Las administraciones públicas, responsables por activa o por pasiva de la actual situación económica, salen de estampida de la gestión de los servicios públicos para abaratar sus costes.
La privatización, sin criterios y sin más objetivo que gastar menos, amenaza a la Cultura y otros servicios esenciales de la comunidad. Está pasando de tapadillo y sin oposición la entrega de teatros, auditorios y centros culturales de titularidad pública (y hospitales…) a empresas con ánimo de lucro. Empresas que están obligadas a anteponer su propio beneficio a la función social del servicio que se les entrega, y la mayor parte de las veces se dan sin la más mínima transparencia, a escondidas.
Soy un decidido partidario de la desfuncionarización de la cultura, pero para que en su gestión entre la sociedad civil, pero para que se democratice y acoja la opinión y los deseos de los ciudadanos. Y sin embargo, ya está ocurriendo todo lo contrario. Es el momento de decir en voz alta que los servicios sociales y en lo que nos afecta, la cultura, no puede ser gestionados por empresas con ánimo de lucro, y que la gestión de la cultura debe ser asumida, en el caso de que se privatice, por organizaciones del Tercer y Cuarto sector, es decir, por organizaciones sin ánimo de lucro, o por empresas con fines sociales y limitación legal de sus beneficios.
Crear un nuevo modelo de gestión de lo público es una tarea extraordinariamente urgente en la que las organizaciones culturales tienen todo que decir. Es cierto que muchas de ellas para acceder a responsabilidades de gestión han de incrementar sus capacidades organizativas y de gestión. Es cierto que hay que reformar las leyes para que empresas culturales que funcionan de facto como empresas sin ánimo de lucro, sean tratadas fiscalmente como tales.
Pero es posible y es necesario, si la sociedad civil no quiere ver cómo servicios esenciales pasan a funcionar con criterios exclusivos de rentabilidad, olvidando sus valores de equilibrio social, de igualdad de oportunidades, de mejoramiento social.
El modelo de sociedad al que nos dirigimos puede ser apolíneo o convertirse en un monstruo en el que la desigualdad triunfe porque el dinero decide en cuestiones en las que no debe decidir. Algo hay que hacer sobre esta cuestión estratégica, ¿no?
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