En el lejano Oeste, ajeno a leyes y respetos, la fuerza superior sustituía en una sola mano el triple poder de dictar, sancionar y ejecutar: quien tuviera más fuerza, con o sin placa de sheriff, se quedaba con la razón.
El Código de Hammurabi, recogido con afecto en la Biblia, daba valor superior a la Ley del Talión, aquella que ofrecía cobrar un ojo por otro sacado con anterioridad. Después, en el Nuevo Testamento, llegó aquello de “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”; pero hasta los cristianos han olvidado en estos tiempos serlo.
Ambas tradiciones, la de la venganza y la de la fuerza como razón de ley, se juntan impúdicamente hoy.
La ética, como conjunto de normas que rigen la conducta humana, nos dice que todo congénere acusado de delitos o crímenes debe ser juzgado conforme a derecho y con todas las garantías. El intenso y profundo dolor y contención que acompaña a la justicia frente a la fácil venganza, solo es comparable a la íntima satisfacción de ser, con ello, superior a los criminales. De contención frente al terror sabemos mucho en el País Vasco y en el resto de España, tanto como para exportar.
No sé lo que haría si acabar con una vida fuese la condición inevitable y cierta para salvar muchas. Tal vez, con la más profunda aversión, tuviera que asumir ese papel de cercenarla. Pero siempre movido por la evitación de un crimen mayor; nunca por venganza preventiva.
Ya, ya, que la cultura parece tener poco que ver con esto… Lo sé, pero la vergüenza del silencio o del aplauso cómplices me arranca este post.

