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La necesaria reforma empresarial

Parece que pronto habrá que volver a hablar de toros, pero hoy entrego otro post berenjenal, parece que el verano lo pide. Y esta vez desde la perspectiva de empresario del sector cultural que observa la realidad en la que su actividades se desenvuelven. Se acaba de aprobar la llamada reforma laboral, que en plena crisis económica debilita notablemente la seguridad de los trabajadores. No soy experto, así que me cuesta juzgar en profundidad la bondad de este tipo de medidas para salir de la situación actual. Lo que sí defiendo es que, en todo caso, estas normas no deberían ser estables, sino coyunturales: justo el tiempo en que la luz anuncie la salida del túnel.

Pero hay otra cuestión mucho más de fondo que no me resisto a plantear: la necesidad de una profunda reforma empresarial en España.Una parte muy relevante del empresariado necesita profundos cambios  en su formación, en sus modelos de gestión, en su responsabilidad social, en el empleo no especulativo de sus beneficios.Una parte del empresariado y la banca han salido de rositas –y con ayudas del estado- de una situación que colaboraron activamente en crear, mediante la asunción de altísimos riesgos financieros a la búsqueda de enormes beneficios, en el caso de la banca, y mediante el desenfreno especulativo en la construcción, verdadero Talón de Aquiles de la economía española, en el otro.

¿No sería conveniente introducir cautelas y normas legales que dificultaran en el futuro los desmanes de empresarios poco escrupulosos en la búsqueda de beneficios? ¿No sería conveniente que legalmente se incentivase la investigación y la innovación antes que abaratar el despido? Da la impresión de que la cuerda se rompe una vez más por el eslabón más débil sin que quienes asumen la responsabilidad de crear riqueza sean supervisados y sometidos también al imperio de leyes favorables al conjunto de la sociedad de la que obtienen la riqueza. Cuestión de poder, no de justicia.

Como empresario del sector cultural preferiría que se legislase en apoyo de medidas transformadoras de la economía en su conjunto –y la cultura se inserta en ella- tendentes a hacerla más moderna y sólida, más social, menos especulativa. En vez de centrar la supervivencia de las empresas en abaratar sus costes laborales. ¡Es tan chato el objetivo, y tan pobre el mensaje que se lanza!

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Los autores, alma de la cultura

autores, el alma de la cultura

Los derechos de autor, territorio permanente de debate en España, no tienen que ver, al menos en lo fundamental, ni con los productores ni con la SGAE: es una cuestión entre los autores y la sociedad. La defensa de los derechos del creador es reflejo de la valoración que del arte y de la cultura hacen los ciudadanos. Defenderemos a nuestros creadores si pagamos con justicia su trabajo. A diferencia de los trabajadores por cuenta ajena, los autores solo viven de sus derechos, es decir, de lo que obtengan por su trabajo creativo. Por esta razón la cultura no sólo tiene un valor estratégico para un país, sino que también tiene un precio. El que cuesta hacerla. Y todos y cada uno de los ciudadanos –y más quienes se dedican a la cultura- han de ser conscientes de que defraudar los derechos de autor es dañar el alma creadora de un país.

Lo anterior no impide que sean necesarios cambios en la ley, acomodándola en algunos aspectos a la modernidad, que hace de la reproducción y del consumo a través de Internet una parte sustancial del consumo cultural. Y se necesita, además, acortar la vida de los derechos de autor, que hoy parece excesivamente larga. Creo que ya es suficiente que los herederos en primera generación, los hijos, disfruten de los beneficios de los creadores. Pasados 30 años del fallecimiento del autor, por proponer una cifra, la mayor parte de los derechos deberían ser liberados.

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¡Que vienen los festivales!

Los festivales de verano son la cara feliz de la cultura y el arte en España. La música y el teatro disfrutan en algunos casos de apasionados amores de las instituciones y del público de los que no gozan el resto del año. Las instituciones concentran en un corto periodo de tiempo inversiones y promoción, a menudo expresando con ello su desatención estable a la acción cultural. Aprovechan, también, para con ese esfuerzo “salir” en los medios.Los públicos, que suelen acudir poco durante el año, ven en esta fórmula la oportunidad de resarcirse e incluso de ver grandes nombres, y hasta de viajar o hacer turismo.

En realidad la alta densidad de festivales es muestra de que el resto del año no hay la suficiente oferta, ni la suficiente demanda. Por decirlo de otro modo: los festivales, tal y como son concebidos en nuestro país, son la expresión de una cierta adolescencia cultural. El triunfo del ruido y la alharaca frente a la acción cultural de largo recorrido. Las plantas, las flores no crecen bien con el riego ocasional, porque requieren mimo y cuidados constantes. Y la cultura es una frágil y bella flor.

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Cultura y Coca-Cola: ¿Un extraño kalimotxo?

Llevo trabajando para Coca-Cola cinco años, como responsable, entre otras cosas, de la organización de los Premios de Teatro Joven que patrocinan y que se han convertido en referente imprescindible del teatro hecho en los centros de enseñanza y las casas de cultura de toda España. Estos días, junto a un campus para jóvenes teatreros, celebra su fase final en Madrid. Coca-Cola, liderada por Marcos de Quinto, su presidente, un hombre amante del arte, apostó en su momento por impulsar actividades culturales patrocinando ámbitos menos iluminados por el foco mediático. Con ello apoyaban a expresiones más frágiles, al tiempo que su acción era por ello más visible para el sector cultural y para la sociedad. Y así, una acción de promoción e incluso de política cultural nace de la aportación de fondos y energía de una empresa de refrescos. Bienvenida sea.

Incluso las fronteras territoriales que resultarían menos permeables a una iniciativa del gobierno central si promoviera un concurso “nacional”, resultan mucho más abiertas a una marca comercial instalada hasta en el último rincón del país. Muchos beneficios juntos; y muchos beneficiarios, pardiez. El papel del dinero privado en la cultura puede ir creciendo a medida que las instituciones reducen su presencia –no solo fruto de la coyuntura-. Las organizaciones culturales –empresas, compañías…- han de abrir sus ojos y su mente a esta nueva forma de intervención cultural que tanto puede aportar a actividades en las que la cultura está más desguarnecida. Sin miedo, con un discurso propio asentado en los valores sociales de la cultura, que otras empresas, como Coca-Cola ha demostrado, pueden compartir e incluso asumir.

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El reto de las Ayudas públicas a la Cultura

Escribo este post desde Vitoria-Gasteiz, donde me encuentro formando parte de la Comisión que estudia las ayudas públicas a proyectos artísticos y a compañías en el País Vasco. Un ejemplo muy positivo de cómo funcionan hoy los mecanismos de subvención por su seriedad y transparencia, por su búsqueda de los mejores criterios de decisión. No es lo habitual. Porque las ayudas públicas son una herramienta de la política cultural en la que deben introducirse profundas transformaciones.

Es necesario, en primer lugar, un fuerte incremento presupuestario destinado a dar verdadero valor a este instrumento de dinamización.  En segundo lugar, hay que definir los objetivos que persiguen y alejarse de su instrumentación política o al servicio de intereses menores: promover las nuevas tendencias artísticas, la innovación de las organizaciones culturales o su proyección exterior, son algunos ejemplos. Y en tercer lugar, hay que introducir cambios de fondo en los sistemas de asignación de recursos, que deben destinarse a los proyectos artísticos de más calidad, mayor índice de viabilidad y soportados por empresas y organizaciones culturales con perspectivas de futuro, salvo cuando se destinen específicamente a la nueva creación.

El doble objetivo de promover la cultura y asentar el tejido cultural –empresas, compañías, organizaciones…- hace imprescindible que se exija a los solicitantes –junto a un proyecto artístico desarrollado, no una idea- planes de comunicación, de marketing, análisis de viabilidad, presupuestos y planes de explotación reales… El avance, la consolidación de la creatividad exige que la madurez y profesionalidad de las organizaciones que la soportan vaya al mismo paso.

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To be or not to be

Hoy EL PAÍS, uno de los espejos en que se suele mirar la gente de la cultura para otear el horizonte, publica un listado de 100 ideas para salvar el estado del bienestar. Ninguna de ellas se relaciona con la cultura. El espejo dice que, a esos efectos, la cultura, simplemente no existe. Me pregunto porqué y encuentro dos claves que lo explican.

La primera, que en nuestra historia como país, nunca nadie con responsabilidad de poder ha entendido –y menos asumido- que la cultura es un bien estratégico para la sociedad. Un bien que la dota de identidad, que la sitúa en el mundo. Una sociedad en que la cultura es materia primordial de sus sueños colectivos es más libre, más solidaria, mejor. Ni ayer ni hoy los políticos trabajan por hacer de la cultura un horizonte del bienestar individual y colectivo.

La segunda clave se halla en quienes “hacen” cultura. Lo que llamamos sector cultural, y que agrupa a creadores, productores, empresarios, exhibidores –un magma literario, musical, audiovisual, museístico, escénico…- carece de identidad grupal, de sentido de pertenencia a un colectivo con una responsabilidad social verdaderamente relevante. El sector de la cultura tiene un enorme reto ante sí, definir su discurso, unas líneas comunes de intervención ante la sociedad y en la política. Constituirse en un conglomerado que tiene mucho que decir en voz alta; aunque antes debe debatir mucho y en profundidad en privado.

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Preparar el futuro, antes de que nos dé alcance

Cada mañana nuevas noticias sobre la extrema dureza de la situación económica alientan la intranquilidad y la desesperanza de los ciudadanos. Lógico, cuando los cambios en curso incrementan su inseguridad y empeoraran sus condiciones de vida y de desarrollo social. La cultura, que hasta hace apenas un año era una actividad asumida en buena medida por el estado, está siendo lanzada a la intemperie sin periodo de aclimatación previo.

Las gentes de la cultura susurran, cuando lo que deberíamos hacer es gritar. Y, sobre todo, trabajar en nuevas direcciones, más autónomas, que permitan la subsistencia del talento creativo y de las empresas que se dedican a ello. A partir de ahora serán las propias fuerzas de cada organización cultural las que garanticen su supervivencia en el medio y largo plazo. La innovación, la búsqueda de nuevos espacios de negocio basados en las propias fortalezas, el establecimiento de modelos de relación con los públicos sin intermediarios, y, sin duda, la reconversión como sector, son tareas urgentes, inmediatas. La reconversión, malhadada palabreja, que tal vez tenga el aspecto positivo de romper con la larga adolescencia/dependencia en la que una parte del sector ha/hemos vivido desde hace años. Hagámosla nosotros, siempre será mejor.

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Poder de los técnicos o poder burocrático

La Compañía Nacional de Teatro Clásico está triste, ¿qué tendrá la CNT?  Muy sencillo, el teatro público ha vivido durante unas semanas las consecuencias de la funcionarización, de la dependencia del trabajo funcionario, irracional si es aplicado a la cultura, y a la escena en particular. Una huelga ha parado a la compañía y ha mantenido a los espectadores en ayuno. Un modelo funcionarial que permite que “trabajen” en turnos –incluidas las mañanas- cuando las representaciones son por la tarde; en el que organizar los horarios laborales es un infierno para el arte; que impide o dificulta giras por unos convenios que parecen suscritos para la minería y no para la escena.

Recuerdo una anécdota que en todos los años que llevo en la profesión más dolor me ha producido, estrechamente relacionada con este poder ejercido contra el arte. ¿O es que no hay otra manera de exigir derechos que hacer repercutir las consecuencias de las reivindicaciones en los compañeros artistas y en el público? A la anécdota. Hace casi dos años produje la ópera La Celestina, una ambiciosa producción privada liderada por la Fundación Ana María Iriarte. Era el estreno mundial de una pieza compuesta por Joaquín Nin-Culmell. La ilusión porque quedara registrada, y la incertidumbre de no saber cuándo se repetiría, nos llevó a negociar con las partes los derechos de grabación. Actores/cantantes, teatro y orquesta pronto dieron su aprobación, conscientes de la importancia de guardar memoria  de las obras de los autores españoles. Pero el coro de La Zarzuela se descolgó. Primero exigió cobrar suplementos si salían a escena. Cantaron entre cajas, claro. También exigieron cobrar aparte si se grababa, aunque sabían que nadie cobraría nada y que el beneficio de una grabación operística en España es nulo. La grabación obviamente no se pudo hacer. Se apoyaban en un convenio irracional que concede un poder sobre el arte desmesurado, de veto, a funcionarios de la voz. ¿Quién lo negoció?

Algo huele a podrido en Dinamarca, perdón en España, cuando un funcionario puede impedir que el arte sea apreciado por los ciudadanos. Algo hay que hacer para impedir desmanes que atacan al arte, y encima sin imaginación . Les aseguro que en las compañías privadas, en las que se cobra mucho menos, a ningún trabajador se le ocurriría cargar sus conflictos sobre el resto del equipo artístico, y mucho menos sobre el público. De sus problemas, que los tienen y muchos, hablaré en otro post. Ah, y si se sienten aludidos, respondan, por favor: garantizamos un muro donde colgar las opiniones.

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El Maná ya no cae del cielo

El nuevo Centro Internacional de Cultura Contemporánea de San Sebastián, denominado Tabakalera por ocupar el antiguo edificio tabaquero de la ciudad, en el barrio de Egía, recibe, como otros muchos, el castigo presupuestario que la Cultura sufre en esta crisis que han creado otros. Joxean Muñoz, su director ha dimitido por no aceptar los recortes. No es el primero que hace lo mismo en los últimos tiempos.

¿Es que no hay otra solución que recortar presupuestos en Cultura? ¿De verdad que el castigo a los ciudadanos y a sus derechos culturales es la única manera de afrontar la reducción presupuestaria? Qué falta de imaginación tienen nuestros políticos –también muchos de los gestores culturales-, y qué escasa capacidad de iniciativa la de nuestras organizaciones culturales.

Nos hemos acostumbrado de tal manera al dinero público que cuando desaparece se nos abre el infierno bajo los pies. Pues podría no ser así, claro. En mi opinión hay otra solución al menos, que además introduciría cambios estratégicos en la gestión de la cultura. Pero parte de democratizar la gestión pública de lo cultural y de dar a la sociedad civil y sus organizaciones –empresas, fundaciones, organismos culturales privados, creadores, artistas- y al tejido cultural organizado, responsabilidades concretas en la gestión de los espacios públicos para los que las instituciones han decidido cerrar el grifo.

¿De verdad que es tan difícil imaginar Tabakalera gestionada por representantes de todas esas instituciones privadas que en San Sebastián HACEN cultura cada día. Claro que la democracia tiene riesgos, pero esta fórmula permitiría llenar de contenidos un edificio con la mitad del presupuesto anual previsto (quince millones de euros). Las instituciones en este caso, solamente deberían encargarse de que en esas nuevas manos se cumplieran los fines de servicio público que tiene la cultura. Los poderes públicos como guardias de tráfico cultural. Nada más. Y nada menos.

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¡Menos Cultura que es la Guerra!

¿Os acordáis de aquella memorable escena de Los hermanos Marx en el Oeste? Pues eso, pero sin gracia alguna. El Gobierno ha decidido que contra la crisis en que nos hemos visto embarcados en buena medida por banqueros irresponsables y empresarios de construcción especuladores –y, cómo no, porque alguien muy poderoso se lo ha permitido- hay que adelgazar la administración para recortar presupuestos, también en cultura. Más madera.

Y así, la Biblioteca Nacional ha dejado de ser una dirección general y se ha suprimido la asesoría cultural en Moncloa. En el primer caso, Milagros del Corral se quejaba amargamente de ver la reducción de perfil de la BN; en el segundo, ha pagado el pato una brillante gestora cultural, Marifé de Santiago, y su equipo. Incluso los productores audiovisuales, tan bien tratados por la ministra cinemotógrafa hasta ahora, afilan sus armas ante los recortes anunicados.

De nuevo los bárbaros nos recuerdan que la cultura no es relevante en la configuración de la identidad y la historia de un país. De nuevo la cultura convertida en moneda de cambio, y además de perra gorda, para ¿mejorar? la imagen de quienes deciden en política.

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