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Gritos, mugidos y susurros

Me resulta sorprendente la noticia: “Francia declara los toros patrimonio cultural inmaterial”, siguiendo para ello los criterios definidos por la UNESCO. Bueno, lo sorprendente en sí no es la información: sé que en el sur de Francia la tradición taurina, aunque reciente, es extraordinariamente fuerte y sólida; lo curioso es contrastarla con la reciente prohibición de las corridas de toros en Cataluña, que se hará efectiva a comienzos del año próximo.

¿Cómo la misma tradición es objeto de elevación a la categoría de patrimonio cultural y de prohibición al mismo tiempo, y con una diferencia espacial tan inmaterial como una frontera en la Europa actual? Mucho me temo que ni una ni otra abordan con mesura la cuestión taurina en el siglo XXI. Sigo pensando que las expresiones de cultura antropológica, esas que reflejan el pasado y el devenir de los pueblos, deben subsistir en la medida en que dispongan de gentes que les den vida, sean procesiones –incluidas las de Filipinas-, “picaos”, caza del zorro o corridas de toros. Es la propia evolución de las sociedades y los pueblos los que mantienen la identificación ancestral con determinadas prácticas culturales o las suprimen avergonzadas.

Lo que siempre he tenido meridianamente claro es que el camino nunca es la prohibición. Los cambios culturales apoyados exclusivamente en medidas legales prohibicionistas, no son perdurables y sobre todo, generan heridas de difícil cicatrización. Hay gentes que en la discusión y el debate aman el ruido, el grito el empujón. Admiro a quienes aman el comedimiento, el sosiego y el susurro.

Al igual que los problemas mal resueltos, este de los toros retornará.

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De museos y gestión, one more time

Hace unos días se inició el embargo de la Casa-Museo de José Padilla, en Madrid. Los familiares que gestionaban las propiedades y legado del maestro Padilla, autor ente otras muchas canciones famosas de Valencia, El relicario, o La violetera, habían solicitado en 1992 un préstamo de apenas 225.000, 00 € para hacer frente a la gestión; un préstamo que en sólo quince años se transformó en más de un millón de euros de deuda, una cantidad impagable para la familia. Ahora el legado de Padilla será dividido y subastado.

Varios problemas se unen en esta situación que podemos ver reflejada en otros museos que como el Chillida Leku, se han visto obligados a cerrar sus puertas por problemas de sostenibilidad y de mala gestión. Por un lado, la dificultad para afrontar la administración profesional de bienes culturales con el bagaje exclusivo del amor familiar por la obra, por muy relevante que esta sea. Por otro, el conflicto entre el interés público y la gestión privada, que en casos como los comentados impiden una resolución adecuada y en tiempo.

Si los bienes a defender de la subasta –o del cierre al público, como en el caso del Chillida Leku– son relevantes para el patrimonio cultural de un país, deberían ser las instituciones públicas las que garanticen que ese patrimonio está disponible para su disfrute por los ciudadanos, al tiempo que se respetan los derechos del autor y de sus herederos. Pero lo que no se puede aceptar es que las familias reclamen apoyo económico público para defender sus propiedades privadas, al tiempo que impiden la gestión pública de los bienes que quieren defender.

Un terreno resbaladizo en el que hay buscar estabilidad y satisfacción de demasiadas partes, pero inevitable de transitar si de lo que se trata es de defender el patrimonio cultural.

 

PD: Chaplin incluyó la melodía de La violetera en su película “Luces de la ciudad”, pero no incluyó el nombre de su autor. Aquí está disponible la versión de Raquel Meller en You tube.

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Arco: o el arte de capturar piezas con máquinas… de fotografía

No suelo perderme ARCO. Y no porque me considere un entendido en arte, cosa de la que estoy realmente lejos. En realidad acudo porque mis ojos se llenan de imágenes de todo tipo que en su conjunto me permiten seguir, aunque sea someramente la evolución del arte hoy. Hace unos años, por ejemplo, resultó para mí un regalo acceder a la creación china, de la que apenas nada conocía.

También me gusta acudir porque me permite observar a la gente, a esos miles de personas que van de uno a otro stand, ya deteniéndose ya avanzando contra el reloj. Me apasiona saber lo que a otros como yo les provoca interés. Este año me ha sorprendido el papel de la fotografía en ARCO. Me explico. Había muchas fotografías y la fotografía era empleada por muchos artistas como base alterada o como técnica expresiva en sí misma. Tanta fotografía que me hizo pensar en la progresiva pérdida de peso proporcional de la pintura o que la fotografía se ha incorporado como un elemento más a la pintura. Y de ahí derivé, en una reflexión que de verdad no quiere ser pedante, a la obra de uno de mis maestros de cabecera, Walter Benjamin, que en  la primera parte del pasado siglo escribió dos obras imprescindibles relacionadas con este tema: “La obra de arte en la época de su reproductibilidad” y Pequeña historia de la fotografía.

Pero lo que verdaderamente me impactó fue la desbordante cantidad de visitantes que capturaban fotografías de las obras expuestas casi sin detenerse a verlas en directo. Como si la retina fuera incapaz de ver al apacible ritmo necesario, y la única opción fuera robar imágenes para -¿quién sabe?- verlas después en tranquilidad. Pero, obviamente, sin su autenticidad primigenia, o como decía Benjamin, sin aura.

El arte como objeto de apropiación física y no emocional, cultural. Me preocupé, no sé porqué, la verdad.

 

PD.: Mi querida Ángeles G. Sinde, anunció,  casualmente poco antes de acudir a ARCO, un Plan para las Artes Plásticas. Cuando lo lea lo comentamos, ¿vale?

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Ángeles: dile algo a Leyre, porfa

Acordemos –con una enorme tristeza, eso sí- que en el actual gobierno la densidad de talento político no es especialmente deslumbrante. A la escasa competencia de la ministra del ramo cultural, ya mencionada en este blog en otras ocasiones (la última a propósito de la ley que lleva su apellido), se une cual elefante en cacharrería la de Sanidad. Leyre Pajín, a falta supongo de temas más relevantes a los que meter mano, dedicó una perla a la Cultura, cuando afirmó que la Ley “antitabaco” debía cumplirse también en los escenarios. La ministra daba por buena la denuncia de un espectador del musical Hair en el que se fuma (la obra va de la época hippie, como para no echar humo). La ministra sugirió que dadas las habilidades de interpretación de los actores y actrices, debían interpretar que fumaban.

Es la expresión de un radicalismo inculto y puritano, incapaz de convivir con la diferencia y los diferentes. Supongo que ni Arthur  Miller podría hacer una buena obra breve sobre este tema que de verdad no da como para la crítica  a la inquisición contenida sabiamente en Las brujas de Salem.

Ángeles, dile algo a Leyre, porfa.  Dile que el arte, y la creación, la Cultura como forma socializada de ambas, es un espacio de libertad indiscutible en democracia, y que lo más lejano de la libertad es ocultar la realidad, la diversidad.

Que sí, que Bogart fumaba en escena, pero que hacía obras de arte.

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Innovar en cultura, guauuu

Llevo unos meses estudiando lo que cae en mis manos acerca del tema “Innovación y Cultura”. Complejo asunto, pardiez, en el que tanta palabra superflua se escribe. En fin. Raúl Ramos, mi socio en ese nuevo proyecto empresarial que se llama ASIMETRICA, es un atento seguidor de la literatura sobre gestión cultural y me ha enviado un artículo de Hasan Bakhshi, director de Industrias creativas de NESTA. Una pequeña joyita que plantea con concisión la cuestión clave relacionada con la innovación en cultura, que no es otra cosa que definir de qué hablamos, qué queremos decir con el concepto “innovación”.

Bakhshi propone acotar los campos en los que ese concepto es aplicable compilando lo que las organizaciones culturales y los gestores más reflexivos vienen entendiendo, y con los que me identifico profundamente.

Podemos innovar en el arte, buscando las fronteras actuales y expandiéndolas, llevándolas más allá.

Podemos innovar en todo cuanto se relaciona con los públicos, las audiencias: ampliar la audiencia, estrechar los lazos, diversificar la audiencia.

También podemos innovar en cultura en la creación de valor: las organizaciones pueden desarrollar productos y servicios, buscando con ellos no una suma simple, sino una suma que multiplique. Y este punto es especialmente relevante en un modelo cultural como el español construido entre lo público y lo privado, y en el que las organizaciones pueden innovar creando valor a partir de objetivos que son económicos y que al mismo tiempo no lo son.

Podemos innovar en todo lo relativo a la gestión y dirección empresarial: nuevas estructuras organizativas, nuevos modelos de negocio, nuevos nichos de mercado.

La innovación no es un discurso más o menos astuto vestido de novedad. La innovación en cultura solo tiene sentido si sus aplicaciones cambian la realidad, si en los momentos de cambio consiguen aportar valor, creatividad, diferencia, más y mejor relación con sus públicos, una gestión –pública y privada- verdaderamente creativa… Si sirve, en fin, para enriquecer a la sociedad a la que sirve.

Para la cultura los procesos de innovación no son caminos sencillos, pero en lo que es imprescindible –y la innovación lo es- la dificultad es un añadido inevitable. Y hasta estimulante.

 

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A propósito del Pacto por la Cultura. Es momento de programas y… de acción

El viernes, 17 de diciembre, se celebró en CaixaForum de Madrid, la conferencia estatal de los sectores profesionales y empresariales de la  cultura, , iniciativa impulsada por la Federación Estatal de Asociaciones de Gestores Culturales en la que participaron cerca de cincuenta asociaciones del sector cultural español. El objetivo central era la firma, por todas ellas, de un Pacto por la Cultura como expresión de unidad del sector ante la situación de crisis. Cuando llegué a primera hora de la tarde, los organizadores me propusieron sorpresivamente que diera públicamente mi opinión sobre el documento que servía de base para la redacción de ese Pacto, sustancialmente el mismo que resultó aprobado. Aquí va, de nuevo, resumida mi evaluación.

El documento, extraordinariamente académico, es decir, con una redacción marcadamente “política”, expresa acuerdos genéricos, de los que está expresamente ausente cualquier concreción de carácter programático. Por decirlo de otro modo, es un listado de deseos que apenas “muerden carne” en los gravísimos problemas de la Cultura en España. Un documento que muestra, sí,  la madurez de amplios sectores de la cultura en diagnosticar la situación de abandono de la Cultura por los poderes públicos.  Pero que, al mismo tiempo, señala dos carencias, dos oportunidades de relevancia estratégica y práctica que le quedan por delante al sector.

La primera: las gentes de la cultura deben  pasar de la simple enumeración de sus deseos, a la configuración de un programa de intervención, práctico en definitiva. Pasar, por ejemplo, de hablar de la necesidad de transparencia y democratización a la exigencia de implantación de contratos programa para el acceso a los cargos públicos de gestión.  Pasar de hablar de la necesidad de una nueva ley de financiación a proponer una en concreto, la que desde la cultura exigimos.

La segunda, pasar decididamente del discurso crítico políticamente correcto a la expresión física de la fuerza contenida, del desasosiego, e incluso del justo cabreo que quienes trabajamos en cultura sentimos por la actual situación de abandono e inoperancia de instituciones y partidos. Y planificar y organizar la expresión colectiva de esa fuerza, en forma de movilización si es necesario. Que lo es.

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Morrosidad institucional y Eric Cantona

Sí, morrosidad, no es un error. En el pasado Mercartes unos compañeros de stand me pidieron que escribiera algo en una de sus paredes. Como la cosa iba de gracieta, escribí: “Morrosidad: retrasar los pagos fuera del plazo acordado, por el morro.” Pues eso. Los impagos a empresas del sector cultural, esas que alimentan el 90% de las actividades de los municipios españoles, están alcanzando niveles insoportables que acercan la quiebra a muchas de ellas. Algunas, no pocas, ya han sido alcanzadas y han desaparecido.

El Ayuntamiento de Madrid debe por atrasos cinco millones y medio de euros a empresas y compañías que gestionan las actividades de los centros culturales de la capital. NO PUEDE SER. Alguien debe hacerse responsable y pagar por ello. Los ayuntamientos –también los gobiernos autónomos y el central- han administrado muy mal el dinero de todos, gastando más de lo que podían pagar, endeudándose por encima de sus límites conscientemente. La crisis ha puesto las cosas en su sitio. Lo terrible es que los bancos que la han causado negociando “activos tóxicos” es decir, de muy difícil cobro, han visto cómo el dinero de todos les cubría las espaldas. Mientras, pequeñas empresas, que dinamizan la vida económica de un país, se ven arrastradas por la pésima gestión de muchas instituciones públicas, y por la escasez de créditos bancarios disponibles. Pequeñas empresas a las que el fisco persigue si retrasa sus pagos mientras los grandes defraudadores y morosos, salen de rositas. Una risa si no fuese para gritar.

En la gestión pública falta clamorosamente transparencia y responsabilidad, cuando debían ser su seña de identidad. Y, desde luego, que las culpas las paguen quienes han generado el problema. En Cultura, quienes no pagan lo pactado por el trabajo realizado: ofrecer arte, y entretenimiento a la sociedad a cambio de modestos cachés.

(Éric Cantona, el peculiar exfutbolista francés, proponía el otro día castigar a los bancos por su responsabilidad en la crisis, con la retirada puntual del dinero de los clientes. La idea ha cuajado en la red. Qué tentación, qué tentación.)

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Un mensaje sólido, una voz fuerte para el sector escénico

La pasada semana se celebró en Sevilla, Mercartes, la feria más importante de las artes escénicas, en la que se encuentra el sector de la producción y la exhibición, es decir, empresas y compañías por un lado, y teatros institucionales por el otro. En realidad es un encuentro entre el sector privado, que en España corre a cargo de la mayor parte de la creación, y del sector público, principal comprador y exhibidor de espectáculos a través de las redes públicas. Por nuestra parte presentamos allí los dos nuevos proyectos en que estamos embarcados desde el objetivo de aportar valor añadido al sector: Merkaescena, dedicada al reciclaje escenográfico, y Asimétrica, la consultora avanzada en marketing cultural.

El encuentro sirve también para establecer relaciones y para dar voz a las muchas necesidades comunes. Porque a pesar del cansino debate sobre lo público y privado en cultura (cansino porque no avanza, no porque no sea imprescindible), el sector escénico, y extensamente el cultural, precisa con urgencia configurar una sola voz que lo represente, que lo constituya como grupo de presión, que le permita hacerse oír. Es difícil avanzar en la creación de esa voz única sin avanzar al mismo tiempo en un programa de acción, una especie de común denominador que cohesione y emita mensajes únicos ante la administración y ante la sociedad.

Lo curioso es que a veces los mensajes, la unidad, se formula al final de un camino que se inicia con pequeños pasos. Miguel Ángel Varela y Alberto Muyo lanzaron en Sevilla la propuesta de constituir una Academia de las Artes Escénicas. Algo que desde El Espectáculo Teatral se había sugerido meses atrás. Lo que aparece como una idea peregrina puede ser el primer paso en la generación de una imagen única, de una voz unificada de todo el sector escénico. La condición imprescindible es que el proceso sea transparente, sin protagonismos, y que cuente con la simpatía y el respaldo de la mayor parte de personas y organizaciones del sector.

Seguiremos muy de cerca este tema. Y a buen seguro volveremos sobre Mercartes.

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Blanca Portillo y el Festival de Mérida

Blanca Portillo ha sido nombrada nueva directora del Festival de Mérida. Los políticos continúan su tendencia habitual de situar a personas de perfil esencialmente artístico en cargos que implican muchas más exigencias que las de pura programación . Qué lástima que se decidan los nombramientos digitalmente y no mediante concursos abiertos a los que los candidatos debieran acudir con planes y programas de funcionamiento y explotación, entre los que elegir el mejor. Ya se sabe que en política una buena página en los medios es el objetivo prioritario y éste se logra mejor con sorpresivos nombramientos estrella, mediáticos. En El Mundo se reflejaba a la perfección este objetivo cuando se decía que Blanca era la nueva imagen del Festival de Teatro de Mérida. Antes, se había intentado el fichaje de Nuria Espert y Mario Gas. En fin.

Sin embargo Blanca Portillo incorpora tres rasgos relevantes que, al menos, moderan la decisión. Por un lado, ella misma es productora teatral y conoce a través de Avance Producciones Teatrales, su empresa, la parte de atrás de la producción escénica. Por otro, ha hecho pública su decisión –diferenciadora de tantos otros directores de teatros nacionales o festivales-, de que no actuará ni dirigirá obra alguna para Mérida. Finalmente, va acompañada en la dirección, a modo de tandem, de Chusa Martín, productora y gestora de larga experiencia, que asumirá a buen seguro la mayor parte de las competencias que en teoría recaen en la figura de un director de Festival.

Los festivales son una oportunidad para implantar nuevas fórmulas de elección de los responsables, basadas en convocatorias abiertas que exijan a los candidatos unos objetivos a lograr, un programa, una planificación artística y de gestión y unos resultados. Vamos, lo que debería ser normal cuando se trata de acción cultural pública que se hace con dinero de todos.

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Premiar el doce far niente en Cultura

Se me acumulan los temas y no sé a cuál acudir. Por cuestiones de urgencia –las noticias en política, como el mal pan, se quedan duras tan rápido- me inclino por la de la remodelación del Gobierno. Obviamente no entro en las carteras sobre las que no hago más seguimiento que el que pueda hacer un ciudadano más o menos enterado. Así que me meto en una de las que me concierne directamente, la de Cultura. Ángeles González Sinde llegó al ministerio con el magro bagaje de su presidencia de la Academia de Cine y de su carrera como guionista. Nada, apenas, sobre gestión, lo que hacía pensar en lo que finalmente ocurrió: que cansados en el gobierno de que el cine diera problemas se nombró a alguien para que los amortiguara. Como se puede ver, una mirada sobre la cultura, amplia, ambiciosa y de largo recorrido.

Como no podía ser menos, la ministra ha cumplido con las demandas y se ha limitado a que nada se moviera ni diera problemas, lo que en un sector dado a la queja y al mismo tiempo a depender de las ayudas públicas no era tarea difícil. Pero lo que podríamos llamar ideas, decisiones estratégicas, proyectos culturales de largo alcance, cambios profundos en las relaciones con las comunidades autónomas, que hoy detentan prácticamente todas las competencias, renovación del modelo de financiación de la cultura…, de eso nada de nada.

De ahí mi profunda extrañeza –exagero, la verdad- por el hecho de que un responsable tan evidentemente inoperante haya sobrevivido a la crisis. Es una norma de la más rancia estirpe burocrática la de no hacer ruido y no moverse para salir en la foto. Y desde luego González Sinde ha salido con muchos y diferentes trajes en muchas y diferentes fotos. Pero en todas sale sin el más mínimo movimiento. Las grandes decisiones sobre la CULTURA, así, con mayúsculas, habrán de esperar. Probablemente hasta que lo impongan en la agenda política quienes hacen cultura, quienes trabajan en ella, y los ciudadanos más comprometidos con el devenir de la cultura española.

(Adelanto los temas acumulados: el magnífico bailarín y coreógrafo Víctor Ullate, que dice que las compañías nacionales deben ser gestionadas por artistas y no por un gestor; y el Premio Nacional de Literatura Dramática, concedido este año a Lluisa Cunillé, por una obra que ella misma duda –en declaraciones a EFE- que sea especialmente significativa en su producción. Ah, las Academias de las lenguas de España y los premios. Así que la semana que viene, en este canal,  plus.)

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