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CRM (jopé!) y lealtad

En España,  el marketing cultural necesita emplear instrumentos que ya están en marcha en otros ámbitos y en otros países. Una adecuada relación con los públicos, que deben ser el centro de atención de las organizaciones, es una de las claves.

La búsqueda de la lealtad –qué bella palabra- se encuentra en el fondo de otra expresión, esta otra mucho más fea, generada por el marketing contemporáneo, y que en sus siglas inglesas es CRM (Customer Relationship Management) y en nuestro español paladino Gestión de la Relación con los Clientes. Pues bien, la búsqueda de la lealtad de los usuarios exige a las organizaciones –grandes y pequeñas- un profundo conocimiento y escucha de sus deseos, opiniones y necesidades. También requiere canales de comunicación sencillos y bidireccionales. Y empresas y organizaciones que centren sus estrategias en sus públicos. Están llamados a desaparecer los tiempos en que las organizaciones lanzaban sus ofertas sin atender las necesidades y opiniones de sus clientes. Sin individualizarlos y conocer quiénes son, sin preocuparse el grado de calidad de su experiencia como clientes. Hoy, la sofisticación tecnológica –las redes sociales son un buen ejemplo, pero no el único- permite un mayor peso de los ciudadanos en la configuración de opiniones y tendencias. Hablaba de ello con Beatiz Tomey, precisamente CRM de Hoss Intropia, en la fiesta de presentación de ASIMETRICA, la nueva empresa de consultoría de marketing cultural en la que estoy implicado.

Y es que la cultura no está al margen de esta tendencia profunda y que lo será más todavía en el futuro. La gestión cultural, los gestores culturales, quienes producen, distribuyen, o gestionen acontecimientos culturales –museos, teatros, compañías, orquestas, editoriales, productoras audiovisuales…- necesitan para la sostenibilidad de sus organizaciones, incluso para su supervivencia, orientarse a los clientes, establecer canales de inter-relación con ellos, y fomentar así su lealtad. Porque quien se siente escuchado y atendido es mucho más fácil que permanezca a tu lado, incluso puede que en estos tiempos de cambio y de transfuguismo, hasta perdone algún error.

Pero las organizaciones y los gestores deben asumir que los usuarios tienen voz y capacidad de decisión; y han de asumir, también, que los nuevos medios deben ser empleados sin temor y con seriedad, no por moda. Lo que exige desarrollar capacidades concretas y destinar recursos específicos a esta tarea. La calidad de los productos artísticos y culturales es uno de los componentes esenciales para el éxito. Otro, sin duda, la gestión adecuada de la relación con sus destinatarios, los clientes. Y, en fin, que la lealtad es una vía de dos direcciones.

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Anabel Veloso, artista y gestora aventajada

El valor de la formación en gestión es indiscutible, incluso para los que tienen la creación artística colectiva como principal impulso: crear sin conocer de gestión, de mercado, de audiencias, de comunicación, de marketing…, hace más difícil el éxito, ya de por sí distante y esquivo. Hoy quiero hablar de Anabel Veloso y su compañía “Deje flamenco”. Hace casi dos años realizó uno de los cursos que dirijo para SGAE, el Curso Internacional de Gestión Escénica. Alumna inquieta y aventajada –ni mucho menos el único caso- siempre quería saber más de los principios, las técnicas y las herramientas que los artistas y las compañías tienen disponibles para comunicar mejor su arte a la sociedad y para organizar mejor su trabajo de gestión. Hoy su compañía es residente en el Auditorio de Roquetas, en Almería, siendo la primera en Andalucía. Este es un ejemplo de lo que ha ido haciendo. Y hay dos más que me parecen relevantes.

Anabel Veloso, gestora de su propio proyecto empresarial, asumió que para captar financiación privada hay que dar a los posibles compañeros de viaje, contenidos e incluso imágenes a las que se puedan enganchar: por estas fechas el pasado año organizó la presentación de una de sus coreografías , “Nacidos bajo el Mar”, en el Aquarium de Roquetas, sumergida entre tiburones (de verdad). Me hubiera encantado ver ese baile submarino.

Hoy me llega otra de sus iniciativas de marketing artístico y cultural, orientado, como me escribe en el mail, a “hacer al espectador partícipe de los procesos creativos de nuestra compañía”. En colaboración con el diario “La voz de Almería” propone a los lectores/futuros espectadores que elijan la fotografía del cartel de su próximo espectáculo (Poema sinfónico 2), de entre las realizadas por el fotógrafo Pepe Segura.

Bravo, Anabel Veloso. Una muestra de arte, imaginación, voluntad. Y de tener al destinatario del arte, el público, siempre en el eje de la acción.

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Yllana, cultura y páginas “salmón”

Cada domingo leo las páginas salmón, ésas dedicadas al mundo de los “negocios”, a la espera de encontrar alguna noticia de interés para el mundo de la cultura. Muy ocasionalmente aparece algo relacionado con la gran industria del libro o la música, y más ocasionalmente aún, anuncios sobre formación en master culturales. El interés me viene, obviamente, porque una parte considerable de la cultura que se genera en España en la actualidad está producida por empresas –museos, teatros, compañías, productoras audiovisuales…- que con más o menos acierto y con más o menos entusiasmo están sometidas a las reglas de la economía de mercado.

Pues bien, mi sorpresa fue notable cuando el domingo pasado en las “salmón” de El País, reconocí en una fotografía a Marcos Ottone, gerente de Yllana y compañero de tantas y tantas ferias. El artículo ejemplificaba en esta compañía que gestiona también el teatro Alfil, un modelo que conjuga el arte con la rentabilidad económica. Un modelo basado en el humor, la internacionalización –tiene franquiciado su espectáculo 666 en Broadway- y el aprendizaje constante de formas de gestión que conduzcan a la autonomía financiera de sus espectáculos y de su compañía. Marcos Ottone, y el resto de Yllana –David Ottone, Joe O’Curneen, Francisco Ramos y Fidel Fernández– apuestan por un sistema de financiación de las artes escénicas en el que por un lado, el público, a través del pago de su entrada, soporte el grueso de los costes y genere beneficios, y por otro, las producciones cuenten con aportaciones de dinero privado para su puesta en pie. Las subvenciones y las contrataciones municipales, que hoy son el grueso de las aportaciones al sector escénico, generan una enorme y arriesgada dependencia de los poderes públicos cuyos negativos efectos se multiplican en tiempos de crisis.

Ciertamente hay muchas formas de hacer cultura, de producir arte, y éste modelo es una de ellas. Ningún modelo probablemente es generalizable al conjunto del ámbito cultural –en este caso escénico-, pero de todos conviene aprender.

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¿Atrapados en la red? Redes sociales y cultura

Acabamos de ser atrapados por las redes, las sociales, claro. Y el fenómeno no ha hecho más que empezar. Asistimos a un nuevo modelo de relaciones –evidentemente no solo – que desarrolla notablemente la capacidad de intervención horizontal de personas y entidades en el devenir. Eso afecta a todos y cada uno de los ámbitos, públicos y privados, en que se desenvuelven las sociedades capitalistas, también a la cultura, que es nuestra ocupación.

En general, la entrada de las organizaciones culturales en la web social ha sido hecha –está siéndolo- sin reflexión previa en torno a los porqués y paraqués de abrir perfiles propios,  en torno a quiénes iban a responsabilizarse de ellos en cada organización, y sobre todo, a qué objetivos estratégicos de comunicación de la entidad sirve. Da la impresión de que el seguidismo modal (lo hacen todos: hay que hacerlo), afecta tanto la las redes como a otros instrumentos y herramientas de comunicación como blogs y webs. La consecuencia de implementar un  perfil sin reflexión previa puede ser que estemos  creando a las organizaciones un nuevo problema sin dar solución a ninguno.

Parece necesario que en la decisión sobre el perfil social se definan, en primer lugar los objetivos. Porque no es lo mismo que tenga una finalidad informativa, de captación, de creación de grupos de presión u opinión, de marketing… Es imprescindible, al mismo tiempo, fijar los contenidos específicos con que va a dotarse el perfil, tanto para ofrecer  claridad como diferenciación. Otra cuestión claves es fijar la responsabilidad concreta sobre el mantenimiento del perfil, y las características específicas de la persona o personas que se van a hacer cargo de la tarea.

Para las organizaciones culturales las redes sociales pueden ser una herramienta para ampliar sus formas de relación con clientes y seguidores, pero al mismo tiempo han de servir para escucharlos, para conocerlos, para atenderlos. La saturación unidireccional de información y el autismo son dos previsibles males que pueden aquejarnos. La rentabilidad solamente será una consecuencia de su interés.

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Buscando a ¿Wally?; perdón, buscando a Mecenas. El evangelio cultural del mecenazgo: dad y se os dará

Hace unas semanas hablaba del patrocinio como herramienta de financiación de la cultura y como expresión de la acción social de las empresas y de sus nuevas responsabilidades en el desarrollo cultural. Un tema estrechamente relacionado es el del mecenazgo de carácter filantrópico, que toca plantearse en un contexto de crisis, pero que es una clave estratégica para el sector, como ya lo es en otros muchos países.

El incremento de la participación financiera desinteresada en proyectos culturales –teatros, orquestas, museos, producciones escénicas, danza…- por parte de empresas, instituciones privadas y ciudadanos filántropos es una contribución de primer orden a la articulación de la sociedad, a su desarrollo por la vía del incremento de los niveles de formación y de cultura y de consumo de arte. Que es posible, es decir, que la sociedad española está preparada para asumir el mensaje de que su contribución económica es necesaria, lo demuestra el amplio recorrido que en este sentido llevan hecho las ONGs de solidaridad y cooperación internacional. Eso sí, el ámbito de la cultura precisa desarrollar un mensaje propio atractivo, argumentado para recabar donaciones, y ofrecer a los contribuyentes reconocimiento y contrapartidas vinculadas a la mejora de su imagen  pública, si lo desean.

Y por otro lado, es imprescindible avanzar aceleradamente hacia unas normas fiscales que favorezcan el mecenazgo. Los incentivos fiscales españoles recogidos en la Ley actual son de los más bajos de Europa y se han mostrado insuficientes para promover la filantropía. En el último número de la revista Ópera actual, David Camps, director de Mecenazgo y Comercial del Liceu, escribe un interesante artículo sobre este asunto, en el que resalta el positivo efecto que la reforma de la ley en Francia tuvo sobre el mecenazgo cultural.

Por su importancia, por su repercusión, éste no es, no debe ser, un tema que los diversos agentes del sector cultural aborden exclusivamente cada uno con sus propias fuerzas y habilidades. La reforma de la Ley es una cuestión que compete al conjunto del sector y que debe ser planteada unificadamente al gobierno y al parlamento. Ya. En un momento histórico en el que el dinero público se retrae de la acción social y cultural, dar protagonismo a quienes desde la sociedad civil estén dispuestos a aportar fondos a la cultura y a la acción social es una tarea urgente e imprescindible.

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¿Una buena idea, o un buen titular?

Este post es una mini reflexión veraniega en torno a un titular de ayer de El País, edición del País Vasco, que recoge una ¿propuesta? del alcalde Odón Elorza tras la celebración de las fiestas donostiarras. Inevitable decir que me encuentro aquí pasando unos días maravillosos de sol, mar, familia y fiestas. El titular reza así: “Elorza insta a una reflexión ciudadana para mejorar la Semana Grande.” Es magnífica la idea, de hecho debería aplicarse –no como idea sino como ejercicio práctico- para solicitar opinión a los ciudadanos sobre todas las fiestas. Qué digo sobre las fiestas, habría que aplicarla a toda la política municipal. Qué digo, en realidad habría que emplearla… sí, en toda la acción pública, que no debería ser sometida a consulta a escrutinio únicamente cada cuatro años. Los ciudadanos tienen, tenemos, mucho que decir del día a día a nuestros gestores. Algunos hasta puede que tengan propuestas de interés que ofrecer o compartir. Tan solo hay que bajar un poco a la calle, ofrecer espacios de participación y, lo más difícil, escuchar a otros. Tres cosas que configuran una compleja ginkana para la mayoría de los políticos. ¿Una buena idea, Odón, o un buen titular?

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Atención, riesgo de deslumbramiento: arquitectura cultural

El Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer prepara su próximo funcionamiento. Avilés sigue la larga estela en España de ciudades que han optado por hacer de la arquitectura cultural un terreno de renovación y de recuperación de zonas urbanas. El éxito de Bilbao es sin duda un estímulo y una referencia que muestra el importante impulso económico que produce la cultura cuando se aborda con ambición. Sin embargo es necesaria una llamada de atención, una prevención no menor. La cultura necesita equipamientos cada vez mejor dotados, y aquellos más valiosos desde el punto de vista arquitectónico pueden jugar un papel extraordinariamente positivo en la dinamización del entorno, pero es imprescindible dotarlos al mismo tiempo de los medios humanos y los presupuestos suficientes que permitan un uso adecuado al servicio de la mejora cultural de los ciudadanos a los que sirve. Son ya demasiados los edificios creados en estos últimos veinte años que teniendo una enorme calidad constructiva y medios técnicos están faltos de medios económicos y de personal que los ponga en valor. Construcciones admirables a menudo escasas de contenidos y en las que la política cultural es la gran ausente.

Hay que pasar decididamente de la fase de construcción a la fase de intervención cultural. Cuesta dinero y sobre todo reclama la definición de políticas culturales específicas. Exige no solo la decisión de levantar edificios culturales que pervivan en la historia local, sino, sobre todo, ponerlos al servicio de los ciudadanos. Que los vecinos abran desmesuradamente los ojos ante un magnífico edificio es cuestión de dinero y de gusto estético. Que hagan suyos los edificios para vivir y hacer cultura, para protagonizarla, es una tarea mucho más difícil. Más cotidiana.

Bienvenido, Centro Niemeyer. Alerta, Centro Niemeyer.

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Consolidar el tejido cultural

Recibo información de un encuentro en torno a “La cooperación como alternativa a la crisis económica en el sector de las artes escénicas”, que organiza Convivencia Pirineos, y que tendrá lugar en el marco de la Feria Internacional de Teatro y Danza de Huesca del 27 al 29 de septiembre. El asunto me parece sugerente y muy oportuno, y además participan buenos conocedores del tema de ambos lados de los Pirineos, entre ellos José Luis Melendo y Javier Brun. Coincide con una de las preocupaciones que en mi opinión debe estar entre las primeras de las empresas culturales españolas: la de hacer frente a la actual encrucijada tomando las decisiones más adecuadas para salir fortalecidas tras la crisis. Consolidar el tejido empresarial, que a eso  me refiero, exige a la cultura española medidas en varias direcciones fundamentales, de las que me centraré en tres.

Por una parte, la internacionalización de los productos culturales que, asentados en el segundo idioma de comunicación del mundo, pueden ocupar espacios de distribución enormes, a condición de que el proceso creativo defina, desde su inicio, productos para un mercado mucho más amplio del que el sector cultural tiene en estos momentos en la cabeza. Por otro lado, las empresas y organizaciones culturales deben atender, dedicando fuerzas y recursos específicos, a la tarea de la innovación, tanto en lo referido a los propios procesos de producción y de gestión, como a la diversificación de clientes y mercados, como a los propios productos artístico/culturales.  En tercer lugar, y aquí conecto con la información que daba pie a este post: la consolidación del sector cultural exige urgentemente fórmulas de cooperación entre empresas, compañías y organizaciones que multipliquen su fuerza y su operatividad y que les permitan plantearse retos de mayor envergadura. ¿Por qué no plantearse fusiones, Agrupaciones de Interés Económico, Uniones Temporales de Empresas…?

La cultura que emplea soportes empresariales para su funcionamiento –la mayor parte de la audiovisual, de la editorial y de las artes en vivo- no puede permanecer al margen de las preocupaciones que en este sentido tienen el resto de las empresas que se planteen sobrevivir e incluso reforzarse en y tras la crisis.

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Programa cultural, programa, programa

Programa cultural, programa, programa.

No sé si Trinidad Jiménez –a quien tengo el placer de conocer- o Tomás Gómez leen este blog. Aunque sé que algunos de sus compañeros de partido lo hacen, dudo que sigan de cerca el mundo de la cultura, sobre todo el pequeño, el que se ocupa de la gestión y la política cultural. Más o menos lo mismo pasa en los otros nidos políticos en los que se ubican los pronto candidatos a regir los destinos políticos en ayuntamientos y comunidades autónomas. Lo que ha pasado, lo que está pasando en Madrid es la más clara prueba de que lo que ocupa y preocupa a los políticos profesionales es el acceso y/o el mantenimiento en el poder. Ni una sola de las intervenciones que estos días se han producido en los medios plantean ni remotamente diferencias que tengan que ver con el programa electoral. Y así, la búsqueda de sintonía –votos- con los ciudadanos se articula en torno a las “caras” de los candidatos y sus supuestas posibilidades de triunfo. Me dirán que los contenidos vienen después, pero no. Las ideas son lo que mueve el mundo y lo que permite ilusionar e implicar a los ciudadanos. La política no es un espectáculo. Aunque lo parezca.

En las anteriores elecciones me invitaron a acudir a las presentaciones de los candidatos socialistas para la acción cultural y, como siempre acepto las invitaciones, acudí. En ambas salí antes de terminar los actos, por la apabullante carencia de programa que pudiera ilusionar a las gentes de la cultura y a los ciudadanos. Una pequeña ristra de propuestas mal hilvanadas y una catarata de críticas contra la gestión de los “otros” no bastan para generar adhesiones. Menos entusiasmos. Parece que habrá que aprovechar para que en cada comunidad autónoma, en cada ayuntamiento, el propio sector elabore una propuesta cultural y la entregue en bandeja a quienes habrían de aplicarla. Probablemente solo sirva para cohesionar al propio sector, que no es poco. Es una propuesta en la que me animo a participar.

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«Maquillar» el arte: cultura y dinero privado

Hace unos meses visité la ciudad de Venecia, esa belleza anciana, enferma y sublime. Una de las cosas que me sorprendió fue la presencia de grandes anuncios publicitarios en algunas de las edificaciones artísticas más relevantes que ocultaban con ellos sus obras de reforma y rehabilitación. De hecho, la fotografía que acompaña este post oculta el Puente de los Suspiros del Palacio Ducal con un gigantesco anuncio de Choppard.La empresa privada, cada vez más necesitada de publicitar sus mensajes en nuevos soportes, contribuía a buen precio a las obras de adecentamiento y maquillaje de la “vieja dama” de la laguna: una vez más esa pareja que relaciona desde hace siglos el dinero privado, la empresa, y la cultura. Algunas sensibilidades se sienten profundamente molestas por ello.

Probablemente sentirían todavía más que el peso de los impuestos extraordinarios, necesarios para mantener en vida el arte histórico, cayera sobre sus espaldas individualmente. Porque la parte más sensible de la sociedad exige que los bienes culturales sean cuidados y defendidos, pero probablemente el coste real de ese mantenimiento resultaría disuasorio para las arcas públicas en un mundo que cada vez mira más al futuro y menos al pasado.

El problema de fondo no es tanto que la empresa privada intervenga en la financiación de algunas políticas culturales públicas. El problema es que debe establecerse un marco preciso, legal en el que esa intervención se produzca y beneficie a las partes, a la vez que se mantiene en el puente de mando el interés público. El patrocinio, el mecenazgo dan un espacio para que el dinero privado colabore con fines públicos sociales y culturales. Dan un espacio para que mejoren la visibilidad, la imagen de las empresas a cambio de reforzar su compromiso con la comunidad.

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