tiempo y un cierto consenso social, es hoy en día estar fuera de juego. Lo estoy, indudablemente. Es más, en ocasiones siento que la necesaria apuesta de los poderes públicos por los nuevos creadores, va mucho más allá y sanciona con su apuesta a los creadores recientitos como grandes artistas sin esperar recorridos. El poder, el poder. ¿Por qué tanta prisa, cuando el arte es aquello que se destila de la creación de una época como legado para las siguientes?

Leeré este libro de Fumaroli y volveré a leer otro que en su día creó gran polémica, El Estado cultural. Y algo podré compartir. Espero.

(Nota: Hoy, 29 de septiembre, es día de ruidos, de los que no obstante habrá que hablar cuando se serenen. Solo entonces podremos seguir el consejo del sabio poeta Antonio Machado: “A distinguir me paro las voces de los ecos”.)

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Mecenazgo cultural y fundraising

La pasada semana estuve en Barcelona, en el X Congreso de Fundraising que este año desarrollaba, junto al programa general, uno específico destinado a entidades culturales. Tony Myers, José María Gasalla, Colin Tweedy, o Marcelo Iñarra, entre otros, figuraban entre los ponentes. El fundraising, es, resumidamente, la captación de fondos que permitan financiar proyectos o, más a menudo, causas, lo que implica un notable contenido social, tanto de los donantes como de los solicitantes. Los fundraisers”, una actividad profesional muy avanzada en otros países y que en el nuestro está iniciándose,  conectan al sector empresarial y a grandes fortunas con el sector no lucrativo –ONGs y fundaciones-, para la obtención de beneficios mutuos, mediante la donación de fondos, relaciones o influencias.

Me resultó sorprendente la escasa presencia del sector cultural en un evento como este. De los casi 300 asistentes, apenas cuarenta desarrollaban su actividad en el ámbito cultural, la mayoría de ellos del sector público, sobre todo grandes fundaciones tipo Liceu, MACBA, Festival Temporada Alta de Girona…, que son, por otro lado, quienes más avanzada tienen la tarea de captar recursos privados para su acción. El resto, la mayor parte, representaban al sector asistencia y de salud, la cooperación, la solidaridad… Aunque no todas, muchas empresas y fortunas –grandes o pequeñas- pueden ver en el mecenazgo, en la financiación de acciones, programas o causas con un marcado fin social (cultural) una forma relevante de articular su propia presencia en la sociedad. Gentes con conciencia de que retornar una parte de sus beneficios es satisfactorio y rentable de un modo u otro.

En el sector cultural estamos muy verdes en este nuevo ámbito abierto a la financiación. Y debemos prepararnos, conocerlo, dedicar esfuerzos concretos a informar de nuestros proyectos a gentes que puedan aportarles impulso, sea en forma de dinero o de relaciones. Sin dejarse vencer por la inercia que considera cualquier cuestión relacionada con la captación de recursos privados, una labor hercúlea. Actuar como si los fondos públicos fuesen los únicos que pueden contribuir al desarrollo de proyectos culturales en España es, a medio y largo plazo, un suicidio para los que piensen así.

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Cultura y Huelga General

Es tremendo, pero la Huelga General convocada para el próximo día 29, no genera en mí entusiasmo alguno. En realidad, lo contrario. Y sin convicción, mal puede apuntarse uno a un bombardeo. Y mira que me gustan. El Gobierno socialista ha virado a posiciones conservadoras –por cierto, mucho antes de que fuera denunciado por los sindicatos- y probablemente lo va a pagar muy caro en las elecciones. En buena parte por no haber hecho sus deberes antes, metiendo mano a los grandes problemas y desequilibrios de la economía española. Quienes los sustituyan tampoco van a tener los intereses de los trabajadores en el centro de sus preocupaciones. Los convocantes, por su parte, difícilmente podían haberlo hecho peor: mensajes arcaicos, carentes de originalidad y con un peligroso tufillo a defensa de su estatus.

El mundo de la cultura que también debería tener hechos sus deberes para decidir su posicionamiento ante una cita como ésta, permanece silbando el Sitio de Zaragoza, mientras mira a Suecia, como si ante la situación por la que atraviesa España no tuviera porqué plantear su propio programa. Cuestiones como la definición de un nuevo modelo de relación entre lo público y lo privado en Cultura, la financiación (incluidas una nueva Ley de Fundaciones y nuevas deducciones fiscales para las empresas que apoyen el arte), la reducción del IVA, nuevos modelos legales para la constitución de compañías neoprofesionales, la transparencia y la democratización de la gestión pública, los códigos de buenas prácticas en la gestión… En fin, que tenemos muchos deberes y que parece que no nos gusta hacerlos, más o menos como a los niños.

Algo grande, un mucho, está hecho de muchos pocos. La Cultura es uno de esos pocos. Importante, eso sí. Por delante tiene la enorme responsabilidad como sector de definir su propia propuesta de modelo cultural para España, sin esperar a que salga de políticos o gobernantes, porque eso no va a ocurrir.

Con todo esto, como pueden comprender, el día 29, me temo que va a suponer muy poco para la marcha del país, ni para la Cultura en particular, más allá de la guerra de cifras en la que se suelen embarcar quienes participan en el partido en la defensa de sus intereses. A nosotros nos queda un largo camino que tendrían que impulsar las asociaciones profesionales del sector. A eso sí me apunto.

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Buscando a ¿Wally?; perdón, buscando a Mecenas. El evangelio cultural del mecenazgo: dad y se os dará

Hace unas semanas hablaba del patrocinio como herramienta de financiación de la cultura y como expresión de la acción social de las empresas y de sus nuevas responsabilidades en el desarrollo cultural. Un tema estrechamente relacionado es el del mecenazgo de carácter filantrópico, que toca plantearse en un contexto de crisis, pero que es una clave estratégica para el sector, como ya lo es en otros muchos países.

El incremento de la participación financiera desinteresada en proyectos culturales –teatros, orquestas, museos, producciones escénicas, danza…- por parte de empresas, instituciones privadas y ciudadanos filántropos es una contribución de primer orden a la articulación de la sociedad, a su desarrollo por la vía del incremento de los niveles de formación y de cultura y de consumo de arte. Que es posible, es decir, que la sociedad española está preparada para asumir el mensaje de que su contribución económica es necesaria, lo demuestra el amplio recorrido que en este sentido llevan hecho las ONGs de solidaridad y cooperación internacional. Eso sí, el ámbito de la cultura precisa desarrollar un mensaje propio atractivo, argumentado para recabar donaciones, y ofrecer a los contribuyentes reconocimiento y contrapartidas vinculadas a la mejora de su imagen  pública, si lo desean.

Y por otro lado, es imprescindible avanzar aceleradamente hacia unas normas fiscales que favorezcan el mecenazgo. Los incentivos fiscales españoles recogidos en la Ley actual son de los más bajos de Europa y se han mostrado insuficientes para promover la filantropía. En el último número de la revista Ópera actual, David Camps, director de Mecenazgo y Comercial del Liceu, escribe un interesante artículo sobre este asunto, en el que resalta el positivo efecto que la reforma de la ley en Francia tuvo sobre el mecenazgo cultural.

Por su importancia, por su repercusión, éste no es, no debe ser, un tema que los diversos agentes del sector cultural aborden exclusivamente cada uno con sus propias fuerzas y habilidades. La reforma de la Ley es una cuestión que compete al conjunto del sector y que debe ser planteada unificadamente al gobierno y al parlamento. Ya. En un momento histórico en el que el dinero público se retrae de la acción social y cultural, dar protagonismo a quienes desde la sociedad civil estén dispuestos a aportar fondos a la cultura y a la acción social es una tarea urgente e imprescindible.

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Una jornada particular

Carlo M. Cipolla, un historiador de la Economía a quien considero un maestro, escribió hace más de veinte años un libro, Allegro ma non tropo, que contenía un opúsculo imprescindible titulado Leyes universales de la estupidez humana. Se lo recomiendo encarecidamente. Una anécdota me las ha recordado en relación al olímpico desprecio que se acumula en nuestro  país por la experiencia, el talento, el conocimiento. Me explico.

El pasado domingo asistí a una comida en que casualmente coincidí con gentes muy diversas; un encuentro de esos en los que la observación y la escucha causan placer si estás dispuesto a la empatía, al aprendizaje del otro. Allí estaban, entre otras, dos personas con un pasado relevante que hoy, por cómo resolvemos en España nuestra relación con el pasado, son desocupados: Eduardo Pérez, productor de TVE sometido al ERE y Francisco Tomey, que fue durante muchos años persona de referencia en la política de Castilla La Mancha y de Guadalajara en particular. Ambos se quejaban de que su experiencia, sus conocimientos adquiridos a lo largo de mucho tiempo, no sirvieran hoy a ninguna causa útil.

El caso de TVE –uno de los ámbitos relevantes de la comunicación y la cultura– es paradigmático en muchos sentidos porque excluyó de su futuro a centenares de buenos profesionales en la cincuentena en perfecto estado de revista, ofreciéndoles una jubilación forzosa que nada tenia de jubilosa, y que despreciaba el conocimiento acumulado. Rafael Herrero, otro sufridor del ERE televisivo, me hablaba de ello hace unos meses. Prescindir del conocimiento para abaratar costes es una política tan extraordinariamente chata, tan corta de recorrido, que la pagaremos, sin duda, en un plazo de tiempo no muy largo. El, en sus más amplias y diversas formas, es el mayor patrimonio en el que afirmar y asentar el futuro, cuando quienes la poseen están dispuestos a seguir empleándola en la vida social y económica. Tal vez lo nuevo en nuestro país sería actuar conforme a esa afirmación. El conocimiento siempre es apuesta de futuro, herramienta clave para su construcción. En el mundo económico, es elemento esencial de la diferencia competitiva. Por eso es necesario hacer de los senior una fuerza ganada, no una fuerza perdida.

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