Me resulta sorprendente la noticia: “Francia declara los toros patrimonio cultural inmaterial”, siguiendo para ello los criterios definidos por la UNESCO. Bueno, lo sorprendente en sí no es la información: sé que en el sur de Francia la tradición taurina, aunque reciente, es extraordinariamente fuerte y sólida; lo curioso es contrastarla con la reciente prohibición de las corridas de toros en Cataluña, que se hará efectiva a comienzos del año próximo.
¿Cómo la misma tradición es objeto de elevación a la categoría de patrimonio cultural y de prohibición al mismo tiempo, y con una diferencia espacial tan inmaterial como una frontera en la Europa actual? Mucho me temo que ni una ni otra abordan con mesura la cuestión taurina en el siglo XXI. Sigo pensando que las expresiones de cultura antropológica, esas que reflejan el pasado y el devenir de los pueblos, deben subsistir en la medida en que dispongan de gentes que les den vida, sean procesiones –incluidas las de Filipinas-, “picaos”, caza del zorro o corridas de toros. Es la propia evolución de las sociedades y los pueblos los que mantienen la identificación ancestral con determinadas prácticas culturales o las suprimen avergonzadas.
Lo que siempre he tenido meridianamente claro es que el camino nunca es la prohibición. Los cambios culturales apoyados exclusivamente en medidas legales prohibicionistas, no son perdurables y sobre todo, generan heridas de difícil cicatrización. Hay gentes que en la discusión y el debate aman el ruido, el grito el empujón. Admiro a quienes aman el comedimiento, el sosiego y el susurro.
Al igual que los problemas mal resueltos, este de los toros retornará.
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