Al fin, siempre la gestión

Chillida es uno de los grandes escultores y su obra es monumental, en todos los sentidos. La aprecio tanto que hasta tengo un grabado suyo que allá por los años ochenta me costó un buen dinero, por cierto. Voy al Chillida Leku cada poco, a acompañar a visitantes que no conocen ese espacio magnífico de paz y de arte. El último día de 2010 quedó cerrado tras la presentación de un ERE, ante la imposibilidad de que la familia hiciera frente a las deudas acumuladas.

Es, evidentemente, un problema de gestión, de marketing, de pensar en el cliente, ese ciudadano que ha oído hablar de la obra de Chillida y quiere conocerla. Para que se hagan ustedes una idea, en el Chillida Leku no había ni bar para comer o charlar tras la visita, ni exposiciones temporales que multiplicaran el interés de quienes ya habíamos ido varias veces; de otros públicos. En realidad era un espacio que conservaba exactamente las  mismas características que tenía cuando se fundó. La familia, con Pilar Belzunce a la cabeza, se ha opuesto a cualquier cambio y a la entrada de las instituciones públicas, lo que obviamente hubiera supuesto una reorientación de los objetivos del museo y un menor peso de la familia en la definición de su futuro. Cuando el arte pasa a ser patrimonio cultural de una sociedad, mantener su gestión en la familia cercana, sin establecer mecanismos de intervención de la sociedad es dejarlo en el ámbito del negocio, como ha pasado muchas veces, o reducir su perfil a criterios conservacionistas que le impiden crecer y adecuarse al presente que ya es futuro.

Deseo de corazón que Blanca Urgel, Antonio Rivera y todo el equipo de Cultura del Gobierno Vasco den con la solución adecuada, que satisfaciendo los deseos de la familia los concilie con abrir el Chillida Leku a un modelo de gestión pública moderna. Estoy seguro no solamente de que es posible, sino de que es lo que hay que hacer.

 

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Mascarell conseller de cultura. ¿Acaso una lección?

Ferrán Mascarell tiene una larga trayectoria de liderazgo y responsabilidades culturales vinculadas siempre al socialismo catalán. Artur Mas, nuevo president convergente de la Generalitat lo ha nombrado conseller de Cultura, cargo que ya tuvo durante unos meses en un gobierno Maragall. Me cuesta creer lo primero que sugieren estos maridajes aparentemente extraños: que el poder tienta mucho y que cuanto más poder más tentador; y que vale más cargo en el bolsillo que alcaldía de Barcelona volando, que es en lo que al parecer andaba últimamente Mascarell. Me cuesta mucho creerlo en este caso: un político de gran prestigio, con una personalidad arrolladora y un indiscutible liderazgo. No parece que le hiciera falta alguna la aventura.

Pienso en esta ocasión más en una decisión estratégica del nacionalismo moderado con la que Mas apuesta por establecer una línea de acuerdo de “país”, que empuje en esa dirección la acción cultural. Hacer nación desde la cultura y señalar que ésta está por encima de las opciones ideológicas. Tal vez emplearla de mascarón de proa (“mascarell” de proa, si me permiten la gracieta) de una política cultural diferenciadora a la vez que fuertemente identitaria.

Si no fuera tan poco nacionalista, resabios tal vez de mi viejo internacionalismo, podría considerar un ejemplo esta decisión de Artur Mas. Fíjense, trasladada al gobierno central podría significar que Rajoy contase con César Antonio Molina, o que Zapatero no le haría ascos a Alicia Moreno. Y es que hay decisiones que te recuerdan que algunas cosas deben estar por encima de la confrontación partidaria. Una cultura de tanta proyección como la española, con una lengua hablada por tantos millones de personas en tantos y tantos países, se merece criterios de altura, miradas que pongan sus ojos allá, lejos. Nuestros políticos actuales tienen sus ojos pegados a… una puerta cerrada.

(Ah, Feliz Año Nuevo, que es lo que toca. Y en el próximo post hablamos de él. De 2011, digo. Abrazos)

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De nuevo defensa de autor. La ley Sinde

El proyecto que incluía la llamada Ley Sinde contra la piratería, no fue aprobado en su inicial tramitación parlamentaria. Bueno, en realidad no obtuvo apoyo alguno de ninguno de los grupos políticos a excepción del PSOE.

Es de sobra conocida mi opinión sobre la capacidad de la ministra para hacer frente a las enormes tareas del ministerio de Cultura, pero no es éste el lugar para volver sobre ello. Lo que me parece extraordinariamente grave es que ni siquiera tuviera negociados previamente los acuerdos parlamentarios suficientes como para sacarla adelante. Al no tenerlos era mejor, sin duda, no pasar al trámite y retrasarlo hasta que contara con los apoyos necesarios. ¿O es que lo que quería es que no fuese aprobada para echar las culpas a los que no votaron a favor ?

Los artistas y creadores ponen ahora el grito en el cielo. Sumo el mío al suyo, porque opino que quienes crean cultura y arte deben ver protegida su obra y defendido su derecho a vivir con dignidad de ella. Pero algo malo han –hemos- hecho quienes defendemos la propiedad intelectual y los derechos del autor (incluidas las sociedades de gestión), cuando la sociedad no los siente como suyos, cuando las descargas no generan mala conciencia, cuando la piratería no es tan mal vista.

Echar las culpas siempre al otro, a quien no piensa como yo, es barato e inútil. La ministra tiene mucha responsabilidad en no haber logrado en más de un año que la correlación de fuerzas se inclinara a la aprobación de la ley. Tiene una enorme responsabilidad en no haber logrado que en la sociedad calara el discurso de defensa del autor. Ahora nos toca seguir trabajando para que en nuestro país se reconozca y legisle algo tan elemental como el valor económico de la cultura y el derecho de que quienes la crean vivan y obtengan beneficios por ello. Sin criminalizar; desde la convicción.

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A propósito del Pacto por la Cultura. Es momento de programas y… de acción

El viernes, 17 de diciembre, se celebró en CaixaForum de Madrid, la conferencia estatal de los sectores profesionales y empresariales de la  cultura, , iniciativa impulsada por la Federación Estatal de Asociaciones de Gestores Culturales en la que participaron cerca de cincuenta asociaciones del sector cultural español. El objetivo central era la firma, por todas ellas, de un Pacto por la Cultura como expresión de unidad del sector ante la situación de crisis. Cuando llegué a primera hora de la tarde, los organizadores me propusieron sorpresivamente que diera públicamente mi opinión sobre el documento que servía de base para la redacción de ese Pacto, sustancialmente el mismo que resultó aprobado. Aquí va, de nuevo, resumida mi evaluación.

El documento, extraordinariamente académico, es decir, con una redacción marcadamente “política”, expresa acuerdos genéricos, de los que está expresamente ausente cualquier concreción de carácter programático. Por decirlo de otro modo, es un listado de deseos que apenas “muerden carne” en los gravísimos problemas de la Cultura en España. Un documento que muestra, sí,  la madurez de amplios sectores de la cultura en diagnosticar la situación de abandono de la Cultura por los poderes públicos.  Pero que, al mismo tiempo, señala dos carencias, dos oportunidades de relevancia estratégica y práctica que le quedan por delante al sector.

La primera: las gentes de la cultura deben  pasar de la simple enumeración de sus deseos, a la configuración de un programa de intervención, práctico en definitiva. Pasar, por ejemplo, de hablar de la necesidad de transparencia y democratización a la exigencia de implantación de contratos programa para el acceso a los cargos públicos de gestión.  Pasar de hablar de la necesidad de una nueva ley de financiación a proponer una en concreto, la que desde la cultura exigimos.

La segunda, pasar decididamente del discurso crítico políticamente correcto a la expresión física de la fuerza contenida, del desasosiego, e incluso del justo cabreo que quienes trabajamos en cultura sentimos por la actual situación de abandono e inoperancia de instituciones y partidos. Y planificar y organizar la expresión colectiva de esa fuerza, en forma de movilización si es necesario. Que lo es.

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Fernando Urdiales y Teatro Corsario

Fernando Urdiales acaba de morir. Al director, agitador, animador de Teatro Corsario, le ha fallado esperadamente su segundo hígado, y se ha ido, discreto, seguramente armado con su especial sonrisa terciada, indescifrable. La noticia me ha golpeado en México, donde Jacinto Gómez y yo esperábamos el avión de vuelta del Congreso Iberoamericano de productores escénicos. Allí, cosas de la vida, habíamos estado este pasado viernes con otros corsarios que habían llevado su arte escénico; con Luismi García y Jesús Peña y los manipuladores de esa maravilla de marionetas para adultos que es “Aullidos”. Teatro Corsario es una de las mejores compañías españolas. Desde Valladolid hacen arte con seriedad y trascendencia, con personalidad y sabiduría.

Quería y respetaba a Fernando desde que coincidimos estudiando en la Facultad de Medicina de Valladolid, hace… Él ya era un artista, amante de la vida y del compromiso. Desde que yo entré en este mundo de la cultura y la escena nos hemos encontrado muchas veces, porque procuraba no perderme lo que hacían los corsarios. Y siempre hablábamos de la compañía, de su modelo de gestión. Yo le criticaba con cariño sus resistencias a entrar en otros modelos que permitieran que su trabajo se proyectara como se merece, mucho más, y que sus gentes vivieran acorde a sus excelentes trabajos, mucho mejor. Fernando era mucho Fernando.

Su muerte es una evidente pérdida para el teatro español y para sus muchos amigos. Pero también es momento de transformación, de vida, de futuro para esa magnífica compañía.

Honor y gloria a Fernando Urdiales. Larga vida a Teatro Corsario.

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¿Otros retos de la Cultura en Iberoamérica?

Estoy estos días en México –del 5 al 10 de diciembre-, asistiendo al I Congreso Iberoamericano de Productores Escénicos, una iniciativa en la que se han volcado Marisa de León y Silvia Peláez apoyadas por Miguel Ángel Pérez, entrañable gestor español y Gustavo Schraier, del porteño Complejo San Martín. Ponencias, mesas redondas y Talleres, me permiten tomar el pulso a las compañías, a los productores mexicanos, y cómo no, al conjunto del teatro iberoamericano. Aquí están Carla Lobo, de Brasil, Antonino Pirozzi, de Chile, Álvaro Franco, de Colombia, Miguel Issa, de Venezuela, Giancarlo Protti, de Costa Rica, Jacinto Gómez, de España, Ernesto Piedras, de México… En las llamadas Sesiones dinámicas, compañías relevantes de México intervienen para dar su perspectiva, de la que no está exenta la pasión. (¡Ah, “Las Reinas Chulas”, que “odiaban” mi metáfora del gestor como capitán de barco!)

Mi impresión es que a uno y otro lado del Atlántico las gentes de la escena –de la cultura- tienen similares retos pendientes, casi todos relacionados con su necesario distanciamiento de la tutela pública y su apertura a la sociedad civil –asociaciones, empresas…-, con el incremento de la profesionalización, con la mejora de la calidad de los productos y servicios, y con la asunción con todas sus consecuencias del público, como eje de la acción cultural, como protagonista del encuentro artístico.

El incipiente recorrido del teatro iberoamericano en el ámbito de la gestión, propone a las compañías, gestores, teatros…, un inmenso campo de oportunidades de crecimiento y desarrollo, de intervención en el devenir de la cultura en cada uno de los países. Tan solo falta la decisión de aceptar los retos y asumirlos con autonomía, sin tutelas, conscientes de que la fuerza y la capacidad de transformación nace de conocer el destino y de la decisión de llegar a él.

 

PD: El Centro Español de México, cercano al Zócalo, es un espacio de encuentro cultural imprescindible. Dirigido por el incansable Jesús Oyamburu a quien no veía desde su estancia en Costa Rica, está haciéndose con un papel referente en la capital.¡Lo que España podría hacer en América Latina, y en el mundo, si la cultura y la lengua, que es su principal activo, contaran con los fondos públicos suficientes!

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El cliente/usuario como protagonista

Los clientes, consumidores, usuarios, como quiera que elijamos llamar a quien paga por un producto o servicio, son los protagonistas de la transacción. En todas las facetas de la actividad socioeconómica, incluida la cultura, por supuesto. No es el artista sino quien le permite serlo porque le paga por ello; no es el teatro, cine museo…, sino quienes con su dinero e interés mantienen vivas esas instituciones. No son los controladores, sino los ciudadanos que sufragan sus salarios.

Me sale la vena dura en este tema, y perdonen. La ha atizado un fin de semana en que ha quedado al descubierto lo mucho que nos queda por recorrer en nuestro país para que asumamos en la práctica cotidiana que el cliente decide. Decide cuándo se produce el contacto artístico, decide su nivel de satisfacción, decide si lo que ha pagado era justo, excesivo o barato. Decide si las condiciones eran o no adecuadas y el conjunto tenía o no calidad. Es la experiencia del usuario la decisiva, no el deseo de quien oferta.

En cultura tenemos una enorme oportunidad de mejorar en la atención y la relación con el cliente, precisamente porque hay mucho por hacer. El concepto que debe guiar a compañías, empresas, teatros, museos, galerías…, es que el encuentro con el cliente debe suponer para él una experiencia única. Un “viaje” en el que la amabilidad, la calidad, la escucha, las condiciones del encuentro, el trato, el precio (aporto apenas unas pinceladas) constituyan un paseo agradable y satisfactorio, no una gincana (pido perdón a la RAE). Deber ser una preocupación constante que imponga cambios en las organizaciones y en sus servicios.

Mi padre, que era un comerciante de la vieja escuela, repetía una y otra vez aquel viejo dicho de que “el cliente siempre tiene razón”. Obviamente él sabía que no siempre era así, pero también sabía que un cliente que habla mal, además de irrecuperable, hace perder otros muchos clientes.. Parece mentira que este viejo consejo del marketing más pedestre siga siendo necesario. Pues eso.

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¿Talento para Disney? No, talento para el mundo

El Mundo, hoy, trae una noticia buena para la cultura de nuestro país; qué digo buena, buenísima: Los estudios Disney han comprado una serie de animación española, “The Secret Life of the Suckers”, producida por una empresa de Granada, Genoma Animation, en coproducción con Screen 21, BRB Internacional y la Televisión catalana. Una serie para niños, de 102 capítulos, de 2 minutos cada uno, que cuenta la vida y aventuras de unos muñecos que viven en el cristal trasero de un coche. Ya sabíamos que las empresas de animación españolas estaban entre la vanguardia mundial. Está todavía reciente la película” Planet 51, coproducción española con Inglaterra.

La capacidad de hacer de la cultura y en particular de la creación, una fuerza económica relevante pasa por exportar a otros países productos competitivos. Pasa por generar industria en torno al acontecimiento artístico. Pasa por profesionalizar el sector de la cultura y por mirar hacia fuera y ver las oportunidades, rompiendo la endogamia creativa. El talento y la creatividad al servicio de la proyección de la cultura española en el mundo.

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Morrosidad institucional y Eric Cantona

Sí, morrosidad, no es un error. En el pasado Mercartes unos compañeros de stand me pidieron que escribiera algo en una de sus paredes. Como la cosa iba de gracieta, escribí: “Morrosidad: retrasar los pagos fuera del plazo acordado, por el morro.” Pues eso. Los impagos a empresas del sector cultural, esas que alimentan el 90% de las actividades de los municipios españoles, están alcanzando niveles insoportables que acercan la quiebra a muchas de ellas. Algunas, no pocas, ya han sido alcanzadas y han desaparecido.

El Ayuntamiento de Madrid debe por atrasos cinco millones y medio de euros a empresas y compañías que gestionan las actividades de los centros culturales de la capital. NO PUEDE SER. Alguien debe hacerse responsable y pagar por ello. Los ayuntamientos –también los gobiernos autónomos y el central- han administrado muy mal el dinero de todos, gastando más de lo que podían pagar, endeudándose por encima de sus límites conscientemente. La crisis ha puesto las cosas en su sitio. Lo terrible es que los bancos que la han causado negociando “activos tóxicos” es decir, de muy difícil cobro, han visto cómo el dinero de todos les cubría las espaldas. Mientras, pequeñas empresas, que dinamizan la vida económica de un país, se ven arrastradas por la pésima gestión de muchas instituciones públicas, y por la escasez de créditos bancarios disponibles. Pequeñas empresas a las que el fisco persigue si retrasa sus pagos mientras los grandes defraudadores y morosos, salen de rositas. Una risa si no fuese para gritar.

En la gestión pública falta clamorosamente transparencia y responsabilidad, cuando debían ser su seña de identidad. Y, desde luego, que las culpas las paguen quienes han generado el problema. En Cultura, quienes no pagan lo pactado por el trabajo realizado: ofrecer arte, y entretenimiento a la sociedad a cambio de modestos cachés.

(Éric Cantona, el peculiar exfutbolista francés, proponía el otro día castigar a los bancos por su responsabilidad en la crisis, con la retirada puntual del dinero de los clientes. La idea ha cuajado en la red. Qué tentación, qué tentación.)

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Un mensaje sólido, una voz fuerte para el sector escénico

La pasada semana se celebró en Sevilla, Mercartes, la feria más importante de las artes escénicas, en la que se encuentra el sector de la producción y la exhibición, es decir, empresas y compañías por un lado, y teatros institucionales por el otro. En realidad es un encuentro entre el sector privado, que en España corre a cargo de la mayor parte de la creación, y del sector público, principal comprador y exhibidor de espectáculos a través de las redes públicas. Por nuestra parte presentamos allí los dos nuevos proyectos en que estamos embarcados desde el objetivo de aportar valor añadido al sector: Merkaescena, dedicada al reciclaje escenográfico, y Asimétrica, la consultora avanzada en marketing cultural.

El encuentro sirve también para establecer relaciones y para dar voz a las muchas necesidades comunes. Porque a pesar del cansino debate sobre lo público y privado en cultura (cansino porque no avanza, no porque no sea imprescindible), el sector escénico, y extensamente el cultural, precisa con urgencia configurar una sola voz que lo represente, que lo constituya como grupo de presión, que le permita hacerse oír. Es difícil avanzar en la creación de esa voz única sin avanzar al mismo tiempo en un programa de acción, una especie de común denominador que cohesione y emita mensajes únicos ante la administración y ante la sociedad.

Lo curioso es que a veces los mensajes, la unidad, se formula al final de un camino que se inicia con pequeños pasos. Miguel Ángel Varela y Alberto Muyo lanzaron en Sevilla la propuesta de constituir una Academia de las Artes Escénicas. Algo que desde El Espectáculo Teatral se había sugerido meses atrás. Lo que aparece como una idea peregrina puede ser el primer paso en la generación de una imagen única, de una voz unificada de todo el sector escénico. La condición imprescindible es que el proceso sea transparente, sin protagonismos, y que cuente con la simpatía y el respaldo de la mayor parte de personas y organizaciones del sector.

Seguiremos muy de cerca este tema. Y a buen seguro volveremos sobre Mercartes.

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