Muchos visitantes, qué bien. Pero, ¿sabemos algo más?

Las dos noticias culturales de la pasada semana han sido la desaparición de la Dirección General del Libro y la cifra de visitantes de los tres principales museos de Madrid. De la primera, veremos las consecuencias en los próximos meses. Agrupar el Libro a Industrias Culturales parece una buena idea; separarlo de Bibliotecas, un riesgo. Veremos pues.

La otra es una noticia relevante. Entre el Thyssen, el Prado y el Reina Sofía (perdonen que ahorre en los tres la palabra museo) han alcanzado en el pasado año la cifra record de siete millones de visitantes, 800.000 más que en el año precedente, un incremento cercano al 20%. Si sumamos otros centros expositivos del eje Prado-Recoletos (CaixaForum, Fundación Mapfre…) las cifras se acercan a los diez millones de visitantes, solamente en Madrid. Bien, bravo. Cierto que todavía se encuentran a distancia de las del Louvre (8,5 millones), el British Museum (5,5 millones), el Metropolitan de New York (4,4 millones), o la National Gallery  y la Tate Modern (cada una 4,8 millones), pero es evidente que la evolución orienta el futuro hacia la equiparación con ellas. Sin duda, la calidad de la oferta y del servicio cultural atrae y seduce a nacionales y extranjeros.

La noticia ilustra el discurso de quienes afirman –afirmamos- el valor estratégico de la cultura en España, con las dos grandes ciudades de referencia, Madrid y Barcelona, al frente.

La cruz de la noticia tiene que ver con la “calidad” de las cifras. Si desconocemos lo que hay detrás de ellas, difícilmente podremos hacer una buena política de públicos. Conocerlos, segmentarlos, ofrecer precios, servicios y contenidos adecuados a cada uno de ellos, conocer sus opiniones una vez acabada la visita, recoger su juicio sobre la experiencia artística y emocional vivida…, es absolutamente imprescindible para conocer la opinión de fondo de los clientes y con ello mejorar aquellos aspectos de la gestión que permitirán en el futuro satisfacer mejor las expectativas generadas.

El eje cultural artístico creado en los últimos veinte años en torno al Paseo del Prado y sus alrededores es la demostración palpable del poderoso y positivo efecto de la pareja arte/urbanismo. Las sinergias de las administraciones e instituciones públicas y privadas que se han conjugado en él muestran las enormes posibilidades que tienen cuando se asocian sin celos ni conflictos.

Un ejemplo de lo que la cultura aporta a nuestro país, a sus ciudadanos, a sus visitantes, a su economía. Un ejemplo de lo que nuestro país puede hacer en favor la cultura.

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El riesgo de errar frente a la seguridad de ser herrado

El KIT de supervivencia elmuro de 2012 está dando mucho juego posterior. El envío, a propuesta de mi buen Pedro Antonio García, a varios de sus amigos (muchos vinculados al marketing) ha generado respuestas verdaderamente hermosas y estimulantes. Uno de ellos, Alberto de Zunzunegui, ponía en valor los errores cometidos en la acción, a través de una frase de su padre que criticaba a cuantos en plena crisis se quedaban quietecitos, colgados del Virgencita que me quede como estoy. La frase (perdón por darle publicidad, Alberto) decía así: “Es el momento de equivocarse por hacer y no por no hacer”.

Vamos, que viva el error, que coleccionemos errores, que compitamos en ver quién se equivoca más…, siempre que sea consecuencia de la exploración, del viaje, de la asunción de riesgos, de emprender caminos poco o nada transitados, de la búsqueda de soluciones, y no de la renuncia a buscarlas.

La cultura es, por esencia, ese territorio en el que podemos jugar a descubrir nuevos terrenos de juego, de relación con los públicos, de innovación de contenidos, de riesgo en las propuestas, de modelos diferentes de gestión… Porque la cultura y sus organizaciones no solamente expresan lo que las sociedades hacen, sino lo que sus líderes y vanguardias apuntando al futuro proponen a los demás hacer.

La tendencia que nos consume en  España es el “funcionarismo”, la tendencia a que el culo nos engorde sobre el asiento. Sobrevive la cultura antropológico/laboral de ingresar en una empresa –mejor en un ministerio- y seguir en ella el resto de los trienios, sin crecer, menguando poco a poco. El influjo Bartleby.

Las organizaciones culturales tenemos que echarnos a las espaldas el liderazgo de la innovación, del riesgo, del error salvífico, y contaminar con ello en lo posible al resto. Sea.

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Líneas rojas en Cultura. 2. O la Cultura no es lastre.

Ya sé que defender hoy que la Cultura no debe ver reducida su posición en la política del Estado y en los presupuestos que las instituciones públicas le dedican, es poco correcto políticamente. Hoy, lo que ha conseguido la chatísima estrategia psicológica de reajuste –sin inversión- a lo Merkel es que pongamos la mano gustosamente para que nos la corten. O que consideremos la cultura como lastre a echar por la borda. Estoy viendo las sonrisas de los banqueros, especuladores y sinvergüenzas que la han provocado y a los que su penosa hazaña les va a salir “de gratis”, como dice un amigo mío de Vallecas.

Pues no, en Cultura –y en otras áreas- hay que decir que no. Que la Cultura cohesiona a la sociedad, integra las diferencias, reduce las barreras, hace patria, o estado o ciudadanía. Que no es lo mismo una sociedad que dispone de acceso a la cultura que otra a la que se le reduce o se le niega. La Cultura, además, tiene un relevante peso económico y productico, más y más creciente.

Lo he dicho en muchos post anteriores, ESPAÑA ES CULTURA. Somos percibidos por ella. Es su marca. Quiero decir que si tiene un lugar diferencial en el mundo, ese lugar tiene que ver con la cultura: la lengua, el patrimonio, la literatura, el arte… Y, extensamente, la gastronomía, el ocio, el sol y las bellas y diversas costumbres que nos unen (por cierto, toros y flamenco incluidos). Todo ello configura nuestra peculiar fortaleza en un mundo competitivo en el que es imprescindible diferenciarse  y reforzar aquello en que somos mejores. Así que, líneas rojas en cultura. ¿Cuáles? Ahí van algunas.

La primera,  la acción cultural exterior, es decir, nuestra presencia cultural en el mundo, con su buque insignia, el Instituto Cervantes. Disponer de la segunda lengua de relación del mundo es un capital de inapreciable valor que es obligatorio impulsar, en el que es imprescindible invertir más. No solamente es preciso no reducir presupuestos para todo cuanto impulse la presencia de la cultura y la lengua en el mundo; es necesario incrementar notablemente las partidas dedicadas a esa estratégica tarea.

La segunda, el patrimonio –pictórico y museístico, histórico…– que figura entre los más valiosos del mundo y que genera riqueza (dinero, puestos de trabajo, posicionamiento en el mundo…), fruto principalmente del turismo que lo aprecia y que nos visita para conocer la cultura y tradiciones –entendidas ampliamente- de nuestro país. No vale no tocarlo: hay que apoyarlo con dinero y leyes que permitan su proyección, su mejor puesta en valor.

La tercera, la creación y la exhibición de arte. El estado no debe reducir ni un milímetro el espacio –y el dinero, la dedicación, la atención- dedicado al cine, al teatro, a la música… Todas esas artes tienen su territorio autónomo comercial en el que una parte puede y debe sobrevivir de sus propios públicos y patrocinadores, pero la innovación artística, la creación más arriesgada, la danza, el circo, el teatro para niños…, requiere en estos momentos la decidida entrega de las instituciones a la tarea de salvaguardarlo. El estado como garante de la innovación en tiempos de dificultad.

La cuarta, -y termino, que si pones muchas líneas rojas algunos políticos pueden pensar que es demasiada la tarea y que es mejor pisar raya- la defensa de la extensa red de centros públicos que en la mayor parte de ciudades y pueblos garantizan el acceso social a la cultura básica, incluidas bibliotecas. La red, construida y desarrollada a lo largo de casi treinta años, debe mantenerse íntegramente al servicio plural de los ciudadanos. Y al margen de que se opte por una fórmula de gestión en la que intervenga la iniciativa privada.

Con éstas, me conformo. Pido perdón por el tamaño de este post y prometo abreviar en el futuro.

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Líneas rojas. 1

Me gusta la carga semántica de la expresión “líneas rojas”, como frontera de lo que no se debe en ningún caso hacer. Ya, ya, yo también hubiera preferido empezar el año hablando de otras cosas, por que lo de líneas rojas, da como mal rollito. Pero manda este nuevo año que viene mal encarado.

Bien, estamos en tiempos en que alguna línea roja hay que poner, porque si no es así se corre el riesgo de que en estos tiempos de reajuste –en realidad de abaratamiento de costes- pueda suprimirse cualquier mejora que la sociedad ha logrado en estas tres últimas décadas. Me sorprende, por ejemplo, que no existan líneas rojas en sanidad, educación o investigación, y que, por lo tanto, se estén reduciendo drásticamente los presupuestos destinados a la salud, a la formación y a la investigación/innovación, vía reducción, vía privatización, vía despidos. La perspicacia estratégica de nuestros dirigentes es tan tan escasa, que no se dan cuenta -o prefieren no hacerlo- de que des-invertir en algunos aspectos que tienen que ver con la cohesión social, la formación de las futuras generaciones de españoles, o la innovación estratégica y por tanto la competitividad, es el suicidio político y muestra de ceguera absoluta.

Menos rotondas innecesarias, por favor, menos aeropuertos de usar y cerrar, menos altos cargos, menos autovías y autopistas de peaje superfluas, menos tanques… Si me apuran mucho aceptaría hasta una reforma laboral -coyuntural- con contratos de bajo perfil siempre que ello acarreara sacar a la superficie ese 25% de economía sumergida que lastra a nuestro país. Seguramente en unos años buenos que vengan podremos reducir el retraso en esas partidas. Pero el retraso producido en sanidad, educación, cultura  y en investigación, tardará décadas en poder recuperarse. Líneas rojas, pues, en esas áreas.

El próximo post irá sobre cuáles son –en mi opinión- las líneas rojas en cultura.

Hasta entonces.

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Las cosas ocurren porque alguien las hace. ¡Hagámoslas!

El día en que comenzaba el invierno, celebrábamos en nuestra sede la presentación del KIT de supervivencia elmuro para 2012. Rodeado de amigos  y amigas que no se suelen perder un encuentro entrañable en torno a un jamón ibérico, era consciente de que el mensaje central del Kit –las cosas ocurren porque alguien las hace, no porque muchos se quejen– se enfrenta a un nuevo año verdaderamente canalla. Bueno, en realidad, para canallas canallas, los especuladores, ladrillistas y financieros desaprensivos que nos han llevado a este punto de no retorno. (Ante nuestra ausencia de acción, todo hay que decirlo).

La clave para sobrevivir es, probablemente, sonreír, ya ves. Pero eso sí…. al mismo tiempo hay que mantener fuertemente apretados los dientes y empujar decididamente hacia adelante, sabiendo que cuando acabe la batalla ya no seremos iguales. En 2012, lucharemos porque hay que luchar y defender el trabajo, el talento, la empresa o la familia; pero lucharemos también porque hay la posibilidad de que con ello seamos mejores y más fuertes. El esfuerzo, el sudor y alguna arruga en el alma será el pago para competir en la carrera. Siempre ha sido así. La naturaleza y la historia están plagadas de situaciones que lo ejemplifican e ilustran.

En estos momentos también puede salir lo mejor, claro. El espíritu pionero, la innovación imaginativa, la resistencia, la solidaridad, compartir esfuerzos y éxitos, sentir el sudor ajeno como propio, sentirse parte de un río que lleva a la humanidad a lugares más dignos… son pensamientos que animan a muchas personas en los momentos difíciles.

En cultura no lo tenemos peor. Bueno, un poco. Nuestros políticos han conseguido trasladar una idea nefasta a la sociedad y la sociedad ya casi la tiene comprada: que en tiempos de crisis la cultura es un lujo prescindible. Incultos políticos y cautos ciudadanos. La cultura, el arte, la literatura, la pintura, el teatro…, alimentan el alma. Y es el alma lo que introduce esa pequeña diferencia respecto a otros seres del reino animal. Por eso es tan importante que en la confrontación que se anuncia para estos próximos años, quienes hacemos, producimos, organizamos, exhibimos cultura, lideremos las fuerzas de lo mejor, de la acción, no de la queja.

Así que en cultura, apretemos los dientes, sonriamos y tiremos adelante haciendo mejor nuestro trabajo, con más calidad, con más entusiasmo y menos exigencias. Y si es necesario, simplemente porque sí. Y, además, apoyando cuanto haya que apoyar para defender que no sean los humildes quienes paguen las culpas de algunos desaprensivos estrategas.

Por lo demás, y salvo precisamente a los canallas, deseo que al resto de los mortales nos vaya bien en este 2012, moderadamente bien, en la vida y en el trabajo.

En el próximo post tocará ya meterse con las tareas concretas que en cultura tenemos planteadas para este próximo periodo. Hasta entonces.

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Viva el Circo del Sol, a pesar de las palomitas

Estoy preparando un post de cierre de este año que tantos quebraderos ha producido en las cabezas de tantos. Pero ayer estuve viendo a Cirque du Soleil y no me resisto a decir un par de cosas.

La primera es la calidad de la experiencia artística vivida. Ni los casi cien metros que me separaban de la acción consiguieron que me despistara de lo que ocurría en el escenario, tal era la belleza, la armonía, la originalidad de lo que estaba degustando. La búsqueda de la máxima calidad artística es su sello y es un ejemplo a seguir por cuantos se dedican a la creación escénica. Rehuir la chapuza y el ombliguismo y orientar la creación a la satisfacción del espectador. Sin vergüenza.

La cruz de la estancia en el Madrid Arena, fue la sensación impuesta de ser un saco de euros del que todos querían llevarse su parte. Palomitas a 5,00 € -no había otra cosa-, y refrescos de grifo a 3,50 € son insultos a la dignidad del espectador. Que sin aportar valor añadido alguno se incremente el precio de un producto un 3.000 %, transmite el escaso respeto por quienes han pagado una media de 70,00 € por el espectáculo.

El “viaje” del espectador, y por lo tanto su nivel de satisfacción, depende no solamente de lo que ocurre en el escenario, sino de cuanto acontece a su alrededor, desde que recoge información a través de la web, hasta que llega a casa: el aparcamiento, la cena, el precio y las ofertas, la comodidad de las butacas, la atención de los empleados del teatro, los lavabos, o cómo te resuelven que se te rompa la falda.

Que seamos muchos los espectadores no es excusa. Al contrario, incrementa todavía más la obligación de las organizaciones culturales de dar un tratamiento individual y amable, de ofrecer un viaje inolvidable, sin que ninguna pequeña falla lo enturbie.

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Barcelona es bona (Medir, evaluar, mejorar)

Los Círculos de Comparación Intermunicipal (Cercles de Comparació Intermunicipals) son una iniciativa pionera de la Diputación de Barcelona, destinada a evaluar diferentes servicios, intercambiar experiencias y destacar las mejores prácticas. Hace unos días, invitado por los Círculos y por mi buen Quim Aloy (gestor cultural en la Oficina de Difusión Artística de la Diputación e historiador comprometido con la Memoria de su tierra), di una conferencia titulada “Cambios e innovación en tiempos difíciles”, a más de cien regidores y responsables de bibliotecas y teatros de Barcelona, que se habían reunido para conocer los resultados de la evaluación de sus prácticas este año, y los ejemplos en los que apoyarse para mejorarlas.

La iniciativa, que afecta a una decena de servicios –incluidos seguridad ciudadana, medio ambiente, deportes, limpieza…- consiste en afrontar la encuesta/análisis sobre aspectos relevantes de la gestión –oferta, equipamientos, asistencia, recursos…-, muchos de ellos relacionados con los públicos. La encuesta se realiza a buena parte de los municipios de más de 10.000 habitantes. Los resultados son extraordinariamente útiles no solo para cada municipio participante, que puede ver la evolución cuantitativa y cualitativa de las prácticas culturales de sus vecinos, sino que además puede establecer comparaciones extraordinariamente provechosas con los datos de otros municipios. La presentación del Círculo de Espacios Escénicos rezaba en su primera página: “Lo que no se puede medir no se puede evaluar; y lo que no se puede evaluar no se puede mejorar.” Nada puede expresar mejor y en menos palabras la trascendencia de los datos y de su análisis.

Si a ello sumamos la puesta en primer plano de aquellas buenas prácticas que han servido para mejorar los resultados –incrementar la participación, la eficiencia, los índices de lectura o asistencia…- , estos círculos se convierten en una especie de escuela que estimula y promueve la mejora continua de la gestión municipal; en este caso de bibliotecas y teatros.

El viaje, extraordinariamente provechoso, acabó con la visita a Ever Martín Blanchet en su Teatro Gaudí, y a Marta Bofill y Toni Bafalluy, responsables en Cobega de la marcha de los Premios Buero de Teatro Joven. Y encima compre unos cuantos libros en Medios, una estupenda librería en la que te atienden a la antigua.

Tengo que volver a esta inmensa y bella ciudad.

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Chispas de la vida para encender libros

Hay días que la Coca-Cola –sola o en kalimotxo- todavía me gusta más. Por ejemplo, cuando veo que apoyan alguna actividad cultural que en mi opinión merece la pena. El concurso de proyectos de animación a la lectura “María Moliner”, es una de esas discretas y poco conocidas actividades, y la demostración de lo mucho que pueden hacer juntas la iniciativa púbica y la privada, en este caso, con el Ministerio de Cultura. Esta misma semana, en Barcelona, lo hablaba con Assumpta Bailac Puigdellivol (no me resisto a citar completo tan bello apellido), la gerente de Biblioteques de Barcelona, pionera y persona de referencia en cuanto se refiera a dinamización de la lectura y gestión de espacios de lectura.

Todavía hoy, en el sector público subsisten dudas y suspicacias cuando se producen acuerdos entre empresas e instituciones para promover alguna acción que precisa apoyo privado para llevarse a cabo. Es porque todavía no hemos aceptado que la sociedad civil, esa que debe asumir cada día más responsabilidades sociales, deportivas, culturales…, está formada por personas, por organizaciones sin ánimo de lucro…, y por empresas. Y todas ellas tienen el derecho a contribuir, a aportar a la sociedad. Claro que las empresas piden a cambio algo, normalmente reconocimiento, esa comunicación que les permite asociar su imagen a causas justas, al ejercicio de la Responsabilidad Social Corporativa. Pero, lejos de que ello suponga algo malo o negativo, hay que considerarlo algo que la sociedad ha logrado: que las empresas adquieran conciencia de que tienen que devolver algo a la sociedad una parte de sus beneficios.

Coca-Cola, lo he dicho multitud de veces en voz alta porque conozco bien sus prácticas en España, y porque organizo para ellos los Premios Buero de Teatro Joven, es un ejemplo en el que bien podrían mirarse muchas de las empresas con altos niveles de beneficios. Gracias a este tipo de colaboración, bibliotecas que llevan una estupenda labor silenciosa de apoyo a la lectura, ven recompensados sus proyectos con libros y con dinero. Esta vez, las de Tuéjar (Valencia), Pozoblanco (Córdoba) y Oleiros (A Coruña). Los tiempos piden colaboración de todos y de absolutamente todas las energías que quieran aportar algo a la Cultura. Más cuando los responsables políticos anuncias recortes sin freno.

Nota: El próximo post tratará de la experiencia de los Círculos de Comparación establecidos por la Diputación de Barcelona desde hace años, con los que comparan y evalúan las prácticas de cada municipio y definen las mejores prácticas.

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¿Abaratar o invertir en fracaso? A propósito de las “privatizaciones»

La situación lo acelera todo: Mariano Rajoy actúa ya de presidente de gobierno sin siquiera haberse reunido las Cortes generales. Ver para creer. La parte buena es que como la situación lo exige, da gusto verle trabajar aunque les cuente a otros y fuera lo que no nos contó a nosotros en casa.

Pero a lo nuestro, a la cultura. Releo el programa electoral del Partido Popular y dado que todo él rezuma el aroma de la ausencia de compromiso y de la inconcreción, encuentro muchos aspectos en los que exigir medidas y aclaraciones urgentes. Hoy me quedo con la necesidad imperiosa de llenar de carne el décimo punto, que reza así: “Diseñaremos, en colaboración con la iniciativa privada, políticas realistas y efectivas que garanticen la sostenibilidad de los numerosos equipamientos culturales distribuidos por toda la geografía nacional.” Si no entiendo mal, quiere decir que procederán a privatizar la gestión de teatros, auditorios y centros culturales. Soy de quienes piensa que la sociedad civil –asociaciones, ciudadanos, empresas…- ha de entrar en la gestión de lo público para democratizarla y abrirla a la sociedad, pero con la misma vehemencia defiendo que su entrada no debe estar al servicio exclusivo de abaratar costes, sino de mejorar la gestión y hacerla más satisfactoria para los públicos. Y sobre que ese sea el objetivo del PP –o del PSOE, cuidado- ya tengo muchas más dudas. Desfuncionarizar y reducir presupuestos puede aligerar el déficit de las instituciones, pero si a cambio se empobrecen los servicios y la calidad habremos hecho un flaquísimo servicio a la tarea constitucional de promover la cultura, que no es otra cosa que promover mejores ciudadanos. Abaratar, simplemente, es una de las mejores maneras de invertir en fracaso.

Por eso es el momento de recordar el tratamiento que la Constitución da a la cultura, y de pedir al PP que perfile y llene de contenidos su impreciso programa, y que para hacerlo escuche cuanto desde el sector podemos decirle. Sería una muestra de buena voluntad.

Ah, y transparencia, por favor.

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Po favó: una ley de financiación para el arte y la cultura…, ya (A propósito del puente de los Suspiros)

¿Por qué cuesta tanto aceptar el patrocinio artístico del arte y la cultura? No hablo de aceptar el dinero, que para eso teatros, museos, editoriales u orquestas siempre están prestos. Me refiero a aceptar el patrocinio, un modelo de financiación del que las dos partes han de sacar beneficios. En realidad lo que a una parte considerable de la sociedad le cuesta aceptar es la contrapartida, es decir, el beneficio publicitario del patrocinador. Porque todo el mundo estaría encantado de que empresas y fundaciones pagaran de su bolsillo las abundantes áreas desguarnecidas en estos tiempos invernales para la financiación de la cultura… a cambio de nada. Chit, chit, chit…, eso no está nada bien.

El maravilloso puente de los Suspiros, en Venecia, acaba de terminar su restauración: 3.000.000,00 de euros pagados por varias empresas (probablemente deberían haber pagado más). Durante los tres años de obras, diversos anuncios han cubierto los andamios que ocultaban la parafernalia albañileril. La comuna de Venecia no habría podido acometer esas obras –ni otras muchas pendientes- sin las aportaciones privadas, y sin embargo amplios sectores sienten como si se ensuciara el arte al ser tocado por los dineros de empresarios. Curioso, cuando ese es el modelo existente en la historia de la humanidad hasta bien avanzado el siglo XIX, momento en que los estados asumen en Europa una parte de las responsabilidades del cuidado del arte público.

Vendrán de nuevo tiempos en que el estado asuma sus responsabilidades en nombre de todos en amplios ámbitos hoy abandonados o en trance de serlo, por la malhadada crisis. Pero entre tanto, acojamos la aportación privada al arte con alegría y agradecimiento. Y con normas, claro. Porque no todo el monte debe ser orégano. Una Ley de financiación del arte y la cultura es la primera medida que ha de acometer el nuevo gobierno popular en cultura. Y hacerlo previa consulta al sector, que es el que conoce verdaderamente las necesidades de financiación.

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