Archivo de la categoría: Gestión cultural

De emociones, gestión y artísticas elecciones

No suelo llorar a menudo mientras veo o al acabar de ver un espectáculo. Lo he hecho, sobre todo, en música clásica. No sé, pero hay acordes, instrumentos determinados que llaman a la parte íntima más sensible de mi alma y la hacen derramar lágrimas tranquilas. De alegría. Por reconocerme como ser humano. Me resulta interesante comprobar que las dos últimas veces en que me ha ocurrido ha sido en dos espectáculos teatrales “aficionados”. El pasado año, un grupo de Manacor, participante en los Premios “Buero” de Teatro Joven, con una versión del Cyrano, plena de calidad. Y de verdad. Hace dos semanas con una puesta en escena, íntegra y entregada, de una de las obras menos conocidas de Paloma Pedrero, En el túnel un pájaro.

En ambas, los defectos eran aplastantemente vencidos por energías menos transitadas en el arte profesional. Energías que provienen del amor desinteresado, la entrega absoluta, el hacer bien las cosas porque eso y no otra cosa es crear, de elegir los textos en función de que mueve el alma de los dinamizadores del proyecto y no de su posible éxito. En ambas, los actores  nada más acabar la representación, reclamaban humildemente opiniones sobre su trabajo, dispuestos a crecer. ¡Cuántas veces he afirmado que los proyectos culturales han de asentarse en modelos de gestión modernos y profesionales! Pues bien, la parte artística debe asentarse en la elección de motivos –musicales, textuales…- que muevan el alma de los promotores, que la hagan transitar por las más altas cimas. Desde la humildad, desde las ganas de hacerlo cada vez mejor.

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Be water my friend. Flexibilidad para las organizaciones culturales

“Vacía tu mente. Libérate de las formas, como el agua. Pon agua en una botella y será la botella. Ponla en una tetera y será la tetera. El agua puede fluir, trepar, gotear, estrellarse o puede golpear. Sé agua, amigo.” ¿Recuerdan las palabras de Bruce Lee? Sun Tzu, estratega militar de la China clásica y autor de El arte de la guerra, manual que tanto juego da a los grandes empresarios –Botín entre ellos-, venía a decir algo muy parecido: “Igual que el agua no tiene una forma constante, no hay condiciones constantes en la guerra. Al que es capaz de conseguir la victoria modificando sus tácticas de acuerdo con la situación del enemigo, bien puede llamársele divino.” Ya, ya sé que esto no es la guerra, pero de todo se aprende, ¿no?

En esas deben andar cuantos dedican su energía personal y profesional a la acción cultural. En tiempos de conflicto es imprescindible que las organizaciones se adecuen con soltura a las condiciones impuestas, en nuestro caso las restricciones presupuestarias en cultura y la reducción, por tanto del universo de clientes institucionales y el incremento de la competencia. La supervivencia va en ello. Salirse del raíl, de los caminos trillados, la condición. Las organizaciones, los profesionales de la cultura deben tomar la forma de la situación, apoyándose en la flexibilidad, la innovación, la búsqueda de nuevas formas de encuentro con los públicos. Ser como el agua que aprende de los caminos que recorre tomando su forma. Perdonen, este post me ha dado pelín filosófico.

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ASIMÉTRICA, una consultora cultural ¡Qué bonito es nacer!

En las últimas décadas se han producido en España profundas y progresivas transformaciones en el ámbito de la Cultura, que han configurado un cada vez más rico y complejo universo de responsabilidades en la acción cultural. Un nuevo marco, en el que instituciones públicas y agentes sociales precisan de conocimiento experto y habilidades que complementen los perfiles de los cargos políticos, trabajadores y funcionarios con responsabilidades en el área de Cultura, y de los gestores de empresas y fundaciones con responsabilidades culturales. El empleo de conocimientos y recursos específicos externos puede ser una fortaleza de la que disponer, un seguro cultural que dé respaldo a las decisiones a las que habitualmente han de enfrentarse.

Tareas como la evaluación de resultados de la acción en centros culturales, el análisis de la viabilidad económica de determinados proyectos culturales, la puesta en marcha de nuevos espacios de exhibición cultural, o la relación con las audiencias, por poner algunos ejemplos, plantean ámbitos de responsabilidad en los que  es precisa la consultoría externa, con el afán de ampliar la rentabilidad, la eficiencia y la extensión de la acción cultural. Hoy, el asesoramiento cultural se muestra como una herramienta necesaria y útil puesta al servicio de la calidad de la política cultural local y de la acción cultural de otros agentes sociales. Y al servicio, al mismo tiempo, de la transparencia en la gestión, como valor añadido

Para ello nacemos, para ello nace ASIMÉTRICA, una consultora en Gestión cultural, Marketing y Audiencias, un nuevo proyecto empresarial en el que me he embarcado, asociado a Raúl Ramos, y que cuenta con otros consultores igualmente expertos y conocedores del bosque en que nos adentramos: Alicia Moreno, Javier Balsa, Bruno Fernández y David Lara. Una etapa más del Viaje a Ítaca.

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Cultura y redes sociales, 3er debate cultural…con jamón

Ayer, celebramos en nuestra sede de elmuro el tercer Debate cultural… con jamón, sobre Cultura y redes sociales. Asistieron dos docenas de gestores culturales y lo animaron dos jóvenes veteranos expertos, David de Ugarte (autor de “El poder de las redes”) y Javier Martín Balsa. Sigámosles, porque tienen mucho que decir y muy útil para quienes trabajamos en el universo de lo cultural y lo social.

Las redes son nuevos sistemas de comunicación que David denomina “distribuida”, por estar poco influida por la jerarquización, y que exigen una nueva forma de relación amistosa, de igual a igual, con las comunidades de intereses que las componen. El conocimiento de su funcionamiento, sus reglas es imprescindible para las organizaciones culturales. Como lo es cambiar el modelo de relación con nuestros compañeros de viaje –públicos, audiencias, clientes, usuarios…-, que deben pasar a ser socios a los que escuchar y a los que dar papel en la marcha de cada proyecto que les propongamos.

Lejos de considerar las redes sociales como un nuevo juguete con el que relacionarnos, hay que considerarlas un sistema de comunicación y de acción, que empleado con sabiduría puede contribuir a la transformación cultural. Con sabiduría. Sin oportunismos.

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La danza en España: a buscar nuevos rumbos (ya lo decía Tagore)

Las compañías de danza perciben el abismo, sienten que en apenas un año se ha producido un enorme retroceso en un camino apenas iniciado. Debatimos el tema sobre el escenario del patio interior de SGAE, con tres premios nacionales de danza: Mónica Runde, Teresa Nieto y Carmen Werner, después de que con su actuación cerraran el XV Ciclo SGAE de Lecturas Dramatizadas, que también incluye coreografías. Estaba presente Óscar Millares, de Fundación Autor.

Ellas –y casi todas las compañías de danza– lloraban su desencanto por el tratamiento de la danza en España. El dinero público ni está ni se le espera; los programadores contratan poquísima danza; los espectadores apenas conocen la danza contemporánea, y sin conocer mal se puede apreciar. Yo les decía que tienen que compaginar en el norte de su brújula el arte con la gestión empresarial. Que aunque sigan exigiendo atención del estado, deben poner en segundo plano a sus clientes institucionales porque el dinero público para el arte está en retroceso; que deben diversificar sus clientes buscando modelos de relación directa con ellos, bien agrupando esfuerzos y adentrándose en la gestión de un espacio propio de exhibición, bien vendiendo su arte en otros hábitats hasta ahora inexplorados. Me ofrecí a tener una sesión de reflexión sobre el particular, sobre cómo innovar el mercado de la danza desde la gestión. No son tiempos de lágrimas, aunque duela, sino de buscar nuevos rumbos. Como decía Tagore, “si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas”. Y las hay; tiene que haberlas.

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Calidad en el arte… y en la atención a los públicos

Dirigido por Alberto Fernández Torres, pensador imprescindible en el ámbito cultural, se celebró hace unos días en Almagro un Taller dentro de la Escuela de Verano de La Red de Teatros, en torno a la Calidad en las artes escénicas. El objetivo era poner en común y ofrecer a los responsables de los teatros públicos, criterios lo más objetivos posibles para la evaluación, y por lo tanto para la selección, de las obras escénicas. En la mesa estaban también, Eduardo Pérez Rasilla, Alex Ruiz Pastor, Manuel Fernández Vieites, y yo mismo. Mis compañeros hicieron una excelente aproximación a los criterios que han de ser tenidos en cuenta para valorar un espectáculo. En el fondo de este tema está la necesidad de proponer un lenguaje y un corpus de conceptos comunes al sector, como lo tienen otros ámbitos, para que pueda realizarse la tarea de evaluación lo menos subjetivamente posible. Desterrar el “me gusta o no me gusta”, que tan solo refleja el dominio de la subjetividad y el todo vale. Bien.

Alberto, con una incomprensible confianza en mis posibilidades, me encargo que toreara el miura: la calidad desde la demanda, desde los espectadores. No sé si mis conclusiones fueron del todo bien recibidas por la concurrencia. A mi modo de ver, la calidad no es el primer componente racional de los públicos de artes escénicas, aunque sí lo sea para los más aficionados. Lo que esperan y buscan la mayor parte de los espectadores es que sus expectativas se vean satisfechas, y que la experiencia sea lo más memorable posible. Y para que esto se produzca la calidad es importante, pero son decisivos valores añadidos a los que actualmente el sector no da excesiva importancia. Un espectáculo es algo más que lo que se produce en el escenario: es el viaje, la experiencia, la comodidad, el aparcamiento, la información, la atención y la sonrisa de los empleados, la comunicación previa y posterior… Y los gestores –públicos y privados- siguen demasiado preocupados por el arte y poco por los espectadores, por los públicos y por lo que ellos demandan y esperan, por tratarlos como clientes y usuarios de un servicio. Por hacer de su experiencia memoria rica.

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Poder de los técnicos o poder burocrático

La Compañía Nacional de Teatro Clásico está triste, ¿qué tendrá la CNT?  Muy sencillo, el teatro público ha vivido durante unas semanas las consecuencias de la funcionarización, de la dependencia del trabajo funcionario, irracional si es aplicado a la cultura, y a la escena en particular. Una huelga ha parado a la compañía y ha mantenido a los espectadores en ayuno. Un modelo funcionarial que permite que “trabajen” en turnos –incluidas las mañanas- cuando las representaciones son por la tarde; en el que organizar los horarios laborales es un infierno para el arte; que impide o dificulta giras por unos convenios que parecen suscritos para la minería y no para la escena.

Recuerdo una anécdota que en todos los años que llevo en la profesión más dolor me ha producido, estrechamente relacionada con este poder ejercido contra el arte. ¿O es que no hay otra manera de exigir derechos que hacer repercutir las consecuencias de las reivindicaciones en los compañeros artistas y en el público? A la anécdota. Hace casi dos años produje la ópera La Celestina, una ambiciosa producción privada liderada por la Fundación Ana María Iriarte. Era el estreno mundial de una pieza compuesta por Joaquín Nin-Culmell. La ilusión porque quedara registrada, y la incertidumbre de no saber cuándo se repetiría, nos llevó a negociar con las partes los derechos de grabación. Actores/cantantes, teatro y orquesta pronto dieron su aprobación, conscientes de la importancia de guardar memoria  de las obras de los autores españoles. Pero el coro de La Zarzuela se descolgó. Primero exigió cobrar suplementos si salían a escena. Cantaron entre cajas, claro. También exigieron cobrar aparte si se grababa, aunque sabían que nadie cobraría nada y que el beneficio de una grabación operística en España es nulo. La grabación obviamente no se pudo hacer. Se apoyaban en un convenio irracional que concede un poder sobre el arte desmesurado, de veto, a funcionarios de la voz. ¿Quién lo negoció?

Algo huele a podrido en Dinamarca, perdón en España, cuando un funcionario puede impedir que el arte sea apreciado por los ciudadanos. Algo hay que hacer para impedir desmanes que atacan al arte, y encima sin imaginación . Les aseguro que en las compañías privadas, en las que se cobra mucho menos, a ningún trabajador se le ocurriría cargar sus conflictos sobre el resto del equipo artístico, y mucho menos sobre el público. De sus problemas, que los tienen y muchos, hablaré en otro post. Ah, y si se sienten aludidos, respondan, por favor: garantizamos un muro donde colgar las opiniones.

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El Maná ya no cae del cielo

El nuevo Centro Internacional de Cultura Contemporánea de San Sebastián, denominado Tabakalera por ocupar el antiguo edificio tabaquero de la ciudad, en el barrio de Egía, recibe, como otros muchos, el castigo presupuestario que la Cultura sufre en esta crisis que han creado otros. Joxean Muñoz, su director ha dimitido por no aceptar los recortes. No es el primero que hace lo mismo en los últimos tiempos.

¿Es que no hay otra solución que recortar presupuestos en Cultura? ¿De verdad que el castigo a los ciudadanos y a sus derechos culturales es la única manera de afrontar la reducción presupuestaria? Qué falta de imaginación tienen nuestros políticos –también muchos de los gestores culturales-, y qué escasa capacidad de iniciativa la de nuestras organizaciones culturales.

Nos hemos acostumbrado de tal manera al dinero público que cuando desaparece se nos abre el infierno bajo los pies. Pues podría no ser así, claro. En mi opinión hay otra solución al menos, que además introduciría cambios estratégicos en la gestión de la cultura. Pero parte de democratizar la gestión pública de lo cultural y de dar a la sociedad civil y sus organizaciones –empresas, fundaciones, organismos culturales privados, creadores, artistas- y al tejido cultural organizado, responsabilidades concretas en la gestión de los espacios públicos para los que las instituciones han decidido cerrar el grifo.

¿De verdad que es tan difícil imaginar Tabakalera gestionada por representantes de todas esas instituciones privadas que en San Sebastián HACEN cultura cada día. Claro que la democracia tiene riesgos, pero esta fórmula permitiría llenar de contenidos un edificio con la mitad del presupuesto anual previsto (quince millones de euros). Las instituciones en este caso, solamente deberían encargarse de que en esas nuevas manos se cumplieran los fines de servicio público que tiene la cultura. Los poderes públicos como guardias de tráfico cultural. Nada más. Y nada menos.

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¡Menos Cultura que es la Guerra!

¿Os acordáis de aquella memorable escena de Los hermanos Marx en el Oeste? Pues eso, pero sin gracia alguna. El Gobierno ha decidido que contra la crisis en que nos hemos visto embarcados en buena medida por banqueros irresponsables y empresarios de construcción especuladores –y, cómo no, porque alguien muy poderoso se lo ha permitido- hay que adelgazar la administración para recortar presupuestos, también en cultura. Más madera.

Y así, la Biblioteca Nacional ha dejado de ser una dirección general y se ha suprimido la asesoría cultural en Moncloa. En el primer caso, Milagros del Corral se quejaba amargamente de ver la reducción de perfil de la BN; en el segundo, ha pagado el pato una brillante gestora cultural, Marifé de Santiago, y su equipo. Incluso los productores audiovisuales, tan bien tratados por la ministra cinemotógrafa hasta ahora, afilan sus armas ante los recortes anunicados.

De nuevo los bárbaros nos recuerdan que la cultura no es relevante en la configuración de la identidad y la historia de un país. De nuevo la cultura convertida en moneda de cambio, y además de perra gorda, para ¿mejorar? la imagen de quienes deciden en política.

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Análisis de Audiencias

Hace unos días, la tarde del último día de abril, nos reunimos en los locales de elmuro un grupo de gestores culturales preocupados por el tema de cómo saber más de los públicos, cómo conocer sus gustos, opiniones, deseos, críticas. Respondíamos a una iniciativa del inquieto Raúl Ramos que había invitado a Stuart Nicolle, de Purple 7, a presentar su empresa, dedicada precisamente al estudio y análisis de las audiencias en cultura. Allí estaban, prestos al debate y generosos en sus aportaciones José Luis Rivero, Grego Navarro, Carlos Sánchez, Rosa Molleda, Alicia Moreno, entre otros muchos. Saber, conocer es la condición sine qua non para hacer política cultural.

En España sigue siendo infrecuente la preocupación por saber de los públicos, probablemente por el desmesurado peso que tiene en la cultura el dinero público y el funcionariado. Y por el exagerado valor que las organizaciones dan a sus propios productos, de los que suelen estar enamorados ciegamente. Purple 7 evalúa e informa estadísticamente cada día para sus clientes quince millones de entradas, una información que teatros y organizaciones emplean para comunicarse con sus clientes buscando su plena satisfacción.

En nuestro país ni siquiera las empresas de ticketing se han preocupado por extraer datos de sus ventas y aportarlos para mejorar la relación con los clientes e incrementar la demanda. Pero el problema de fondo es previo: el sector, los agentes que intervienen en la creación y en la exhibición de arte en España, están poco preocupados por conocer a sus públicos. Y la preocupación por conocerlos, por comunicarse con ellos, es paso primero e imprescindible para que el sector: teatros, compañías, gestores culturales, se relacione mejor con  los públicos.

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