Gánsteres guisados: una receta de Karlos Arguiñano

cocinando-gánsteres

La semana pasada Carlos Arguiñano dio una receta de dignidad en su programa de cocina. En realidad, si atendemos la grabación, uno deduce entre líneas que a quien habría que cocinar es a banqueros desaprensivos, para una vez troceados y guisados, servirlos a los tiburones.

Ya, ya sé que este blog decía en su inauguración hace un par de años que su objetivo era aportar reflexión a la cultura, pero ¿quién puede hoy hablar de cultura sin mentar los antepasados de cuantos ladrones de oficio han empujado a la economía española a pedir limosna a las puertas de la catedrales europeas? Como decía el cocinero vasco, quitar dinero de educación y sanidad –y de cultura- para entregarlo para la salvación de los banqueros que nos han llevado a esta situación es un insulto. No hay que salvar los bancos, ¿por qué? Hay que salvar a los ahorradores, a los trabajadores, a los empresarios que defienden sin especular sus empresas… Pero a quienes han inflado el valor del suelo para especular, a quienes han inflado el valor de las viviendas para hipotecarlas al alza y obtener beneficios sin medida, a quienes como Tíos Gilitos sin gracia ven el mundo a través del dólar, a esos ni agua.

Cada mañana despierto con nuevos lanzazos radiofónicos que parecen perseguir la rendición psicológica incondicional de la población. Cada mañana respiro hondo antes de poner el pie en la calle y defender elmuro y Asimétrica, los dos proyectos empresariales en los que estoy volcado, los dos proyectos culturales de los que hoy vivimos ocho personas y que dan trabajo a otras cuantas. No se me ocurre nada mejor que hacer que hacer mejor cada día mi trabajo sin dejar que los agoreros y los gánsteres –gracias, Arguiñano- nos dominen con su ley seca.

Mañana volveremos a hablar de cultura. Perdonen.

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Pregunta, escucha, ¿no ves que quieren decirte algo?

Escuchar-al-publico

El arte tiene un claro déficit de comunicación con sus públicos. Tal vez el origen esté en la distancia inicial marcada por quien al crear obras para ser admiradas, se distancia y se coloca en el pedestal de la pieza creada. En su lugar. ¿Va, pues, con el papel de músico, actor,  pintores, literatos… la distancia con sus públicos? Esa actitud se ha trasladado históricamente a las organizaciones artísticas –museos, teatros, orquestas, compañías, cines…- que miraban altivamente, con displicencia autista, a quienes eran su oxígeno natural, quienes compraban entradas. Hablarles en todo caso para que “vinieran”, pero cuando acabara la cosa, que se fueran prontito. El caso es que hay poco diálogo. A los públicos se les cuenta mucho, se les pregunta poco. Incluso hay veces que si se pregunta las respuestas interesan poco. En fin.

Y la responsabilidad está en las organizaciones, que deben crear puentes y oportunidades. Hay mil oportunidades en cada ámbito: en los museos, en los teatros, en los cines, librerías, galerías… Oportunidades de conocer, de preguntar a cuantos se acercan si quieren dejarnos los datos para iniciar la relación: si quieren bailar con nosotros. Conocer, poseer los datos de la persona que aprecia el arte es el paso indispensable para comenzar la conversación con ella, que es lo importante. El pasado fin de semana, y aunque no soy amigo de los “Días de…”,  acudí a varios museos. En ninguno me pidieron los datos, ni me preguntaron a la salida qué me había parecido lo visto. Una oportunidad perdida porque ese día acudieron miles de personas para las que la ocasión era extraordinaria.

En los teatros, además de perder habitualmente esta oportunidad, se suelen desaprovechar las muchas ocasiones de encuentro para dialogar con los públicos. Sí, a veces tras la representación se debate con los actores y el director, pero ocasionalmente y de modo excepcional. ¿Porqué no presentar cada obra, aprovechando cada ocasión para aportar un pequeño valor añadido que contribuya a formar a los espectadores, a enriquecerlos? Como si, de oficio, te contaran cosas de ese cuadro maravilloso, o te introdujeran en la época antes de ver una película de tema histórico. Ayer hablaba de esto en Barcelona con mi amigo Quim Aloy, historiador y gestor y con Judit Figuerola, de la Oficina de Difusió Artística de la Diputación de Barcelona. Este jueves en un encuentro concertado para cientos de espectadores Quim explicará elementos de historia de la ocupación de Polonia por rusos y nazis. Y eso porque el próximo domingo esos espectadores irán a ver Nostra clase (que ya ha estado en Madrid el pasado abril), una obra teatral que aborda un durísimo y trágico episodio en 1941 en la frontera polaca. Sin duda la experiencia teatral será notablemente enriquecida. Sin duda, la exposición y el debate, harán de la ocasión una oportunidad para llevarse el alma y la inteligencia más cargada a la cama.

Situar al público en el eje de la acción, tener permanentemente en cuenta que son ellos los co-protagonistas del encuentro es la clave que permite indagar y descubrir esas muchas oportunidades que las organizaciones tenemos para conocer y dialogar con los públicos. Solamente hay que incluir en la actividad la decisión de hacerlo. Y hacerlo, claro.

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Las compañías residentes y el aceite

El concepto de residencia de compañías o de compañías residentes de teatros es un terreno de juego en el que queda mucho, muchísimo por explorar, sobre todo en estos momentos en que la situación económica pide a gritos sinergias y acuerdos que multipliquen el efecto de la actividad de teatros y compañías. La residencia consiste en que los teatros públicos acogen y financian compañías profesionales para que creen y produzcan arte escénico e interactúen con el entorno social inmediato, llenando de contenido y de sentido, y también democratizando, la pléyade de teatros y centros culturales hoy dedicados a exhibición de bajo perfil o infrautilizados. Todo ello a cambio de participar en la programación y llevar a cabo acciones pedagógicas de beneficio social. Una fórmula democratizadora y participativa. A priori, no encuentro obstáculo ni principio alguno que impida que los teatros privados participen también de esta fórmula, ni lo encuentro para que algunos centros se abran incluso a compañías neo-profesionales.

En numerosos países –Francia, Inglaterra, Estados Unidos…- la residencia de compañías es una práctica habitual orientada a extraer el máximo beneficio social de la creación, favorecer los procesos de producción artística y a las empresas y compañías que los sustentan, mejorar y descentralizar la creatividad, y ofrecer a los públicos creaciones relevantes y otros valores educativos solicitados a las compañías residentes. En España no nos es desconocido el modelo, ahora se trata de extenderlo y desarrollar sus aspectos más provechosos. Una mancha de aceite.

Manuel F. Vieites ha empleado a menudo la expresión “un teatro, una compañía”, para señalar que las residencias de compañías no se limitan a grandes ayuntamientos ni grandes teatros, sino que el concepto puede y debe aplicarse en todo el territorio, a todos los teatros y centros que dispongan de espacio adecuado, y al máximo de tejido de compañías, asociaciones y empresas que creen establemente. Los programas de compañías residentes, en realidad, se orientan a fomentar, promover y consolidar un tejido productivo –el cultural- esencial para el desarrollo de un país pero que además genera una enorme riqueza, beneficios sociales y puestos de trabajo. Por eso, el diseño y desarrollo de los programas de residencia, deben ser compartidos no solo por las áreas de cultura y educación de las instituciones sino por los de industria y trabajo, en niveles ministeriales, autonómicos y municipales.

Ando como loco dando vueltas y escribiendo sobre este tema, así que probablemente vuelva sobre él. El futuro se nos echa encima.

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Los Max y el Señor de los ombligos

La fiesta de los Max fue estupenda por el marco (qué guapo es el Price para estas cosas: hay que repetir), por el guión y la dirección (intuyo que a dos manos por esa pareja artística compuesta por Antonio Muñoz de Mesa y Olga Margallo), y por la vibrante presentación de Petra Martínez. Bien. La organización de SGAE y Fundación Autor fue espléndida y hay que felicitar al equipo de producción por este éxito.

¿El reparto de premios?: por barrios. Habrá que encontrar solución al excesivo peso de los amigos y clanes en la elección porque impide la llegada de obras o candidatos relevantes que son desplazados por el aluvión de los que votan por alguien y por todo lo que ese alguien haya hecho. Con Animalario ya sabíamos de estas cosas, pero la táctica sigue, y eso no es nada bueno para los Max. Ni para el teatro. Respecto al asunto de la censura de algunos parlamentos, no he visto la retransmisión, pero por lo leído, más podríamos achacar en todo caso los resultados a impericia que a mala intención de TVE: nada se dijo allí que pusiera en riesgo la seguridad nacional. Incluso se dijeron cosas tontas que sí debieran haberse evitado a los sufridos espectadores de televisión.

Durante la Gala me surgieron varias reflexiones, dos de las cuales me gustaría compartir. La primera tiene que ver con el espíritu de queja minimoys del sector, con su chata y ombliguista mirada.  Ya dijo Petra (que se lo veía venir) que debíamos mirarnos menos el ombligo. Y eso que no dijo que los ombligos por televisión dan fatal, pero fatal, fatal. El caso es que no le hicieron caso, y el que no dedicaba el premio a una desmesurada retahíla de consanguíneos y amigos, se dedicaba a despotricar de la crisis o de los recortes. La tendencia a la endogamia, al espejito –“dime que soy la más guapa”- y al compadreo, impide que ofrezcamos a los espectadores, a los públicos, una imagen moderna, abierta, entusiasmada, feliz, positiva, brillante del teatro. Y así, el reino de los sueños queda jibarizado por el Señor de los ombligos. (Tomo la imagen de mi querido Juan Carlos Rubio)

La otra reflexión tiene que ver con la necesaria apertura de la organización de estos premios Max. Sin querer retomar hoy el debate sobre la Academia de las Artes  Escénicas, es imprescindible, mirando al futuro, la presencia en la organización de todos los sectores, desde la interpretación a la escenografía, de la producción a los técnicos. Que SGAE, cuya función primordial es la recaudación y reparto de los derechos de los autores,  asuma en solitario la representación de todos los “gremios” no es solamente un riesgo para ella, sino, sobre todo, una dificultad para conseguir la implicación de cuantos laboran en el teatro, y un obstáculo para la transparencia.

El tema es complejo, lleno de matices relacionados con los procesos de selección, votación y comunicación, pero pasada esta bien organizada edición tal vez convenga sentarse, abrir las puertas y definir un nuevo modelo de premios para el teatro que los haga más participativos más globales, más ambiciosos. El momento de cambio que vive SGAE parece facilitar que la propia sociedad de autores lidere generosamente la apertura.

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La calidad, un buen límite para la cantidad

Experincia del público

En el último post valoraba positivamente la existencia de hordas (buenas) de consumidores de artes, inexpertos pero hambrientos. Inexpertos en conocimientos profundos de la pintura, el teatro, la ópera, el cine o la literatura; hambrientos por decir que estuvieron allí, que sí, que él es quien aparece en la fotografía delante de las Meninas, que él también ha leído la última de Zafón, o de contar a los cuatro vientos que no se perdió la última Traviata.

Estoy leyendo el último libro de Vargas Llosa, tan admirado literato, autor de Travesuras de la niña mala y de otras muchas joyas. En él arremete contra estos tiempos en que las masas consumen y no degustan, y hacen ruido frente a la quietud que todo arte demanda. En el fondo, el libro -en mi opinión escaso de argumentos: léanlo, está dando que hablar sin mencionarlo incluso-, es una queja ante los efectos de la democratización del acceso al arte y la multiplicación del consumo de arte reproducible. Y sin embargo, si lo miramos con detenimiento, lo ocurrido en las últimas décadas no debe molestar a ningún experto y amante de la “alta cultura”. Hoy no hay menos personas que amen la cultura de elite, simplemente hay más gente que consume cultura superficialmente. Pero eso no es malo, al contrario. Me hace recordar aquella cerrada defensa que Antonio Banderas hizo de Santiago Segura y sus películas. Banderas decía que no se pueden hacer grandes películas y obras maestras sin industria, y que la industria se hace sobre películas que ven millones, no sobre las que ven solamente miles.

Sí, es cierto que en arte la cantidad debe tener el límite de la calidad. Que la experiencia del usuario en su contacto con el arte debe ser satisfactoria, estimulante, gratificante en sí, transformadora. Y eso requiere unas condiciones que las organizaciones culturales deben respetar y alentar. Ver obras de arte entre codazos, películas con ruidos, o teatro en asientos incómodos, por poner unos ejemplos, puede poner en riesgo e incluso destruir la experiencia, y expulsar al usuario a otros espacios de ocio más amables; o más lógicos.

La cantidad debe relacionarse con la calidad y con la segmentación de públicos. Y las organizaciones artísticas –museos, teatros, auditorios, galerías…- han de poner esos criterios en función de su misión, de su razón de ser, que es notablemente diferente en cada uno de los casos. Vamos, que la captación de recursos, la financiación, no debe impedir una atención adecuada y segmentada que proporcione una satisfacción adecuada e individual a cada uno de los espectadores y usuarios en cada uno de sus momentos de relación con el arte. Si no es así, probablemente las organizaciones sobrevivan, pero a costa de maltratar e incluso echar a sus usuarios. También a los mejores. Mal rollito.

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Surfeando por el museo del Louvre

La pasada semana estuve tres maravillosos y breves días en París. En el Louvre saludé a una conocida italiana, hermana de la que vive en El Prado; bueno, intenté saludarla, pero estaba tan guapa y había tantísima gente queriendo verla, incluso cámara en ristre, que por mi parte opté por fotografiar a la multitud. Esa era la que me pareció la imagen fetén: cientos de personas empujándose para malver a La Gioconda y retratarla. Cientos de personas que necesitaban contar y demostrar más tarde que estuvieron allí, en una expresión de apropiación democrática del “halo” de la obra de arte. Entendí perfectamente el porqué de su sonrisa. Entendí el nuevo concepto apropiador del arte en la época de su reproductibilidad del que hablaba Walter Benjamin, que elude y olvida el trabajo originario y pone en primer plano sus valores añadidos, a menudo bastardos o al menos externamente devenidos.

Recordé también que Alessandro Baricco en su libro Los bárbaros, ensayo sobre la mutación, nos adelanta pedagógicamente la dirección de la relación entre las masas y la cultura hacia el modelo del surfista que cabalga de una a otra ola por su mera superficie, sin ocuparse del fascinante universo subacuático. Mario Vargas Llosa aborda críticamente ese nuevo escenario en su recién nacido libro La civilización del espectáculo. Hablaremos de él. Interesante en este sentido, también, uno de los últimos post de Estrella de Diego, titulado ¿A alguien le importa de verdad la cultura?

Hoy, con mirada empática, pienso que es hermoso y bueno que el arte genere muchos entusiastas, al igual que es fantástico que muchos aprecien el buen vino, los buenos libros o las comidas mejores. Aunque todos esos entusiasmos no respondan a conocimientos profundos. El hecho de que una pasión se oriente al arte la hace más bella como gesto de humanidad, como manifestación de la trascendencia del ser humano.

Pero la pregunta es si los museos, los productores y exhibidores de arte, deben priorizar el encuentro artístico de calidad que busque lo sublime o el encuentro debe estar supeditado al crecimiento numérico de usuarios y a la máxima rentabilidad que pueda extraerse de ellos, cosa que pasa, probablemente, por colas, griteríos y empujones. Dependiendo de la opción prioritaria por la que se opte y de los límites que se marquen en esa relación, podrán introducirse derivadas que favorezcan que los espectadores –los públicos- sean más y más conscientes y disfrutadores en cada encuentro, y su alma se enriquezca más y más. O no.

La pregunta es si en el fondo esta situación –que por otro lado no es nada novedosa: expertos conocedores y degustadores por un lado y masas desconocedoras pero simpatizantes por otro- no es una nueva forma, aparentemente más democrática, de estratificación cultural, de expresión de poder de las élites que señalan qué debe ser consumido masivamente, y a qué ritmo.

Cosas de la vida, esta misma semana estuve en El Prado, en una visita privada que debo agradecer a una invitación de Coca-Cola y su Instituto de la felicidad. Otra experiencia de la que inevitablemente tengo que hablar en próximos días por su relación con este post.

Nos vemos. Ah, y disculpas por el inusual tamaño de este post.

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Ceder la Bastilla cultural a los ciudadanos

Llevo unas semanas conviviendo con el día a día del  Conde-Duque, un macro espacio cultural del ayuntamiento de Madrid. Teatro del Alma, de cuya producción ejecutiva nos encargamos en elmuro, exhibe allí una obra excelente, En La Otra Habitación, de Paloma Pedrero, finalista de los premios Valle Inclán que se fallan el próximo 23 de abril.

El Conde-Duque lo forman miles de metros cuadrados para salas de exposiciones, reuniones, ensayos, encuentro, biblioteca, auditorio, sala de teatro… todo ello –y mucho más- en perfecto estado de uso, si exceptuamos un reaccionario ataque de polillas que trae a mal traer al precioso suelo de madera. Lo malo es que el ayuntamiento carece de fondos para llenar de contenidos tanta pared, tanta sala, tanto aire. ¿Qué hacer con esos ejemplos –¡hay tantos!- de gigantescos espacios en cuya reforma y adecuación para fines culturales se han invertido tantos millones de euros?

En mi opinión hay que huir de soluciones que únicamente tengan que ver con el dinero, por eso cualquier propuesta estratégica de uso pasa por establecer innovadores modelos de gestión. Y abrir las puertas es una de las soluciones. ¿Cuántas organizaciones culturales profesionales estarían dispuestas a asumir la gestión, solas o en uniones temporales, e intentar convertirlos en polos de referencia creativa y de encuentro ciudadano?

Sigamos esta cadena de premisas para ver si la conclusión final es correcta: La creatividad escénica, musical, artística y audiovisual atraviesa un gran momento; los creadores necesitan confrontar con los públicos su arte; las organizaciones culturales –compañías, fundaciones, empresas…- tienen experiencia organizativa y de gestión; los espacios públicos carecen de dinero suficiente para ponerlos adecuadamente en valor…

Conclusión: hagamos un cóctel en el que los responsables políticos establezcan las reglas de funcionamiento, los objetivos estratégicos, de acuerdo con la política cultural para cuya ejecución han sido elegidos. Y luego definan fórmulas de cesión y de gestión transparente, en cuya aplicación concreta asuman responsabilidades las organizaciones culturales.

Ya, que vaya riesgo. Me parece que el riesgo del cambio es mucho menor que el de no acometerlo.

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Do it yourself…, if you are small

Creo que los momentos que vive la sociedad española, y su tejido cultural en particular, obligan a las organizaciones y a cuantos amamos el arte a reconvertirnos, a ponernos el salacot y explorar tierras incógnitas, a hacernos versátiles ornitorrincos, a agrupar fuerzas y promover asociaciones que multipliquen la energía, a arriesgar, a vivir para vivir.  Tal vez por eso Asimétrica y elmuro, hemos decidido aunar esfuerzos y lanzar emprendecultura 2012,  un proyecto conjunto orientado a servir de apoyo a las organizaciones y los nuevos proyectos que lo necesiten. La primera propuesta de emprendecultura son unos Talleres de Marketing Cultural para emprendedores y pequeñas organizaciones culturales, que se celebrarán entre abril y junio de este año en la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid.

En el nuevo escenario en el que las organizaciones culturales están desarrollando su labor, la búsqueda de la eficiencia y la autogestión de recursos limitados son principios que inspiran su día a día. Y es que es más fácil mantener el nivel de creatividad si quienes quieren desarrollarla disponen de herramientas de gestión y comunicación que les hagan lo menos dependientes posible: los elementos esenciales del marketing digital al servicio de la creación de emprendedores y de pequeñas organizaciones culturales.

Los talleres para emprendedores y pequeñas organizaciones culturales, promovidos por emprendecultura, ofrecen herramientas tecnológicas y conocimientos prácticos aplicables de modo inmediato relacionados con el marketing cultural y digital: manejo de redes sociales, Mailchimp, posicionamiento en los motores de búsqueda, WordPress como gestor de contenidos, Google analytics, organización de eventos on line y autoedición de pequeños vídeos.

Cada taller ofrece un máximo de 26 plazas,  y están organizados en dos sesiones, una de cuatro horas y una segunda, de revisión práctica y resolución de problemas, que se celebrará un mes después. Los profesores serán Javier Martín Balsa, consultor senior de asimétrica, María Casado, Directora de Cuentas de Amiando y el realizador Flavio G. García.

Emprendecultura ofrece un total de 60 becas que gestionan diversas instituciones asociadas al proyecto: Universidad Carlos III, ICCMU, La Red de teatros, Cultunet, Fundación Autor, Laboratorio de Públicos del Ministerio de Cultura…

Una de esas iniciativas que esperas que sea útil a las gentes que sueñan y crean y que necesitan herramientas para que sus sueños vuelen alto.

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Escrito desde la vorágine

Ando de un lado para otro empujando proyectos y realidades que necesitan nuevos impulsos. Entre los proyectos destaca emprendecultura, una propuesta formativa en marketing digital para emprendedores en la que nos hemos embarcado de la mano elmuro y ASIMETRICA para apoyar la imprescindible autogestión de las pequeñas organizaciones culturales. Entre las realidades, los Premios Buero de Teatro Joven impulsados por Coca-Cola, tan exigentes siempre por primavera y siempre con novedades; y el reestreno de En La Otra Habitación, de Paloma Pedrero, primero en Tribueñe y a partir del 27 de marzo, en el Teatro Conde Duque. No nos aburrimos, la verdad.

Pero no era de esto de lo que quería hablar, claro. Esto simplemente explica el que haya tardado en volver a colgar un post de mi ventana digital. Lo que  quería comentar es que ayer hubo un encuentro de gestores en Madrid organizado por AGETEC y coordinado por Jaume Colomer, sobre la cooperación público privada en artes escénicas en relación a la exhibición y a los públicos. Un encuentro necesario para ir avanzando en ese reto que es constituir el sector cultural en grupo de presión, con personalidad, fuerza y objetivos que plantear a los políticos. Tras la mesa en que participé, junto a Fátima Anllo, Lluis Bonet y Adriana Moscoso, el debate derivó hacia la necesidad de cambiar los grandes ejes de la gestión pública y la financiación de la cultura. One more time no pofavó. En mi opinión las tareas urgentes, impostergables, de las organizaciones culturales son cambiar lo que ellas mismas pueden cambiar, lo que gentes que trabajan en el sector tienen en sus propias manos cambiar. Y, desgraciadamente, para grandes transformaciones en las que precisemos acuerdos parlamentarios o de gobierno, carecemos hoy de fuerza e incluso de programas.

¿Qué es entonces lo que debemos abordar? A mí me parece que lo más perentorio es mejorar y privilegiar las relaciones con los públicos de la cultura. Son ellos, en estos momentos de retroceso de la financiación pública, los que pueden dar soporte a la producción y a la exhibición artísticas. Mejorar la relación quiere decir, escuchar sus opiniones y necesidades, quiere decir conocerlos, incluso individualmente, apoyándonos para ello incluso en la tecnología que el marketing pone en nuestras manos, ticketing y CRM incluidos. Solamente conociendo a nuestros públicos podemos ofrecerles aquello que buscan y hacer de su encuentro con el arte una experiencia emocional, un viaje de calidad que debe aspirar a lo inolvidable.

Los gestores tienen, tenemos, mucho que aprender para avanzar en esta senda del conocimiento de nuestros usuarios; pero debemos hacerlo desde la humildad de aceptar que estamos a su servicio y no al revés.

En realidad, y como suele decir Roger Tomlinson, en esta cuestión tan solo se trata de responder acertadamente a una pregunta: ¿Cómo quieres que sea la relación con tus públicos, anónima o personal?

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¡Abre la muralla! Mujeres y arte; teatro y género

La creación artística hecha por mujeres, aún siendo tan relevante, está sometida hoy –y probablemente todavía por largo tiempo- al modelo masculino de creación. En consecuencia, dispondrá de menor presencia y reconocimiento sociales. El modelo masculino se relaciona con el poder, con el tipo de temas y conflictos que aborda (casi siempre “públicos”, “intelectuales” o “importantes”), con lo que hay que hacer para ser acogido en los cenáculos donde se toman las decisiones. Lejos, en fin, del modelo diferencial de las mujeres, que busca dimensiones, temas y conflictos más humanos, a veces íntimos, siempre con las personas en primer plano.

Nadie piensa, o al menos defiende, que el arte tenga género, es decir que por el hecho de ser hombre o mujer se sea mejor o peor artista. Nadie lo dice pero, como decía mi madre: nadie ha robado el burro pero el burro no aparece. O, por decirlo de otro modo, las mujeres siguen representando una exigua minoría en el arte. Y es que la toma de decisiones y la capacidad de influencia sigue mayoritariamente en manos de hombres: críticos, estudiosos, académicos, productores, conservadores, directores…

Lo verdaderamente importante y negativo de esta situación es que la mirada artística de la mitad de la población no está bien representada en los circuitos, en los museos y galerías, en los teatros… Nos es hurtada al resto. Las mujeres, la sal de la tierra (¿recuerdan esa impresionante película?), pueden regalarnos menos su forma de ver y entender el mundo; y con ello también se aminora su capacidad de transformar la realidad.

Lejos de las recientes polémicas sobre el lenguaje sexista –porque lo importante es lo que ocurre en el interior de los hablantes, en sus domicilios, en sus lechos, en los cuartos de planchar…- un día como el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, sigue teniendo sentido para el arte. En este mes de marzo, que tantas y tantas actividades se programarán en torno a este tema, Teatro del Alma también participa. La compañía de Paloma Pedrero, de cuya producción nos encargamos en elmuro, trae a Madrid –a Tribueñe y al Conde Duque- el reestreno y la temporada de En La Otra Habitación, pura esencia de mirada femenina, esa parte tan inhabitual en los escenarios.

Reivindicar la mirada de las mujeres sobre la vida es reivindicar la diferencia, no la igualdad. Los seres humanos debemos ser iguales en derechos. En el arte es la diferencia, la originalidad, la verdadera aportación.  Y en esto no puede haber neutralidad ni simpatías de género. Aristocracia en el arte, pero aristocracia abierta de par en par a las mujeres creadoras.

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