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El Maná ya no cae del cielo

El nuevo Centro Internacional de Cultura Contemporánea de San Sebastián, denominado Tabakalera por ocupar el antiguo edificio tabaquero de la ciudad, en el barrio de Egía, recibe, como otros muchos, el castigo presupuestario que la Cultura sufre en esta crisis que han creado otros. Joxean Muñoz, su director ha dimitido por no aceptar los recortes. No es el primero que hace lo mismo en los últimos tiempos.

¿Es que no hay otra solución que recortar presupuestos en Cultura? ¿De verdad que el castigo a los ciudadanos y a sus derechos culturales es la única manera de afrontar la reducción presupuestaria? Qué falta de imaginación tienen nuestros políticos –también muchos de los gestores culturales-, y qué escasa capacidad de iniciativa la de nuestras organizaciones culturales.

Nos hemos acostumbrado de tal manera al dinero público que cuando desaparece se nos abre el infierno bajo los pies. Pues podría no ser así, claro. En mi opinión hay otra solución al menos, que además introduciría cambios estratégicos en la gestión de la cultura. Pero parte de democratizar la gestión pública de lo cultural y de dar a la sociedad civil y sus organizaciones –empresas, fundaciones, organismos culturales privados, creadores, artistas- y al tejido cultural organizado, responsabilidades concretas en la gestión de los espacios públicos para los que las instituciones han decidido cerrar el grifo.

¿De verdad que es tan difícil imaginar Tabakalera gestionada por representantes de todas esas instituciones privadas que en San Sebastián HACEN cultura cada día. Claro que la democracia tiene riesgos, pero esta fórmula permitiría llenar de contenidos un edificio con la mitad del presupuesto anual previsto (quince millones de euros). Las instituciones en este caso, solamente deberían encargarse de que en esas nuevas manos se cumplieran los fines de servicio público que tiene la cultura. Los poderes públicos como guardias de tráfico cultural. Nada más. Y nada menos.

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¡Menos Cultura que es la Guerra!

¿Os acordáis de aquella memorable escena de Los hermanos Marx en el Oeste? Pues eso, pero sin gracia alguna. El Gobierno ha decidido que contra la crisis en que nos hemos visto embarcados en buena medida por banqueros irresponsables y empresarios de construcción especuladores –y, cómo no, porque alguien muy poderoso se lo ha permitido- hay que adelgazar la administración para recortar presupuestos, también en cultura. Más madera.

Y así, la Biblioteca Nacional ha dejado de ser una dirección general y se ha suprimido la asesoría cultural en Moncloa. En el primer caso, Milagros del Corral se quejaba amargamente de ver la reducción de perfil de la BN; en el segundo, ha pagado el pato una brillante gestora cultural, Marifé de Santiago, y su equipo. Incluso los productores audiovisuales, tan bien tratados por la ministra cinemotógrafa hasta ahora, afilan sus armas ante los recortes anunicados.

De nuevo los bárbaros nos recuerdan que la cultura no es relevante en la configuración de la identidad y la historia de un país. De nuevo la cultura convertida en moneda de cambio, y además de perra gorda, para ¿mejorar? la imagen de quienes deciden en política.

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Análisis de Audiencias

Hace unos días, la tarde del último día de abril, nos reunimos en los locales de elmuro un grupo de gestores culturales preocupados por el tema de cómo saber más de los públicos, cómo conocer sus gustos, opiniones, deseos, críticas. Respondíamos a una iniciativa del inquieto Raúl Ramos que había invitado a Stuart Nicolle, de Purple 7, a presentar su empresa, dedicada precisamente al estudio y análisis de las audiencias en cultura. Allí estaban, prestos al debate y generosos en sus aportaciones José Luis Rivero, Grego Navarro, Carlos Sánchez, Rosa Molleda, Alicia Moreno, entre otros muchos. Saber, conocer es la condición sine qua non para hacer política cultural.

En España sigue siendo infrecuente la preocupación por saber de los públicos, probablemente por el desmesurado peso que tiene en la cultura el dinero público y el funcionariado. Y por el exagerado valor que las organizaciones dan a sus propios productos, de los que suelen estar enamorados ciegamente. Purple 7 evalúa e informa estadísticamente cada día para sus clientes quince millones de entradas, una información que teatros y organizaciones emplean para comunicarse con sus clientes buscando su plena satisfacción.

En nuestro país ni siquiera las empresas de ticketing se han preocupado por extraer datos de sus ventas y aportarlos para mejorar la relación con los clientes e incrementar la demanda. Pero el problema de fondo es previo: el sector, los agentes que intervienen en la creación y en la exhibición de arte en España, están poco preocupados por conocer a sus públicos. Y la preocupación por conocerlos, por comunicarse con ellos, es paso primero e imprescindible para que el sector: teatros, compañías, gestores culturales, se relacione mejor con  los públicos.

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Los contratos-programa en la gestión cultural


La otra noche se celebró la reunión del jurado del Premio Dionisos-Unesco, que reconoce proyectos teatrales con un fuerte contenido social. En el jurado, liderado por Juana Escabias, están, entre otros, Eduardo Pérez Rasilla, Javier Villán, Pablo Nogales, Javier Huerta, Patricio Cano, Miguel Ayanz, Rafael Esteban, y yo mismo. Tras la cena-reunión, conversábamos en una esquina los tres últimos, Miguel, Rafa y yo. Que fuera en una esquina lo justifica una preciosa noche primaveral que convidaba a la esgrima verbal. El tema que nos entretuvo fue el de los contratosprograma en los teatros, auditorios o museos públicos. Dos términos que configuran un feo palabro, pero que expresan la hermosa confluencia de una pareja bien avenida. Contrato y programa.

Programa para que los contenidos ofertados a la ciudadanía responsan a un plan, a una estrategia, a unos fines conocidos y reconocibles como adecuados. Y no, como es harto frecuente en la actualidad, contenidos basados en los gustos de los responsables, en intercambio de favores o intereses, y, además, ayunos habitualmente de coherencia. Contrato, para que las partes que los suscriben –institución pública y responsable elegido para llevarlo a cabo- sepan y respeten los derechos y los deberes en él marcados. Un contrato que fije la estrategia cultural de la institución, el presupuesto, los objetivos, los valores, su duración misma; y que a la vez garantice la autonomía del responsable para ejecutar su proyecto, siempre, claro, dentro del marco establecido por el contrato-programa.

Estamos tan acostumbrados a que ningún responsable político y cultural explique sus proyectos –si los tiene-, y dé cuentas de su gestión, que una idea tan razonable como ésta, aparece casi como peregrina. Me viene a la memoria una famosa frase del discurso de Marco Tulio Cicerón contra Catilina (me tocó estudiar latín, qué cosas), que había pretendido asesinarle, y en el que critica duramente la corrupción: ¡O tempora, o mores!, decía nuestro amigo Marco. Pues eso.

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La programación de los teatros públicos

El Avaro del Centro Dramático Nacional nos está saliendo caro. Vaya por delante que admiro a Juan Luis Galiardo. Me parece uno de nuestros grandes actores. Y además lo tengo por amigo. Vaya también por delante que Jorge Lavelli me parece uno de los grandes directores de escena actuales. Las cosas como son. Ahora bien, lo que me parece impresentable es que el Centro Dramático Nacional sea escenario de un desembolso desmesurado –un millón de euros, según El País– en la puesta en escena del Avaro, un clásico… francés.

Ya, ya sé que Moliére es un clásico mundial. Pero, ¿por  qué desde el Centro Dramatico Nacional se asume ese mensaje de gasto tan claramente desmesurado para los tiempos que corren? No importa tanto si en el presupuesto han colaborado instituciones públicas como la Junta de Andalucía o la de Extremadura: el dinero sale del mismo lugar. AL hilo de este estreno se me ocurren varias preguntas más. Por ejemplo, ¿porqué el CDN y no la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que parece más lógico? ¿O parecería también estupendísimo que Eduardo Vasco montara un Belbel, por poner otro ejemplo inverso? Malos tiempos para la lógica. Malos tiempos éstos en que un responsable político parece tomar sus decisiones basándose en sus gustos o en sus relaciones y sin tener que rendir cuentas ante los ciudadanos de sus excesos.

El Avaro

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Gestores culturales… o gestadores culturales

¿Somos gestores culturales…o gestadores culturales?

Hace unas semanas, cuando entregué mi artículo mensual para la revista El espectáculo teatral, que dirige con tanto éxito ese personaje que es Jesús Rodríguez Lenin, me quedé insatisfecho porque no encontraba el nombre de aquello de lo que hablaba. Mira que es difícil dar un nombre que defina la actividad de quienes, profesionalmente, promueven, organizan, gerencian o gestionan actividades relacionadas con la cultura. Los términos se desgastan muchas veces antes de que sus contenidos queden definidos. Y eso es lo que ha ocurrido con el de “gestor cultural”.

En aquel artículo me inclinaba por emplear el de mediador cultural, consciente de que su principal tarea no es tanto saber de cultura –un “gestor” tiene cien diversas áreas culturales a su cargo y es imposible que las domine todas- sino mediar entre la sociedad y los creadores. En realidad han de hacer lo posible para facilitar su tarea a quienes crean cultura, por un lado, y por otro, para que la sociedad, los públicos, actúen como co-protagonistas del acontecimiento cultural.  De esa acción, de ese encuentro, catalizado por los “gestores” ha de nacer algo nuevo: creadores mejores y más expertos y públicos más cultos y conscientes del valor del arte en sus vidas. De hecho nacen muchas otras cosas: emociones, conocimientos, relaciones, preocupaciones…

Así, pensando, pensando me surgió la expresión más acorde para definir el papel de los “gestores”. Son –deben, deberían ser- gestadores culturales, gestadores del hecho artístico y cultural, del encuentro entre creadores y públicos. Si se piensa con cierto detenimiento, las tareas que ese concepto abre a la responsabilidad son enormes. Bienvenidas sean.

Gestor

Gestar

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¿Cuál es el papel del Centro Dramático Nacional?

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¿De qué hablamos cuando decimos promover la cultura? ¿Es el papel del Centro Dramático Nacional estrenar autores extranjeros, aunque incluso ni siquiera sean autores de teatro? ¿Quién decide y con qué criterios, la programación del principal teatro público español?

Hablo con Rafael Herrero, más conocido por su papel como director de La Mandrágora o sus trabajos televisivos relacionados con el teatro, y autor él mismo, de su inclusión en el Ciclo SGAE de Lecturas Dramatizadas. Al colgar el teléfono constato, una vez más, el miserable papel que al autor español contemporáneo le otorgan las instituciones: el papel de olvidado transparente.

No es ya que las empresas y teatros privados, busquen en Broadway, en el cine, y en cualquier caso en el extranjero, la mayor parte de los autores cuyas obras van a montar. Eso, al fin y al cabo, pertenece a la empresa y sus responsabilidades culturales, aun debiendo ser muchas, son hoy muy poquitas. Lo grave, preocupante, denigrante llegaría a calificar, es que los teatros públicos hagan tres cuartos de lo mismo. Lejos de su papel de promotores de la cultura española actual, en los teatros públicos se buscan “novedades” a menudo teñidas por la rendición a la autoría extranjera.

En apenas unos meses en el Centro Dramático Nacional se han estrenado obras –novelas versionadas, por cierto- de Bram Stoker (estupenda adaptación de Ignacio García May) e Irene Nemirovsky. El último estreno es del autor Tom StoppardBertold Brecht en el Valle Inclán con una enésima versión de Madre coraje, El próximo, Moliére (otro “avaro”, por dios). Y entre medias un nuevo autor español –fallecido, eso sí- Lorca y sus Bodas de sangre. José Ramón Fernández, Juan Cavestany, Francisco Sanzol y Francisco Nieva son los únicos cuatro vivitos y coleando que estrenarán en toda la temporada. Cuando lees en la web del CDN que está dedicado en “especial a la autoría española actual”, el deseo de estar lo más lejos posible de “su” lectura es insuperable. Ah, qué sana envidia el Projecte T6 del Teatre Nacional de Catalunya.

CDN

Projecte T6

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