Archivo de la categoría: Gestión cultural

Po favó: una ley de financiación para el arte y la cultura…, ya (A propósito del puente de los Suspiros)

¿Por qué cuesta tanto aceptar el patrocinio artístico del arte y la cultura? No hablo de aceptar el dinero, que para eso teatros, museos, editoriales u orquestas siempre están prestos. Me refiero a aceptar el patrocinio, un modelo de financiación del que las dos partes han de sacar beneficios. En realidad lo que a una parte considerable de la sociedad le cuesta aceptar es la contrapartida, es decir, el beneficio publicitario del patrocinador. Porque todo el mundo estaría encantado de que empresas y fundaciones pagaran de su bolsillo las abundantes áreas desguarnecidas en estos tiempos invernales para la financiación de la cultura… a cambio de nada. Chit, chit, chit…, eso no está nada bien.

El maravilloso puente de los Suspiros, en Venecia, acaba de terminar su restauración: 3.000.000,00 de euros pagados por varias empresas (probablemente deberían haber pagado más). Durante los tres años de obras, diversos anuncios han cubierto los andamios que ocultaban la parafernalia albañileril. La comuna de Venecia no habría podido acometer esas obras –ni otras muchas pendientes- sin las aportaciones privadas, y sin embargo amplios sectores sienten como si se ensuciara el arte al ser tocado por los dineros de empresarios. Curioso, cuando ese es el modelo existente en la historia de la humanidad hasta bien avanzado el siglo XIX, momento en que los estados asumen en Europa una parte de las responsabilidades del cuidado del arte público.

Vendrán de nuevo tiempos en que el estado asuma sus responsabilidades en nombre de todos en amplios ámbitos hoy abandonados o en trance de serlo, por la malhadada crisis. Pero entre tanto, acojamos la aportación privada al arte con alegría y agradecimiento. Y con normas, claro. Porque no todo el monte debe ser orégano. Una Ley de financiación del arte y la cultura es la primera medida que ha de acometer el nuevo gobierno popular en cultura. Y hacerlo previa consulta al sector, que es el que conoce verdaderamente las necesidades de financiación.

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Titanio cultural o Titanic cultural

El pasado sábado participé en Valladolid en una Jornada sobre Pymes culturales celebrada al calorcillo de la Cumbre mundial sobre microcréditos. Me habían invitado María Bolaños y Miguel Ángel Pérez, Maguil para los amigos, uno de esos magníficos agitadores culturales de los que este país anda tan urgido.

Allí nos encontramos Roberto Gómez de la Iglesia, Fernando Quiles, María Calleja como ponentes y Luis Caballero, Enrique Redel y Víctor Alonso exponiendo sus experiencias. Todos coincidíamos en asumir la frase que nos convocaba: “Lo pequeño es hermoso”, título del famoso libro de Ernst Schumacher escrito en los años setenta y que se ha convertido en un adelantado de la sostenibilidad. Me sorprendió mucho y bien la energía, el entusiasmo, la decisión de salir adelante que manifestamos en general, frente a la negatividad y la entrega de cuchara predominante. Esa batalla psicológica emprendida por quienes necesitan una población dócil para ejecutar sus recortes, una población asustada que acepte pagar la factura de unos platos que rompieron bancos y especuladores.

Pero me quedé con una reflexión que es la que hoy quiero transmitir: hemos construido mucho, hemos desarrollado un enorme parque de recintos culturales, hemos gastado en ladrillo lo que no está escrito, y sin embargo hoy parte importante de lo construido amenaza ruina y vacío interior  por falta de presupuesto, por falta de previsión estratégica de a qué intereses debe servir. Por falta de política cultural.

Con los estruendosos fiascos de la Ciudad de la Cultura de Santiago, del Centro Niemeyer de Avilés, o del CREA de Alcorcón –desgraciadamente entre otros cuantos- me vino a la imagen el Guggenheim como  modelo generalizable de desarrollo. El titanio cultural no puede generalizarse y es lo que se ha hecho. Y pensé cómo una sola letra puede cambiar el sentido de las imágenes. El titanio cultural o el Titanic cultural.

Sí, sin duda alguna, hoy lo pequeño no es solamente hermoso sino que almacena mejor la posibilidad de creatividad, de supervivencia y sostenibilidad. Almacena en sí la semilla de otro futuro.

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Lecciones de gastronomía para la cultura

Vengo de Donostia, de un intenso fin de semana de jazz y cultura (Jazzaldia)  y también, inevitablemente, gastronómico. He recibido varias lecciones de cómo tratar a los públicos, de cómo organizarles experiencias que recuerden y que salgan encantados, en definitiva de marketing cultural.

La primera lección –y no barata precisamente- fue en un restaurante, en el precioso espacio de Martín Berasategui, en Lasarte. Su compendio de placeres para el cuerpo viene recomendado por sus tres estrellas Michelín, por lo que me ahorro elogios. En su casa me hizo sentir como en la mía. Todo el trato y la atención se orientaban a proporcionar una experiencia memorable a los comensales. En todos los detalles, se percibía que alguien había hecho el recorrido previamente para definir el trato, los tiempos, los colores, el volumen del sonido, la temperatura, los mensajes…, para que quienes vinieran después se sintieran fascinados. Ya cuando subíamos las escaleras la puerta de entrada se abrió de modo aparentemente mágico y la maitre se adelantó a saludarnos y recibirnos. Berasategui en cuerpo mortal salió a saludar uno a uno a cuantos ese día comimos de su mano, preguntándonos –aparentemente con verdadero interés- por la satisfacción alcanzada . ¡Qué envidia, por favor! Me recordó que los Tricicle, suelen hacerlo: salen corriendo al hall del teatro para despedir, uno a uno, a cuantos esa noche han acudido a verles. Bajando del pedestal a agradecer su visita a los mortales que pagan.

Y es que el encuentro del arte con el cliente/receptor/usuario es un momento maravilloso y lleno de oportunidades que desde la gestión puede convertirse en experiencia memorable, que muchas veces desaprovechamos. Aprender de cómo los grandes cocineros se relacionan con sus clientes.

También tuve dos experiencias de las que aprender por vía menos positiva, claro. En Getaria, precioso puerto cercano a  Zarauz, acudí al Museo Balenciaga. La construcción es magnífica y a buen seguro de que cuando lo llenen de contenidos culturales añadidos a la colección, ganará mucho, el museo y el pueblo en el que ha de integrarse. Lo que me sorprendió fue que el contacto con el personal del museo se redujera al pago de la entrada. En el recorrido, de más de dos horas, no volví a ver a ser humano de la casa al que trasladarle grito o susurro alguno. A la salida, tras comprobar que nadie solicitaba mi opinión sobre lo visto o me pedía datos  para enviarme información, yo mismo me decidí a pedir una hoja para darles mi contacto y estar al tanto de sus actividades. A todos nos gusta dejar huella de nuestro paso. A las organizaciones culturales debería encantarles quedarse con ellas. Con las huellas, digo.

Finalmente un domingo lluvioso, como solamente llueve en el norte, fui a disfrutar de otra noche de jazz en la plaza de la Trinidad. Primero Avishai Cohen Trío (a destacar su Alfonsina y el mar cantada al contrabajo. Vedla en You tube), y luego la estrella Cassandra Wilson. La estrella actúo como si el patio de butacas estuviera a resguardo de la hostil naturaleza y abajo no tuviéramos más que deleitarnos con los cánticos suaves, lentos de la Wilson. Pero el caso es que llovía. Y en hora y media ni una sola referencia al sufrimiento del público, ni un atisbo de comprensión, ni un guiño. Una cuarta pared cerraba los ojos y el alma de la cantante que daba la sensación de ser hielo. Y el hielo no atrae amores.

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¿SGAE?, y 3. ¿Libre acceso a la cultura o gratuidad cultural?

Y acabo, por el momento, con esta breve serie sobre el tema. A menudo he tenido la percepción de que la gente con la que en ese momento estaba charlando sobre los derechos de autor pensaba que la obligación legal de pagarlos era, en realidad, un obstáculo para el libre acceso a la cultura y el arte. Hay que decirlo todo: eso ocurría con gente que no pertenecía al mundo de la creación, porque los escritores, pintores, fotógrafos, realizadores audiovisuales, autores teatrales… tienen clarísimo que han realizado un trabajo y que necesitan cobrar por él.

En realidad el discurso sobre el libre acceso a la cultura expresa el mensaje de que la cultura debe ser gratuita. No sé por qué la cultura y no la vivienda, o el pan, todavía más necesarios. Tal vez sea un resabio de los tiempos en que todos soñamos una sociedad que resolvería las grandes necesidades humanas, incluida la cultura. La historia, es decir, el recorrido que las sociedades han ido haciendo en su devenir, ha puesto precio a casi todo, porque la fórmula triunfante hoy –espero que no para siempre- es el capitalismo. Y éste asigna un valor económico a cada tarea, a cada producto, a cada función socialmente necesaria.

Creo que el acceso a la cultura debe ser libre sin que por ello sea gratuita urbi et orbi. Defiendo provocadoramente que la cultura y el arte no son un derecho tal y como entendemos en el occidente capitalista otros derechos –unos incumplidos, otros de difícil cumplimiento: al trabajo, a la educación, a los servicios de salud…-. Defiendo provocadoramente, por el contrario, que la cultura es una meta que los ciudadanos alcanzan con esfuerzo y trabajo y que puede o no formar parte de sus aspiraciones. Aspirar a la cultura, amar el arte puede que haga mejores a las personas, pero es una opción individual tan respetable como la de quienes optan por no cultivarse el alma con arte nunca.

En consecuencia defiendo que quienes crean cultura tienen –estos sí- derecho a vivir de ella, sí así lo demanda la sociedad, si esta paga por sus creaciones. Y que quienes defraudan ese derecho, no pagando el precio fijado, están sustrayendo a ese creador el fruto de su trabajo. Y probablemente, al resto, a la sociedad en su conjunto, nos está hurtando un creador, que deberá dejarlo para vivir de otra cosa. Probablemente una que no se pueda bajar de internet. Ni más, ni menos.

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SGAE 2. ¿Para qué sirven los autores?

¿Puede una sociedad sobrevivir sin autores? Probablemente sí, al menos lo que se entiende por sobrevivir. Seguramente nada hubiera cambiado si en las viejas paredes de Altamira nadie hubiese pintado preciosos bisontes. Nada si no dispusiéramos de la Mona Lisa, de Bach, Cervantes o Goya. Pero hoy muchas personas sabemos que la salud de una sociedad se expresa no solamente mediante los niveles de consumo o de longevidad. Ni siquiera el consumo de arte expresa la salud del alma de un pueblo. Ha sido una victoria alcanzar el consenso formal de que el desarrollo de una sociedad se expresa de una manera diáfana por el nivel de sus creadores, por la importancia real que cada sociedad da a sus autores. Hoy sabemos que los autores permanecen y transmiten a otros lo que somos y sentimos. Por eso son tan importantes.

¿Por qué, pues, se discuten tanto e incluso se cuestionan los derechos de autor y la propiedad intelectual? ¿Por qué está bien visto que alguien no pague lo que la ley marca en concepto de derechos para el autor de una fotografía, un libro, una película o una melodía? ¿Por qué nos excusamos en los excesos de los intermediarios –las sociedades de gestión– y olvidamos que quienes crean tienen derecho a cobrar por sus creaciones?

Algo malo ocurre cuando muchos ciudadanos alardean de bajarse de internet documentación sujeta a derechos defraudando con ello a su autor. Algo malo ocurre cuando está bien visto coger la fruta del árbol que otros han plantado y cultivado solamente porque está a mano y nadie nos ve.

Hay otra razón, aportada por los tiempos actuales que explica parcialmente esta situación: la confusión entre creador y consumidor. En la red todos colgamos contenidos sin cobrar por ello. Todos somos, de algún modo, “creadores”. Pero esta es una confusión interesada que oculta o minimiza que el arte requiere talento y que el talento precisa cuidado, atención, dinero, alimento. Hoy el todo vale, el peso de lo inane, amenaza con ocultar lo sublime.

La crítica teoría del progreso esbozada sobre todo por Walter Benjamin, pero expresada en la obra de autores como Lang, Orwell… dibujaba un futuro en el que siempre estaba ausente la cultura y el arte. Una ausencia clave en una visión negativa del mañana. Lo mismo hace el cine de ciencia ficción que quiere imaginar cómo será el mundo en el futuro (recuerden el modelo Waterworld). ¿Se han fijado en que en todas ellas, los autores, y por extensión el arte, no existen? ¿Estaremos pagando ya hoy esa última factura?

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De retos y logros. Esos locos bajitos…

Daniel Lovecchio, director de la Compañía Tyl Tyl y de la sala teatral del mismo nombre que defiende contra los lobos y las tormentas en Navalcarnero, acaba de salir de mi oficina. Hemos hablado de lo divino y humano, porque alguna tecla recóndita en cada uno de nosotros, permite que cuando nos encontramos sintonicemos similares melodías.

Hablábamos de la difícil travesía que espera en los próximos años a la creación artística; probablemente tiempos de fortalecimiento para cuantos no se mareen demasiado en la singladura. Hablábamos de lo que debe ser la carta de identidad de los proyectos escénicos hoy: la innovación, la aportación de valor añadido, y, sobre todo, la generación en torno a ellos de sinergias seductoras para empresas financiadoras y públicos.

Y hablábamos, también, de lo que ambos consideramos un baldón para nuestro país: la inexistencia de un Centro Dramático Nacional específicamente dedicado al teatro infantil y juvenil. En sus facetas de creación,  investigación y de apoyo a las compañías y empresas emprendedoras que trabajen con niños y jóvenes. Eso sí es política cultural, en negativo calro.

Más de treinta años después de aprobada la Constitución la existencia de esta asignatura a la que ningún político se ha presentado todavía, resulta indignante (una bella palabra que espero no pierda sus aristas por el mal uso, al igual que está ocurriendo con esa otra de “sostenible”). De hecho tan solo el Teatro Escalante en Valencia, dirigido por Vicent Vila, asume en solitario la tarea de recordar que el reto de erigir un centro escénico dedicado a la infancia y la juventud es una urgencia.

Me da que muchas empresas cuyos públicos naturales son de suyo bajitos estarían encantadas de colaborar en hacer de ese reto un logro.

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De cigüeñas. No, de vuelos.

Almagro. Desde el ático-terraza del hotel Gran Maestre diviso la inmediata iglesia de San Bartolomé. Entre sorbo y sorbo del primer café observo el nido de cigüeñas que corona el campanario. Dos jovencísimas y ajetreadas cigüeñas dan lo que a todas luces son sus primeros pasos; bueno sus primeros vuelos. Aletean torpemente y consiguen ascender verticalmente y sostenerse en el aire apenas dos segundos. Cuando lo han hecho varias veces se acercan al borde del tejado con la aparente intención de pasar del juego al vuelo. Inclinan el pico hacia abajo y tras ver la distancia al suelo retroceden a cortos pasitos y siguen ensayando el ascenso vertical. Sus padres –es una suposición, claro- los observan despreocupados conscientes de que la genética acabará imponiéndose.

Estamos en la Escuela de La Red de Teatros. Asimétrica organiza un taller de Marketing cultural, Ticketing y Audiencias y una frase de Roger Tomlinson me hace volar. “No hay relación con los públicos si no dialogamos con ellos”. Sí, sin duda ese es el corazón del marketing cultural. Porque se dialoga con aquel a quien conoces, a quien escuchas, a quien respetas. Y el público, cada una de las personas que gustan del arte y de la cultura, quiere ser escuchado, respetado;  y tomar sus decisiones.

El segundo día, intervengo al final del taller para decir que la formación, el conocimiento se adquiere invirtiendo en preguntas; nuevas y más complejas preguntas cada vez. Que solamente podemos avanzar, volar, haciéndonos preguntas inteligentes, comprometidas; esas preguntas que como el amor verdadero son tan difíciles de hallar. Que solamente haciéndonos ricos en preguntas y dudas podremos encontrar las respuestas adecuadas llegado el momento.

En la misma sesión propuse crear un Carnet o un pasaporte profesional para cuantos vivimos por y para el espectáculo en vivo. Un pasaporte por el que paguemos una cantidad justa y que nos permita entrar en cualquier espectáculo del país. Un carnet que acabe con la lacra de las invitaciones. Un carnet que ayude a poner en valor el arte. Porque el arte no se regala, se alcanza en los cielos.

Allí les dejé anoche, cuando me vine de vuelta volando a Madrid.

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Buscando compañeros de aventuras

Los casi míticos estudios Cinecittà, de Roma, testigos de cientos de películas esenciales del cine del siglo XX, se han abierto por primera vez al público para ofrecer a los espectadores un recorrido por los escenarios donde se rodaron Quo Vadis, Cleopatta, Ben Hur, Gangs of New York, El nombre de la rosa, La dolce vita, El Padrino III, La pantera Rosa…

El programa “Abierto por obras”, puesto en pie en la Catedral de Vitoria-Gasteiz, ofrece desde hace tiempo a los ciudadanos que lo deseen la oportunidad de una visita guiada en la que se sumergirán en el trabajo arqueológico y de restauración de esta joya medieval, calificado como el mejor proyecto de recuperación de un edificio histórico que se acomete actualmente en Europa. Una iniciativa, esta de abrir los interiores a la mirada pública, que ha recibido el Premio Especial Europa Nostra, además de un notabilísimo éxito de público.

El Ministerio de Cultura acaba de impulsar un programa similar en torno a otros procesos de restauración de importantes edificios históricos, murallas, catedrales o monasterios,  y de otros bienes de interés cultural, desde el Palacio de los Duques de Medinaceli en Cogolludo, Guadalajara, a la bahía de Bolonia en Cádiz.

Tres ejemplos en los que los ciudadanos se ponen el casco y pasan hasta la cocina; tres ejemplos de innovación, originalidad, y búsqueda de nuevos caminos para relacionarse con los públicos, los de hoy y los que pueden serlo.

Todas las artes pueden ser escenario de prácticas similares que busquen el guiño, la implicación, el conocimiento más profundo  de los aficionados y con ello, su fidelización, su conversión en compañeros de viaje. Muchos espectadores aprecian esa posibilidad de conocer lo que admiran –o de aprender a amarlo- desde una perspectiva inusual en la que ellos, además, adquieren protagonismo. En los teatros, por ejemplo, conocer la “parte de atrás”, debatir con los actores o asistir a ensayos.

Pensar en los públicos, en los destinatarios de la acción cultural, no como comensales de un menú reiterado y previsible, sino como compañeros con los que fijamos nuevos destinos de viaje, nuevas aventuras. Compañeros de juegos.

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¿Qué hace esto aquí?

La Fundación Lázaro Galdiano es una maravillosa sorpresa para quien no conozca su museo, que recoge la colección personal de su fundador, y un remanso de placer, arte y belleza para quienes frecuentan sus salas y sus jardines. Estos días, y en colaboración con la Fundación María José Jové de A Coruña, alberga una exposición temporal titulada ¿Qué hace esto aquí? La idea que subyace es la de confrontar los tiempos, las épocas y los estilos artísticos a la búsqueda de que la inquietud y el cierto desasosiego generado iluminen las obras desde una nueva perspectiva, y aporten novedad y creciente interés en los visitantes. Un baile estético que empareja clásicos con contemporáneos a la búsqueda de que dialoguen entre sí, a la búsqueda de que se enriquezca el viaje del conocimiento del espectador.

La innovación en el arte y en las organizaciones artísticas es una tarea continua que responde, además, a la propia esencia creativa de su labor. Podemos innovar en el ámbito de los públicos, atendiendo al incremento, diversificación y relación con la audiencia; podemos innovar en lo que atañe a la gestión “empresarial”, buscando y creando nuevos modelos de negocio y mejores esquemas organizativos; podemos innovar también en la aportación y creación de valor en la cadena. Y podemos buscar la innovación en las fronteras del arte y en cómo éste se presenta, se ofrece a los ciudadanos.

Que los museos y las organizaciones que los sustentan vivan el presente y en alerta de futuro, oteando siempre el horizonte buscando las mejores maneras de poner el arte al servicio de sus destinatarios. La otra alternativa, el adocenamiento, la rutina, la funcionarización del arte, no debe tener hueco.

Por eso el trabajo de la Fundación Lázaro Galdiano, dirigida por Elena Hernando, es digno de conocerse y disfrutarse. Por eso es un placer ver en la misma exposición a Maruja Mallo, Equipo Crónica, Miquel Barceló o Joan Miró compartiendo mesa y mantel con obras españolas y europeas de los siglos XV a XVIII. Para no perdérselo.

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De museos y gestión, one more time

Hace unos días se inició el embargo de la Casa-Museo de José Padilla, en Madrid. Los familiares que gestionaban las propiedades y legado del maestro Padilla, autor ente otras muchas canciones famosas de Valencia, El relicario, o La violetera, habían solicitado en 1992 un préstamo de apenas 225.000, 00 € para hacer frente a la gestión; un préstamo que en sólo quince años se transformó en más de un millón de euros de deuda, una cantidad impagable para la familia. Ahora el legado de Padilla será dividido y subastado.

Varios problemas se unen en esta situación que podemos ver reflejada en otros museos que como el Chillida Leku, se han visto obligados a cerrar sus puertas por problemas de sostenibilidad y de mala gestión. Por un lado, la dificultad para afrontar la administración profesional de bienes culturales con el bagaje exclusivo del amor familiar por la obra, por muy relevante que esta sea. Por otro, el conflicto entre el interés público y la gestión privada, que en casos como los comentados impiden una resolución adecuada y en tiempo.

Si los bienes a defender de la subasta –o del cierre al público, como en el caso del Chillida Leku– son relevantes para el patrimonio cultural de un país, deberían ser las instituciones públicas las que garanticen que ese patrimonio está disponible para su disfrute por los ciudadanos, al tiempo que se respetan los derechos del autor y de sus herederos. Pero lo que no se puede aceptar es que las familias reclamen apoyo económico público para defender sus propiedades privadas, al tiempo que impiden la gestión pública de los bienes que quieren defender.

Un terreno resbaladizo en el que hay buscar estabilidad y satisfacción de demasiadas partes, pero inevitable de transitar si de lo que se trata es de defender el patrimonio cultural.

 

PD: Chaplin incluyó la melodía de La violetera en su película “Luces de la ciudad”, pero no incluyó el nombre de su autor. Aquí está disponible la versión de Raquel Meller en You tube.

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