Arco: o el arte de capturar piezas con máquinas… de fotografía

No suelo perderme ARCO. Y no porque me considere un entendido en arte, cosa de la que estoy realmente lejos. En realidad acudo porque mis ojos se llenan de imágenes de todo tipo que en su conjunto me permiten seguir, aunque sea someramente la evolución del arte hoy. Hace unos años, por ejemplo, resultó para mí un regalo acceder a la creación china, de la que apenas nada conocía.

También me gusta acudir porque me permite observar a la gente, a esos miles de personas que van de uno a otro stand, ya deteniéndose ya avanzando contra el reloj. Me apasiona saber lo que a otros como yo les provoca interés. Este año me ha sorprendido el papel de la fotografía en ARCO. Me explico. Había muchas fotografías y la fotografía era empleada por muchos artistas como base alterada o como técnica expresiva en sí misma. Tanta fotografía que me hizo pensar en la progresiva pérdida de peso proporcional de la pintura o que la fotografía se ha incorporado como un elemento más a la pintura. Y de ahí derivé, en una reflexión que de verdad no quiere ser pedante, a la obra de uno de mis maestros de cabecera, Walter Benjamin, que en  la primera parte del pasado siglo escribió dos obras imprescindibles relacionadas con este tema: “La obra de arte en la época de su reproductibilidad” y Pequeña historia de la fotografía.

Pero lo que verdaderamente me impactó fue la desbordante cantidad de visitantes que capturaban fotografías de las obras expuestas casi sin detenerse a verlas en directo. Como si la retina fuera incapaz de ver al apacible ritmo necesario, y la única opción fuera robar imágenes para -¿quién sabe?- verlas después en tranquilidad. Pero, obviamente, sin su autenticidad primigenia, o como decía Benjamin, sin aura.

El arte como objeto de apropiación física y no emocional, cultural. Me preocupé, no sé porqué, la verdad.

 

PD.: Mi querida Ángeles G. Sinde, anunció,  casualmente poco antes de acudir a ARCO, un Plan para las Artes Plásticas. Cuando lo lea lo comentamos, ¿vale?

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Bienvenidos a Porvenir

No sé qué me pone más, que se abra un centro de alto rendimiento dedicado a las artes escénicas o que se abra en una antigua iglesia. Harrobia Eskena es un centro de innovación impulsado por el ayuntamiento de Bilbao que gestionará Eskena, la dinámica asociación de empresas escénicas del País Vasco, y que tiene su sede en la vieja iglesia de Otxarkoaga que así se recupera. Un excelente ejemplo de las posibilidades de colaboración entre lo público y lo privado.

El objetivo central de Harrobia Eskena es que las compañías de estructura empresarial mejoren sus procesos de producción, la calidad de sus creaciones y su propia capacidad de innovación. La innovación y la transferencia de tecnología de otros ámbitos al escénico y cultural, conforman la verdadera piedra angular que permitirá al sector mantener su personalidad creativa y su aportación de valor a la sociedad en las próximas décadas. Un tema que a quien esto escribe le preocupa y le ocupa.

Solamente cabe desear dos cosas: la primera, que el funcionamiento interno esté en sintonía con la modernidad que proclama la iniciativa; la segunda, que la búsqueda de la innovación afecte no solamente al campo de la gestión y a la ruptura de las fronteras del arte, como se recoge en las  noticias, sino que se extienda a la creación de valor y a la relación con los públicos, dos elementos claves en los que en cultura podemos y debemos  liderar procesos de innovación.

Harrobia Eskena, ongi etorri, bienvenido.

PD 1.: (Harrobi: porvenir en euskera)

PD 2.: Me alegró ver en la fotografía de la firma a Pío Ortiz de Pinedo, gerente de Eskena, junto a Iñaki Azkuna, alcalde de Bilbao.

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Ángeles: dile algo a Leyre, porfa

Acordemos –con una enorme tristeza, eso sí- que en el actual gobierno la densidad de talento político no es especialmente deslumbrante. A la escasa competencia de la ministra del ramo cultural, ya mencionada en este blog en otras ocasiones (la última a propósito de la ley que lleva su apellido), se une cual elefante en cacharrería la de Sanidad. Leyre Pajín, a falta supongo de temas más relevantes a los que meter mano, dedicó una perla a la Cultura, cuando afirmó que la Ley “antitabaco” debía cumplirse también en los escenarios. La ministra daba por buena la denuncia de un espectador del musical Hair en el que se fuma (la obra va de la época hippie, como para no echar humo). La ministra sugirió que dadas las habilidades de interpretación de los actores y actrices, debían interpretar que fumaban.

Es la expresión de un radicalismo inculto y puritano, incapaz de convivir con la diferencia y los diferentes. Supongo que ni Arthur  Miller podría hacer una buena obra breve sobre este tema que de verdad no da como para la crítica  a la inquisición contenida sabiamente en Las brujas de Salem.

Ángeles, dile algo a Leyre, porfa.  Dile que el arte, y la creación, la Cultura como forma socializada de ambas, es un espacio de libertad indiscutible en democracia, y que lo más lejano de la libertad es ocultar la realidad, la diversidad.

Que sí, que Bogart fumaba en escena, pero que hacía obras de arte.

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¿Solo ante el peligro?

Segundo post consecutivo sobre el cine. Cosas que ocurren porque este sector cultural estratégico está sufriendo como pocos el cambio de paradigmas en su distribución. Así que resulta inevitable hablar de él; y más tras los Goya.

No es  lo mismo afirmar que la solución está en internet a que internet debe formar parte de la solución. Alex de la Iglesia, en su discurso en la ceremonia de los Goya, acertó de plano al colocar a los públicos como eje de la acción cultural y del arte. Porque sin tenerlos en cuenta el arte es onanismo. Y hoy, demasiados creadores, productores y exhibidores no cuentan lo suficiente con los destinatarios de sus creaciones y de su negocio.

Pero da la impresión de que el todavía presidente de la Academia no ha sacado la conclusión completa y tiende a surfear exclusivamente por la ola internetera. Claro que los modos de consumo y de relación con el arte son diferentes desde el nacimiento de internet; claro que eso afecta esencialmente al arte reproducible, entre los que la música y el cine son los más afectados. Pero el cine no solamente se consume/disfruta a través del ordenador o la televisión. O por decirlo de otro modo: los espectadores no han dado la espalda al cine porque -Alex dixit– “están mirando la pantalla del ordenador”. A pesar de la pérdida de espectadores, las salas siguen siendo un lugar de referencia en el consumo social del cine. Son la expresión de que el cine ha sido, es y puede seguir siendo un hermoso rito social. Por eso las gentes del cine, si quieren pensar en los espectadores, han de pensar en las salas. Hoy, en España, los cines son en general la ejemplificación del maltrato y de la consideración del espectador como un sujeto al que sacarle dinero. Muy mal.

Sí, Alex, pensemos en internet, no como la salvación sino como un nuevo e importante escenario para el arte y la cultura. Pero sobre todo pensemos en los públicos, porque también internet los puede maltratar, y mucho.

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Un post de cine

Al calor de los inminentes “Goya”, y al rebufo de la reciente bronca por la Ley Sinde, varios artículos abordan, al pil-pil, la difícil situación del cine español que ha sufrido en 2010 una brutal pérdida de espectadores. Le toca ahora al cine pasar por el debate que atravesó el teatro hace casi una década. Cuestión de paperas. La diferencia es que el teatro solamente puede verse en el espacio fijado para ello, en directo; en tanto que el encuentro con el cine se puede producir en la sala, a través del ordenador, en la televisión…

Isabel Coixet, en un artículo que recomiendo encarecidamente, propone hacer mejor cine para combatir la sangría y atraer a los espectadores. “Arriesgar, experimentar, explorar lo desconocido, poner lo mejor de nosotros en lo que hacemos sin tener el ojo puesto en la taquilla, el prestigio o nuestra propia vanidad es el único camino posible que se me ocurre.” En mi opinión es una perspectiva muy incompleta y por ello equivocada: centrar el problema en la producción, en la creatividad es insistir en la mirada al ombligo. La calidad es la condición necesaria, pero no suficiente. Hoy, los espectadores deciden cómo, cuándo, y dónde se produce su encuentro con el cine, el bueno y el malo. Y la tendencia mundial nos dice que las salas clásicas están dejando espacio a otras formas de encuentro, esencialmente individuales o de pequeños grupos a través del ordenador o el televisor. En casa. Y como la Lot bíblica, no podemos mirar hacia atrás. O, como dice la misma Coixet: “La nostalgia, aunque inevitable, es un error que puede costarnos la vida.”

Las salas, son una parte del mercado, del consumo de esa joya cultural que es el cine. Y si el objetivo del sector es que las salas sigan siendo espacio privilegiado para gozar colectivamente del cine, habrá que pensar en los espectadores y en porqué las abandonan. ¿De verdad nos preocupan ellos, los que pagan? ¿Les preguntamos lo que desean, su nivel de satisfacción…? ¿Tal vez el precio, tal vez los nulos valores añadidos que ofrecen las salas, tal vez el desmesurado cobro por palomitas y refrescos que hace sentirse mal a tantos espectadores…?

La solución, o al menos parte de la solución, implica poner a los espectadores en el eje de la acción. Si el sector quiere que los espectadores vuelvan a las salas habrá que tratarlos como verdaderos reyes del mambo, que es lo que son. El sector de la distribución tiene mucho que aprender. Lo primero, que en cultura somos público con opinión, espectadores, ciudadanos.

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Innovar en cultura, guauuu

Llevo unos meses estudiando lo que cae en mis manos acerca del tema “Innovación y Cultura”. Complejo asunto, pardiez, en el que tanta palabra superflua se escribe. En fin. Raúl Ramos, mi socio en ese nuevo proyecto empresarial que se llama ASIMETRICA, es un atento seguidor de la literatura sobre gestión cultural y me ha enviado un artículo de Hasan Bakhshi, director de Industrias creativas de NESTA. Una pequeña joyita que plantea con concisión la cuestión clave relacionada con la innovación en cultura, que no es otra cosa que definir de qué hablamos, qué queremos decir con el concepto “innovación”.

Bakhshi propone acotar los campos en los que ese concepto es aplicable compilando lo que las organizaciones culturales y los gestores más reflexivos vienen entendiendo, y con los que me identifico profundamente.

Podemos innovar en el arte, buscando las fronteras actuales y expandiéndolas, llevándolas más allá.

Podemos innovar en todo cuanto se relaciona con los públicos, las audiencias: ampliar la audiencia, estrechar los lazos, diversificar la audiencia.

También podemos innovar en cultura en la creación de valor: las organizaciones pueden desarrollar productos y servicios, buscando con ellos no una suma simple, sino una suma que multiplique. Y este punto es especialmente relevante en un modelo cultural como el español construido entre lo público y lo privado, y en el que las organizaciones pueden innovar creando valor a partir de objetivos que son económicos y que al mismo tiempo no lo son.

Podemos innovar en todo lo relativo a la gestión y dirección empresarial: nuevas estructuras organizativas, nuevos modelos de negocio, nuevos nichos de mercado.

La innovación no es un discurso más o menos astuto vestido de novedad. La innovación en cultura solo tiene sentido si sus aplicaciones cambian la realidad, si en los momentos de cambio consiguen aportar valor, creatividad, diferencia, más y mejor relación con sus públicos, una gestión –pública y privada- verdaderamente creativa… Si sirve, en fin, para enriquecer a la sociedad a la que sirve.

Para la cultura los procesos de innovación no son caminos sencillos, pero en lo que es imprescindible –y la innovación lo es- la dificultad es un añadido inevitable. Y hasta estimulante.

 

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Teddy Bautista y SGAE: ¿cambios de fondo?

Hace unos días Teddy Bautista, a quien aprecio como intelectual siempre abierto a novedades, presentó algunos cambios notables en SGAE, expresados como compromisos públicos. Y ya se sabe que sobre compromisos públicos es mucho más fácil reclamar y establecer seguimientos. Menciono aquí los que en mi opinión son más relevantes por tener valor estratégico. Entre estos cambios, SGAE se compromete a nombrar a un Defensor del cliente para agilizar quejas, reclamaciones o propuestas; a informar con transparencia de los sistemas de reparto de derechos; a la aprobación de un Código de Buenas Practicas en la relación con los usuarios del repertorio, y una mayor apertura de su red ARTERIA a los socios.

En el punto octavo se compromete a reducir su presión sobre los consumidores a través de internet, y a centrar sus esfuerzos en la formación y la educación acerca de los derechos de autor. Era éste el punto más urgente, actual y necesario y el que resulta más débil del Decálogo, porque sigue sin expresar que se ha entendido a fondo que el actual modelo de relación entre el autor/creador de contenidos y el consumidor de cultura a través de la red ha dinamitado el modelo anterior. Y con ello, probablemente las formas de pago por el consumo cultural, imprescindibles para el creador, pero que hoy ya deben ser diferentes. Todo debe ser replanteado sin que nada sea sagrado, salvo el principio de que todo creador ha de ser remunerado por su trabajo, si esa es su elección. SGAE, está obligada a liderar una reflexión innovadora sobre ello, porque si no los vientos de hoy serán vendaval dentro de muy poco tiempo.

Por cierto, que en este sentido se me antoja que, una vez más, la solución encontrada in extremis por los partidos políticos para salvar la llamada Ley Sinde, es un remedio temporal, tirando a chapucero, que no va a dar respuesta a los problemas planteados por esta cuestión en España. Porque no va al fondo: Internet no debe ser abordado con miedos y políticas de represión en su papel de distribuidor de cultura, sino como un nuevo socio/herramienta que abre la cultura a la sociedad y que debe generar mecanismos específicos y diferentes de pago para los creadores. Así que volveremos con más sosiego sobre ello en los próximos días.

 

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La ley del deseo

(en la foto Gerardo Vera da indicaciones a Pere Arquillué)

Sí, se trata de saber si la principal ley de la gestión cultural es el propio deseo o la satisfacción de deseos y necesidades de otros, esencialmente de los ciudadanos. A propósito de esta cuestión, hemos hablado ya en algunas ocasiones del modelo de gestión del Centro Dramático Nacional, bueno, en realidad de una parte importante de los centros públicos de referencia. Hoy vuelvo. Aseguro ante los dioses que no quería, pero una respuesta de Rodrigo García a una pregunta en la revista Teatros casi, casi lo demanda. Contesta el autor de “Gólgota Picnic”, actualmente en el María Guerrero, a la pregunta de dónde surge esta obra: “Mariano Formenti (pianista) y yo compartíamos un taxi, hablamos de la obra de Haydn Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, y nos despedimos. Al poco me llamó Gerardo Vera y le dije que quería trabajar sobre esa pieza. No había proyecto ni texto ni espacio escénico, pero sí un deseo y con eso era suficiente.” Dos deseos reunidos. Con estos mimbres tomó la decisión el CDN.

Si le creemos -y no hay razón para no hacerlo, dada su habitual expresividad-, el autor pone el dedo en la llaga: la decisión de programación es artística esencialmente y además, al servicio de los gustos estéticos del programador; o tal vez para dar la capa de barniz “vanguardista” al María Guerrero. Es obvio que Vera quería contar con este autor y le importaba muy poco que no tuviese texto o proyecto. La Ley del deseo. Del suyo; pagado con dinero público. Busquemos por donde busquemos ese es el único criterio que aparece. Porque nadie duda de que este autor –como otros y otras muchas- puede o debe ser programado en el CDN. La cuestión es que su  elección/programación ha de responder a unos criterios conocidos, homologables, lógicos (también artísticos, claro), no a decisiones personales. Las decisiones asentadas en la arbitrariedad o en criterios desconocidos son inaceptables en democracia. Lo decía en el post anterior.

 

P.S.: Todavía no he podido ver esta puesta en escena, pero he leído tres cosas previas sobre ella: de Paloma Pedrero, de Javier Villán y de Enrique Centeno. De un modo u otro son lecturas relevantes y complementarias.

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Políticos pavos (“reales”) y Ciudad de la Cultura

Mi querido Antonio Gala dedicaba su “Tronera” del pasado viernes en El Mundo a la Ciudad de la Cultura de Santiago, tema que ha surgido también a debate en este blog. Demasiada cultura, lo titulaba con cierta sorna. Y, sin hacer sangre, comenta con humor la desmesura de las cifras, la megalomanía, el faraonismo que caracteriza este proyecto y tantos otros en nuestro país. Es muy frecuente el descontrol de la obra pública en España, sometida siempre a presiones políticas y empresariales; y más frecuente aún el descontrol en cultura, porque el concepto de cultura que han manejado y manejan nuestros responsables políticos no admite rendición de cuentas, análisis de viabilidad o estudios de rentabilidad. Para los políticos, la cultura, y más la “constructiva”, sirve para dejar su huella, para, al modo de pavos reales, mostrar “plumas”: es como la escenografía de su poder.

La Ciudad de la Cultura forma parte de otros muchos impulsos arquitectónicos en los que estás últimas décadas se ha ido redecorando el parque español de recintos culturales. No hay prácticamente ninguna ciudad mediana o grande que no haya construido teatro, auditorio, museo o complejo cultural…, sin haber elaborado estudios previos sobre su necesidad, su utilidad y, sobre todo, los costes de su mantenimiento y programación. Porque el problema principal no es la construcción –con ser importante-, el problema de fondo es definir la dedicación, el uso, los contenidos de esos nuevos espacios, el modelo de gestión, la programación y el servicio que va a ofrecer a los ciudadanos… Y con ello los presupuestos para que sean construcciones culturales vivas y no catafalcos. La propia Xunta de Galicia estima en 2,5 millones de euros anuales el coste de mantenimiento, que no incluye los costes laborales ni la programación.

Es preciso poner coto a la megalomanía en cultura –y la política de construcciones forma parte de la política cultural-, y exigir que las grandes decisiones sean tomadas con estudios de viabilidad previos y con transparencia. Así es en democracia.

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Más democracia, en cultura y en todo

Una de las  noticias que casi pasan desapercibidas en las últimas fiestas navideñas se produjo en Madrid: en uno de sus barrios, Hortaleza, se celebraron dos Cabalgatas de Reyes, una organizada por la Junta Municipal del Distrito y, otra, denominada popular o alternativa, promovida por diversas asociaciones de vecinos.

En 2007, el ayuntamiento decidió privatizar, sacando a concurso, la cabalgata del barrio que antes tenía un marcado carácter popular. Los vecinos se quejan no solamente de los gastos que ello ha supuesto -70.000,00 € anuales- sino del arrinconamiento de las organizaciones vecinales, sustituidas por una empresa contratada, y de la puesta al servicio de la cabalgata de las grandes superficies comerciales de la zona, en cuyo entorno transcurre. Mientras, la otra circula por las zonas profundas y deprimidas del barrio y se reclama continuadora de la cabalgata popular de siempre en Hortaleza.

La cosa no pasaría de ser una noticia curiosa, de esas que florecen en las grandes ciudades, espacios de difícil conciliación entre la gestión y la participación. Pero me interesa porque subraya precisamente los extremos del problema. La gestión democrática exige considerar cada una de las situaciones a las que hace frente cada día, como una oportunidad de implicar en la gestión al máximo de ciudadanos y de sus organizaciones, no como problemas que hay que quitarse de encima (en este caso encomendándolo a una empresa). La satisfacción de los ciudadanos, por otro lado, depende también, de su participación, de que sientan que sus opiniones y deseos cuentan y mucho, en la gestión política. Por más que en nuestros responsables prime tantas y tantas veces la tendencia a no contar con los ciudadanos en la toma de las decisiones que les competen. Promover la participación es una tarea prioritaria de las instituciones y de sus responsables; y participar, usar la democracia, es tarea de todos.

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